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| De regreso a casa. Don Ignacio Rivas retorna
a su hogar a las 5:00 de la tarde, después de un largo día
de vender golosinas por las diferentes calles capitalinas. Foto
EDH |
Inés Quinteros
El Diario de
Hoy
metro@elsalvador.com
Caminan apoyados en un bastón por no poder ver. Sin embargo,
esto no les impide desarrollar sus vidas.
Es un sector tan representativo de Mejicanos, que incluso donde viven
se llama Pasaje de los No Videntes.
Son 16 familias las que habitan en ese sitio y en el sector tres, en la
Finca Argentina, al norte del municipio.
Ellos, desde la mañana y en algunas ocasiones en la madrugada,
se dirigen a sus trabajos.
Para lograr abordar el transporte colectivo, caminan casi un kilómetro,
en una calle deteriorada.
“Las personas con discapacidad han sufrido percances, por el mal
estado de la calle”, explicó Mario Segovia, vecino.
Los habitantes fueron ubicados en este lugar en 1992, por el Viceministerio
de Vivienda y Desarrollo Urbano, a través del proyecto Hábitat
Internacional.
“Antes alquilábamos un cuartito y vivíamos en diferentes
sectores, pero hoy en día somos una comunidad”, dijo Genaro
Marroquín, quien tiene discapacidad visual.
La mayoría de ellos labora en la colchonería Dolores, ubicada
en la Colonia Providencia, al sur de la capital.
Otros se dedican a vender golosinas. También hay músicos
y no faltan los que piden limosna.
“Yo aprendí a tocar guitarrón con un grupo de compañeros,
a los 15 años, y después toqué concertina y guitarra”,
dijo Gilberto Hernández, de 46 años.
Hoy en día él trabaja en el Mariachi Sol, en la zona del
Bulevar Constitución. Para don Ignacio Rivas, de 40 años,
la venta de caramelos no es un ingreso muy lucrativo, pero le sirve “aunque
sea para la comida”.
Por otra parte, don Genaro Marroquín, de 42 años, con discapacidad
visual, tiene cinco hijos.
Él labora en el Combo Los Aventureros, en el sector de El Trovador.
Khaterine Karina Marroquín, de 2 años y medio, hija menor
de don Genaro, nació con un tumor en la cabeza, lo que provocó
que perdiera su ojo izquierdo.
“Gracias a Dios el tumor fue tratado, y mi niña ya está
mejor, aunque sigue en tratamiento”, dijo el padre.
Otros residentes que tienen su vista sana, acompañan en ocasiones
a sus vecinos a la casa o a la parada de buses.
A pesar de la obscuridad de su vista, la fortaleza para luchar le ha permitido
a las familias salir adelante.

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