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EE.UU. Tiene la ventaja de seleccionar la crema de la crema entre intelectuales de primera de todo el mundo. Foto: AP |
The New York Times
Por Thomas L. Friedman
El Diario de Hoy
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En la lista de nombres -algunos de difícil pronunciación- estaban los siguientes: Muhammad Waqar, Avi Wolfman-Arent, Yiran Xia, Victoria Sandoval, Jacqueline Orellana-Flores, Elizabeth Packer, Ramona Singh, Anuja Shah, Mayra Ramos, Emily-Kate Hannapel, Natasha Pérez, Samir Paul, Ekta Taneja, Linden Vongsathorn, Michael Tsai, Nardos Teklebrahan, Matiwos Wondwosen.
El lunes de la semana que hoy termina asistí a una graduación y de súbito se produjo una reunión de la Organización de Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos.
El motivo de la ceremonia era mi hija Natalie, el bachillerato era el Montgomery Blair en Silver Spring, Maryland. Hubo aproximadamente 700 jóvenes recibiendo sus diplomas, y mientras yo estuve sentado ahí por dos horas escuchando cómo pronunciaban el nombre de cada uno, quedé fascinado y conmovido al mismo tiempo ante la pasmosa diversidad – tanto de raza como de religión y origen étnico – de la clase que se graduaba. Yo sabía que la escuela de mi hija era diversa, pero no tenía idea que fuera tan diversa.
Los nombres citados al principio, que acabo de extraer del libro de graduación, eran típicos de toda su clase, que incluía exactamente a cinco personas con el apellido “Smith”.
En mi escuela preparatoria, en Minnesota, era como si solamente hubiera cinco alumnos que no se apellidaran “Smith”.
Mi hija me dijo que puede ser tan difícil pronunciar los apellidos de alumnos en su grupo que, para la graduación, la escuela hizo que todos los alumnos escribieran fonéticamente sus nombres completos en tarjetas, para que así el anunciador no los arruinara ante familiares y amigos.
Hay mucho de qué preocuparse en Estados Unidos hoy día: una guerra en Iraq que está empeorando y no al revés, una Administración cuya irresponsabilidad fiscal estaremos pagando por largo tiempo, un sistema educativo que no está produciendo suficientes estadounidenses jóvenes cualificados en matemáticas y ciencia, aunado a viejos centros de ciudades estadounidenses donde demasiados varones negros están fracasando.
Nosotros debemos trabajar con mayor fuerza y ponernos más listos ante otras naciones en desarrollo, si deseamos mantener nuestro nivel de vida del cual hemos gozado por mucho tiempo.
Futuro
Sin embargo, si existe alguna razón para seguir manteniendo el optimismo con respecto a Estados Unidos ésta es representada con la asombrosa diversidad de la clase del 2006 de la escuela Montgomery Blair. Estados Unidos aún es el mayor imán de humanos en todo el mundo.
Nosotros no somos el único país que acoge la diversidad, pero hay algo con respecto a nuestra sociedad y mercados libres que sigue atrayendo a la gente como ningún otro.
Nuestro mayor activo es nuestra capacidad de seleccionar la crema de la crema entre intelectuales de primera provenientes de todo el mundo, sino también los de escasas habilidades con grandes aspiraciones, y esa es la razón principal por la cual yo aún no estoy listo para cederle el siglo XXI a la China continental. Nuestros “chinos” seguirán venciendo a sus chinos.
Inmigrantes legales
Este influjo de inmigrantes “cerebritos” y “fortachones” es una nuestras mayores riquezas, nuestro pozo petrolero: uno que nunca se agota. Es una fuente interminable de energía humana y creatividad renovable.
El Congreso de Estados Unidos debería parar sus debates acerca del matrimonio entre homosexuales y darnos finalmente un marco para mantener un libre flujo de inmigración legal.
Lo que resulta tan asombroso con respecto al bachillerato Blair es que se trata meramente de una escuela preparatoria pública en un vecindario. No fue diseñada para ser diversa. Sí, cuenta con algunos programas atrayentes, pero en su mayoría meramente refleja su entorno: aproximadamente un tercio de negros, un tercio de hispanos y un tercio del Arca de Noé de todos los demás.
Más tarde, a medida que iba socializando con otros padres de familia, esperando a que nuestros hijos salieran de la ceremonia, me encontré en un momento dado rodeado por familias en las que nadie hablaba en inglés.
La única voz familiar que se oía en el runrún fue una que me hizo reír; una madre afro estadounidense, sosteniendo con fuerza el diploma de su hijo, decía: “¡Este diploma es mío!” Ella dijo que había trabajado tan duro como su hijo para este día. Bendita sea, ya que estoy seguro que ella hablaba por muchos padres de familia.
Resulta muy difícil ver una graduación como la presente y no pensar en nuestros enemigos en Iraq y Afganistán – el talibán, islamo-totalitarios como Osama bin Laden y el eliminado Zarqawi, y los retrógradas regímenes que los apoyan.
La totalidad de su disposición mental tiene que ver con cómo purifican su mundo de “los otros”, de la diversidad, de los “infieles”. Con suficiente brutalidad, quizás ellos ganen en Iraq.
Yo aún albergo la esperanza de que no sea así.
Sin embargo, ellos nunca ganarán el futuro, debido a que tan pronto como sus pozos petroleros se agoten, sus sociedades estarán tan yermas y serán tan insípidas e improductivas como sus desiertos.
Nuestros pozos petroleros, en contraste, seguirán bombeando. Ellos están justo aquí, ocultándose a plena vista, en el libro de graduación la lista de nombres sigue: Yueyang Li, Kenia Reyes, Lucy Fromyer, Raya Steinberg, Zahra Gordon, Sreva Ghosh, Juan-Jesus Louis, Yendil Furcal, Yenusa Eke, Sofonias Frezghi, Yohanes Dejen, Edra Comegys-Brisbane, Yoel Castillio-Ortiz, Elijah Zuares, Placido Zelaya, Mimi Zou and Jessica Smith.
—Thomas L. Friedman, experto en política internacional y economía, es uno de los periodistas más influyentes del mundo. Empezó a trabajar en The New York Times como reportero en 1981 y desde entonces ha ganado en tres ocasiones el Premio Pulitzer.

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