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Punto de vista
La frontera más difícil

Lo normal era que los jóvenes salieran en grupos para divertirse. Si alguien se emborrachaba
era algo que sucedía por mezcla de bebidas o por imprudencia, pero ahora muchos esperan el fin
de semana para emborracharse

Publicada 1 de julio de 2006, El Diario de Hoy


Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

“Consumistas, egoístas, preocupados sólo por el presente, con poco sentido del deber y del sacrificio”. Así retrata a los jóvenes un reciente estudio hecho por una fundación española, que tomó como base para su investigación un grupo representativo entre quince y veinticuatro años de edad.

En el apartado de las conclusiones, los sociólogos apuntan que una de las características más preocupantes es que según los datos recogidos “los jóvenes del año 2005 (fecha del estudio) tienen una baja autoestima que además es más acentuada que la de los jóvenes del año 1994”. Es decir, que hay una crisis de seguridad en sí mismos.

Sin embargo, lo más preocupante no es lo que quieren, sino lo que no quieren. Dice el estudio: “No son revolucionarios, no tienen interés en sus estudios o en el trabajo”. Se refugian en lo privado, en la familia y los amigos. Se instalan indefinidamente en la adolescencia, volcándose en la diversión, pues el 92% de los entrevistados manifestó que éste era un elemento central de sus vidas, muy por delante del trabajo o del estudio.

Con una perspectiva pragmática, uno podría imaginar que si lo que más les importa es el ocio; el trabajo o el estudio deberían ser puntos clave, pues los dos posibilitarán, en el futuro, poder “disfrutar de la vida”. Pero no: conciben el trabajo como un medio instrumental para conseguir dinero, pero se realizan fuera de él. Así, lógicamente, si el estudio no da dinero, lo conciben como un estorbo para la diversión, más que como un medio para ser mejores.

Paradójicamente, son adolescentes, eternamente adolescentes, pero les falta la rebeldía adolescente, la capacidad de llenarse de ideales o de ser revolucionarios. “Los padres querían cambiar el mundo; los hijos, como han visto que no se puede cambiar y encima no encuentran trabajo, se conforman con bebérselo los fines de semana”..., expresó alguna vez un periodista.

Lo normal era que los jóvenes salieran en grupos para divertirse. Si alguien se emborrachaba era algo que sucedía por mezcla de bebidas o por imprudencia, pero ahora muchos esperan el fin de semana para emborracharse. Salen para beber. Viven pensando en el fin de semana, porque lo que pasa de lunes a viernes les aburre mortalmente.

Son rebeldes, siempre lo han sido. Antes la rebeldía no era violenta, ahora sí. Y con esa violencia arrastran consigo el malestar de toda la sociedad. Parece que ya no quieren luchar por un mundo mejor, sino por un mundo más fácil.

¿Qué ha hecho que los jóvenes pierdan la fe en sí mismos, en los grandes ideales, en la lucha por un mundo mejor? ¿Qué los ha hecho cínicos? ¿Quién los ha transformado? ¿Qué hace que la adolescencia (en cuanto su connotación de irresponsabilidad, pero no en cuanto la etapa de los ideales), se prolongue hasta los treinta o treinta y cinco años?

¿Será que han renunciado a pensar? Escribe un filósofo: “El aburrimiento escéptico es la actitud fundamental de muchos jóvenes. Son incapaces de entregarse a algo, de entusiasmarse por algo. No pueden vivir el momento. Para sentir que viven tienen que experimentar siempre algo nuevo”. Y ya se sabe que el deseo de sentir es insaciable.

Es el afán de sensaciones y la muerte del pensamiento. Esa frontera sí que es difícil de traspasar de nuevo una vez uno se ha internado en el mundo del escepticismo, del cinismo, de la angustia vital a la que entrega una vida sin la creencia de verdades más grandes que uno mismo.

Para terminar me gustaría poder decir que “cualquier parecido del análisis con nuestra realidad es pura coincidencia”; al considerar que es un estudio hecho en una sociedad distinta, con valores diversos, estructuras mentales diferentes. Sin embargo, algo de lo descrito se comienza a vislumbrar en estos pagos.

¿Quién diría que el escepticismo sería capaz de llevar a cabo lo que dos guerras mundiales y una guerra fría de casi cincuenta años de duración no pudo lograr?: la masificación de una gran parte de la juventud española en particular, y del futuro de Europa y, por extensión, de buena parte de Occidente en general. Gramsci, a fin de cuentas, parece que tenía razón.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

 

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