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Comentando
¿Quién se anima contra el amor?
El Papa nos invita a reconocer en el
amor la única fuerza capaz de transformar el mundo. Un mensaje
que sigue desafiando nuestras conciencias, seamos creyentes o no, dos
mil años después de Cristo.
Publicada 23 de junio de 2006, El Diario de Hoy
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Federico
Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
En la actualidad, pocas cosas resultan más sospechosas que la
coherencia. Mante-nerse fiel a determinados principios ha dejado de ser
una virtud y se ha convertido en sinónimo de parálisis y
retroceso. Ahora está de moda asegurar que la libertad es el derecho
que tengo a defender mis dudas y no mis convicciones, como si renunciar
a determinadas verdades me hiciera inmediatamente libre y aceptarlas me
convirtiera, por tanto, en esclavo.
Pero ese no es mi punto. Lo que me parece curioso es que en un mundo como
el nuestro, cada vez más cínico y relativista, seducido
por lo fugaz y lo superfluo, la publicación de una encíclica
papal que habla del amor --sí, leyó usted bien: ¡del
tan traído y llevado amor!-- esté logrando reivindicar postulados
que algunos consideraban triviales u obsoletos, y que todavía se
dé el lujo de hacerlo en medio de agresivas campañas contra
la fe.
Piénselo usted mismo. La facilidad con que historiadores y científicos
han destrozado los principales argumentos de “El código Da
Vinci” contrasta con el infrecuente silencio que buena parte del
pensamiento moderno ha exhibido en torno a la encíclica “Deus
Caritas Est” (Dios es amor). ¿Por qué? ¿Acaso
en un planeta tan aparentemente escéptico como el actual no habría
sido más lógico que ocurriera lo contrario? ¿El éxito
monetario de un libro que “destruye” la imagen tradicional
de Cristo no es medida de la incredulidad que debería estarse granjeando
la carta de Benedicto XVI?
Desde luego, el público que ha leído de principio a fin
la encíclica del Papa no tiene por qué coincidir con quienes
han abarrotado las librerías en busca de una mala novela. Ambos
productos han tenido sus entusiastas consumidores, si bien “Deus
Caritas Est” habla mejor de sus lectores que la apuesta fantástica
de Dan Brown, más bien escrita para atrapar despistados.
Pero al margen de esta consideración (casi una perogrullada), hay
algo indudable: no es posible atacar al cristianismo con maromas revestidas
de erudición sin ser descubierto. Y me pregunto yo: ¿Se
podrá hacer lo mismo con el actual Pontífice, en el caso
que su obra esté acorde a esa doctrina que el mundo parece criticar
tanto?
Veámoslo fríamente. Haciendo a un lado el número
de planas que robó en los periódicos, “El código
Da Vinci” no ha conseguido lo que, a juzgar por lo que sugería
su estrategia comercial, parecía ser su propósito: reformular
la tradición cristiana desde sus bases históricas. A la
larga, la novela de Brown y su narcótica versión cinematográfica
más bien provocaron una reacción inversa, porque desde hacía
muchos años no se observaba una curiosidad tan grande por la historiografía
y apologética católicas.
El eco cosechado por la encíclica de Benedicto XVI ha tenido un
comportamiento claramente distinto. Aparte de los aplausos y elogios que
podían esperarse de los círculos intelectuales allegados
a la Iglesia, una extraña mudez disfrazada de prudencia parece
estar mordiendo las entrañas del escepticismo académico
mundial. ¿Qué ocurre?
¿Por qué no llueven los ataques viscerales contra una carta
papal que, contra casi todas las tendencias imperantes, rehabilita fórmulas
de alto contenido espiritual que el racionalismo daba por sepultadas?
¿Qué verdad transpira la engañosa simpleza de “Deus
Caritas Est” como para que hasta los más vociferantes detractores
del Vaticano parezcan estar pidiendo tiempo extra a fin de preparar alguna
reacción digna?
Claro, el prestigio teológico del actual obispo de Roma pesa mucho.
Si con más de medio centenar de libros Josef Ratzinger ya era intimidante
como cardenal, cada línea escrita por el ahora Papa es, entre otras
cosas, la cumbre de una trayectoria intelectual que lleva décadas
en permanente ascenso. Enfrentada a eso, toda oposición irreflexiva
se arriesga descomunalmente al ridículo.
Pero hay algo más. El desgaste natural del racionalismo como propuesta
filosófica y sus consecuentes crisis programáticas parecen
estar dando a la fe, como realidad inteligible, una revitalización
académica insospechada, lo que a juicio de muchos otorga a “Deus
Caritas Est” la categoría de verdadera alternativa, en la
teoría y en la práctica.
Esto no quiere decir, por supuesto, que intelectuales como Vargas Llosa
dejarán de mascullar inconformidades contra una Iglesia que no
conocen, o que autores como Saramago evitarán escribir interpretaciones
antojadizas de los evangelios. Lo que significa es que la autoridad académica
para hablar de la fe --siendo ésta una realidad humana insoslayable--
estará dictada cada vez menos por prejuicios y cada vez más
por el examen honesto de los retos filosóficos que implica.
En resumen, Benedicto XVI ha puesto el dedo en la llaga del relativismo
actual. Con el rigor teológico que le caracteriza, y desde su estatura
de líder espiritual de millones de personas, el Papa nos invita
a reconocer en el amor la única fuerza capaz de transformar el
mundo. Un mensaje que sigue desafiando nuestras conciencias, seamos creyentes
o no, dos mil años después de Cristo.
*Escritor.

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