Álvaro
Vargas Llosa*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Damasco.- Las ligeras reformas ocurridas en Siria recientemente parecen
haber provocado una reacción de parte de muchos sirios que se han
volcado con el islamismo. El hecho de que el presidente Bashar al-Assad
haya permitido alguna apertura en áreas como las telecomunicaciones,
está fortaleciendo a los islamistas porque la modernización
de algunos sirios enganchados a la televisión satelital y la Internet,
pone nerviosos a sectores tradicionales.
Tras un extenso recorrido por Siria esta semana, noté que las calles
están repletas de mujeres veladas y las mezquitas hierven de gente.
Los líderes religiosos reciben consultas sobre temas políticos
y hace unos meses el régimen incitó a clérigos musulmanes
a organizar una protesta contra las caricaturas danesas de Mahoma. La
manifestación se fue de las manos y la embajada chilena fue incendiada
por error.
Pude palpar este renacer del islamismo cuando conocí a Mahdi, un
fabricante de muebles, y a su familia en Aleppo, hito de la antigua Ruta
de la Seda. Hace algunos años amenazó con desheredar a su
hijo, que convivía con una ex prostituta en Europa, obligándolo
a casarse con una siria. La familia de ella, estricta observadora de la
ley islámica, convirtió al hijo de Mahdi en un cuasi fundamentalista.
Cuando los conocí, la esposa del joven, cubierta de la cabeza a
los pies, mantuvo sus ojos hechiceramente hermosos, apartados de nosotros
durante toda la tarde, mientras él nos observaba taciturno desde
un rincón, en contraste con su padre, jovial anfitrión.
“Siento remordimiento por mi hijo”, le confió Mahdi
a un amigo árabe que nos acompañaba. “Lo he perdido,
sabe Dios dónde terminará”.
Desde que aplastó una revuelta sunnita en Hama, a comienzos de
los ochenta, causando la muerte de 25 mil personas, el régimen
de Baaz, controlado por la minoría alauí, ha reprimido de
forma efectiva el islamismo, especialmente a la Herman-dad Musulmana (hay
incidentes de vez en cuando: la semana pasada, tres activistas que escondían
armas fueron arrestados).
En Siria, tal como lo expresa un diplomático europeo, “uno
de cada seis individuos puede ser un informante”. La corrupción
es la única manera de subsistir. Karim, un agricultor de olivos
en Siria occidental, confiesa: “Tengo que pagarle al ministerio,
al gobierno local y a la oficina de aduanas para hacer cualquier cosa”.
Los críticos pasan por la cárcel a menudo. Hace pocos días,
docenas de intelectuales que suscribieron un documento pidiendo a las
autoridades abrir una embajada en el Líbano, país al que
Damasco considera parte de la Gran Siria, terminaron en prisión
acusados de ser agentes de los Estados Unidos (en verdad son críticos
de Washington).
En este ambiente, el islamismo está proveyendo una ominosa válvula
de escape para algunos. Aún así, se ven signos de una sociedad
civil esperando surgir. Los vi en la activista de derechos humanos, que
al final de un evento cultural al que asistía el ministro de Información
se puso de pie para calificar al gobierno de “dictatorial”.
Y en el zoco de al-Hamidiyya, donde se comercia frenéticamente.
Y en los jóvenes sirios que, tras una victoria de Brasil en la
Copa del Mundo, marchaban por la zigzageante Recta Vía portando
banderas brasileñas y gritando “¡hemos ganado!”,
aun cuando tendrían dificultad para señalar al país
en un mapa.
El primer día, alguien le dijo a mi hermana que la palabra Vargas
es árabe porque proviene de Barhas. “Es posible”, comenté,
“dado que los árabes dominaron el sur de España durante
ocho siglos, antes de que los españoles conquistaran el Nuevo Mundo”.
Y pensé: “Si esto es cierto, mi familia ha hecho las paces
entre Israel y los árabes sin darse cuenta”. No le había
mencionado que junto a mi hermana estaba mi cuñado, un judío.
*Director del Centro para la Prosperidad Global
en el Independent Institute. AVLlosa@independent.org.

|