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Vivencias
Y hubo tres tristes jueces

Algunos jueces han perdido de vista el lado humanitario de las leyes que es, en esencia, el verdadero
espíritu de la justicia: castigar al culpable y proteger e indemnizar a la víctima

Publicada 1 de julio de 2006, El Diario de Hoy


Rolando Monterrosa*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

De triste, que también significa “funesto y deplorable”, debe calificarse el igualmente triste acto de tres tristes jueces de un tribunal de sentencia en esta capital, que obligaron a una niña de once años a carearse con el acusado de violarla en repetidas ocasiones.

Fue una decisión que si bien la ley permite a los soberanos jueces tomar, está por otro lado reñida con el más elemental sentido común, la ética, la decencia profesional, la moral y en último caso con la compasión que merece una indefensa e inocente criatura.

El hecho sorprende más, al conocer que uno de los jueces es mujer. ¿Cuándo y dónde se le extravió a la señora su sensibilidad femenina, su instinto maternal? ¿Es que ninguno de los tres tiene hijos?

La Fiscalía señaló en su momento la necesidad de proteger a la menor y evitarle el contacto visual con el sujeto, mediante la colocación de un cancel entre ambos. Los jueces contrargumentaron que de hacerse se “violentaría el debido proceso” al cual tiene derecho el acusado. Esto significó, en conclusión, que los jueces dieron prioridad a las garantías que la ley establece para el delincuente, “presunto todavía”, y dejaron a la niña expuesta al cruel impacto emocional, más bien al horror, de verse de nuevo frente a quien ella señala como su agresor. Este último es su padrastro y también está acusado de violar al hermano menor de la niña, de nueve años y a sus propios hijos varones.

Debido a la impresión que el careo le causó, la niña sufrió un primer desmayo; los presentes la reanimaron y pese al evidente terror que le provocaba la presencia del imputado, los jueces insistieron en que declarara frente al que aún se le otorgaba la “presunción de inocencia”. Ante la reiterada presión de los jueces, la conmocionada criatura experimentó un nuevo desvanecimiento y tuvo que ser trasladada a la Cruz Roja.

Esta clara violación de los Derechos del Niño se suma a otras atrocidades que se dan en la actualidad en algunos tribunales de este país: jueces que obligan a testigos a mostrar el rostro frente a los criminales que incriminan o que ponen en libertad a delincuentes sobre quienes pesa suficiente prueba para mandarlos a la cárcel.

Haber expuesto a la pequeña a tan horroroso trance viene a ser una segunda afrenta contra ella. Estamos ante un caso en el que quienes supuestamente deben impartir justicia, sólo provocan mayor dolor y humillación a las víctimas.

Algunos jueces han perdido de vista el lado humanitario de las leyes que es, en esencia, el verdadero espíritu de la justicia: castigar al culpable y proteger e indemnizar a la víctima.

El Código de Hamurabí, cuerpo de leyes babilónico, el más antiguo que se conoce, establecía ya hace más de cuatro mil años que se debía mantener una rigurosa fiscalización sobre los jueces: si uno de estos tomaba una decisión errada, sería cesado de su cargo en presencia del pueblo y por el resto de su vida jamás podría volver a ejercerlo. También estaría obligado a pagar altas sumas de dinero a quien resultare afectado por su fallo.

*Jefe de Redacción de El Diario de Hoy.rolando@elsalvador.com

 

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