Álvaro
Vargas Llosa*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
BEIRUT.- El mundo musulmán abriga un profundo resentimiento por
la pérdida de la supremacía de la que alguna vez gozó.
En lugar de extraer las lecciones acertadas de su decadencia, deja que
los líderes políticos y religiosos inventen excusas para
justificar ese declive.
A menos que los musulmanes conjuren el embrujo cocinado por estos dirigentes,
la sociedad civil permanecerá sofocada bajo la confrontación
entre las dictaduras anacrónicas y el islamismo, la ideología
fraudulenta que ha alejado al islam de su antigua tradición de
libertad y tolerancia, y que promete peores formas de despotismo.
Esta es la conclusión melancólica a la que llego después
de un recorrido que me ha llevado del norte de Siria al sur de Jordania
y del norte del Líbano al extremo norte de Israel, y de conversar
con muchos musulmanes y cristianos: comerciantes, vendedores callejeros,
pastores, agricultores, ministros del gobierno, empresarios, poetas, y
profesores.
Los manes de la intromisión occidental --que ha sido abundante--
no explican el atraso del Medio Oriente (y, en casos como el del Líbano,
la interrupción de una trayectoria que hasta no hace mucho parecía
conducir a la prosperidad). Y sin embargo, con muchas excepciones ilustradas,
la opinión dominante es que Occidente ha hurtado la gloria del
islam mediante la explotación. Según este razonamiento,
los musulmanes se han apartado de los caminos de Alá y han sido
castigados; de allí la necesidad de volver a los fundamentos del
islam.
Existe una tendencia en los Estados Unidos y Europa a confundir todas
las variantes del fundamentalismo. El hecho desafortunado de que Arabia
Saudita estuviese desesperada por frenar el panarabismo que azotaba a
Egipto después de la Segunda Guerra Mundial, la llevó a
abrir sus puertas a toda clase de maestros y líderes fundamentalistas.
Esto resultó en el entrevero del wahabismo, el fundamentalismo
radical originado en el Siglo XVIII, y el salafismo, que se había
iniciado en el Siglo XIX, como un intento interesante de reconciliar al
islam primigenio con la modernidad. De haberse desarrollado más
la rama modernizante del fundamentalismo, acaso algunas cosas podrían
ser distintas hoy.
El islam posee, en efecto, un pasado luminoso. Entre los siglos VIII y
XI, el mundo musulmán gozó de un mayor grado de libertad
que los otros. El resultado fue la grandeza cultural. De Asia a España
(donde se estableció Abderramán cuando los abasíes
vencieron a los omeyas y él huyó de Damasco), existía
un buen grado una tolerancia religiosa, libertad de comercio, y experimentación
científica. El capitalismo y el Renacimiento --el Occidente moderno--
no hubiesen sido posibles sin el progreso gatillado por los musulmanes.
El islam hace bien en mirar con orgullo su edad dorada. Pero sólo
si saca las conclusiones acertadas de lo que aconteció después
tendrá posibilidad, algún día, de alcanzar a los
Estados Unidos y Europa (o Israel). Carlos Varona, un arabista español
que dirige un centro cultural en Jordania, ha pasado once años
investigando por qué declinó el mundo islámico.
Sostiene que después del Siglo XI, por razones políticas,
comenzaron a cerrarse gradualmente las compuertas cuya apertura había
dejado fluir un torrente de experimentación. “El pensamiento
crítico, la capacidad de los individuos de observar a su propia
sociedad desde fuera, fue gradualmente restringido”, afirma. Las
circunstancias históricas --el hecho de que ciertas dinastías
fueran más intervencionistas que otras, el endurecimiento causado
por la lucha contra los cruzados, el acoso de otras potencias orientales--
explican parcialmente la extinción de la tradición crítica.
La lección que los fundamentalistas deberían extraer no
es que Dios los castigó, dejando que Occidente lo saqueara todo,
es decir la conclusión cómoda. La lección adecuada
es que el progreso pasa por el tipo de libertades que ciertas dinastías
musulmanas permitieron a sus ciudadanos; es decir, por los valores de
la responsabilidad individual.
No hay necesidad siquiera de “copiar” al odiado Occidente.
Los musulmanes pueden hallar en instituciones antiguas, como el “waqf”
--un tipo de fideicomiso utilizado por muchas familias para financiar
escuelas--, y en el propio Corán (”los hombres tendrán
derecho a lo que ganen y las mujeres también”), algunos de
los principios que de manera simplista denominamos “occidentales”:
la supremacía de la ley sobre la voluntad del gobernante, la separación
entre el Estado y la sociedad civil, la propiedad privada.
La mitología griega nos dice que Zeus secuestró a Europa,
hija de un rey fenicio, en una playa libanesa para llevarla a Creta para
fundar una raza. Antes de legar a la humanidad tres asombrosas religiones
monoteístas, el Medio Oriente dio a Europa su nombre. Sí,
el Occidente ha sido a menudo insensible al drama de los palestinos y
ha contribuido a la creación de algunas de las tensiones que afectan
a aquellos estados fundados por Churchill y compañía en
“una tarde” (Churchill dixit). Pero el modo de corregir esto
no es el resentimiento sino que los nietos del islam venzan a Europa y
a los Estados Unidos en el juego que, según la leyenda de Europa,
comenzó exactamente aquí.
*Director del Centro para la Prosperidad Global
en el Independent Institute. AVLlosa@independent.org.

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