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Vivencias
Fútbol, esposa y amigotes del marido

Se agolpan frente al televisor, como ávidos e inquietos niños, quienes antes de que termine
el primer tiempo y después de varias cervezas, se habrán convertido en aullantes salvajes

Publicada 24 de junio de 2006, El Diario de Hoy


Rolando Monterrosa*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Es dicho popular que la mujer no sólo se casa con su marido, sino también con la familia de este. Pero ahora, durante la temporada de la copa mundial de fútbol, nos encontramos frente a una tercera categoría de “matrimonio” que de manera inseparable, viene engrapada al consorte masculino: los ruidosos e inoportunos amigotes.

Después de la amante, los amigotes del marido salvadoreño, son según algunas mujeres, las personas que menos desearían tener en casa. Pero hay un agravante en esto último: me comentaba hace poco la esposa de un amigo, que la amante, en la mayoría de los casos, no pasa de ser sino una remota sospecha o una desconocida a la que probablemente nunca llegará a conocer, “¡pero los amigotes son una realidad tangible!”, exclama frunciendo la nariz.

Aunque todos los días hay encuentros entre las seleciones participantes en el más grande espectáculo futbolístico del mundo, son los sábados y domingos los días en que los amigotes hacen sentir su presencia a las esposas en los hogares.

Al principio de los partidos se agolpan frente al televisor, como ávidos e inquietos niños, quienes antes de que termine el primer tiempo y después de varias cervezas, se habrán convertido en aullantes salvajes. A esas alturas atruenan la casa con sus estentóreos gritos de ¡Gol...! seguidos o precedidos de estremecedoras palabrotas no sólo cuando se frustra un tiro del esférico a la portería del equipo contrario sino también cuando se acierta. El bebé asustado estalla en llanto y el perro, por igual alarmado, ladra, lo que se puede esperar seguro es que el estrépito irá en pavoroso crescendo durante los 45 minutos del segundo tiempo.

Y sólo cuando uno de los invasores le dice algo al oído al marido este se acuerda de que tiene esposa y le dirige con cariñosa modulación de voz los clásicos diminutivos salvadoreños: ¡Mamita, traenos más cervecitas y de paso nos hacés unas boquitas...!

La pobre mujer abre el refrigerador y con horror mira la monumental provisión de “cerchas” que ha desplazado a la carne, al pollo, las verduras, los “gatorades”, los jugos de frutas, la gaseosa oficial del mundial y hasta el biberón del bebé. El espanto le viene de la certeza de que hay suficiente combustible para que las máquinas de vociferar se mantengan activas aun cuando el partido haya terminado. Los sesudos comentaristas deportivos que se hallan en su sala, acaparando su televisor padecen de garganta seca mientras hacen vaticinios, comentan jugadas y explican con detalle lo que habrían hecho de calzar los tacos de Kaká o de Torres. Por lo menos durarán así hasta la noche, hasta la impía hora en que se les ocurra sonsacar a su marido para seguir chupando en otra parte.

“¡Ay, no me aguanto porque termine el mundial!”, exclama la esposa de mi amigo; pero, le digo: “El fútbol es un deporte sano. No se le puede hacer responsable de la conducta de los amigotes, y por lo mismo, nada tiene que ver con la de los “hooligans” o los hinchas enloquecidos que lanzan objetos a las canchas y emprenden estampidas”.

¿Qué se puede hacer para dar solución al problema del triángulo, marido, amigotes, esposa? ¡No! Envenenar las boquitas queda ética, moral y legalmente descartado; además, el perrito podría comerse una y eso sí sería lamentable. Quizá se puede aventurar la respuesta, buscándola en una moderna versión de aquella remota huelga de piernas cruzadas, que nos cuenta Aristófanes, de la ateniense Lisís-trata (su nombre significa “la que disuelve ejércitos”), para que sus maridos pusieran fin a la guerra con los espartanos. ¿Si funcionó con ejércitos, por qué no con amigotes?

Pero, señoras, no lo intenten ahora sino hasta después del mundial. De todas maneras sólo fútbol encontrarán en la sala, en el comedor y en el dormitorio.

*Jefe de Redacción de El Diario de Hoy. rolando@el salvador.com

 

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