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Secuestro
La controversial muerte de Gerardito

Dolor. El luto de los Villeda Kattán está latente cinco años después. El niño murió en fuego cruzado tras un cuestionado intento de rescate. Un poemario en su honor será publicado por el padre.

Publicada 21 de junio de 2006 , El Diario de Hoy

Enfrentamiento. Vista parcial del procedimiento policial de rescate del niño Gerardo Villeda Kattán, el 21 de junio de 2001.

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Aquel 21 de junio del 2001, Miguel Ángel Villeda salía en automóvil de su residencia en la Calle Motocross a dejar a sus tres hijos al colegio.

Dos niños ya estaban dentro del carro que no logró sacar de la cochera porque un Honda blanco se lo impidió, mientras un sujeto se le encimó y le puso un AK-47 en la frente diciéndole que no intentara ni siquiera golpearlo, pues sabía que era experto en karate.

El tipo le pide que le entregue la pistola .45 negra de fabricación húngara, que andaba oculta en un costado del asiento.

Mientras eso sucede, Gerardo, de nueve años, sale por otra puerta acompañado de una doméstica.

Un pliegue del portón le impide a Miguel ver cuando el resto de maleantes se lleva al niño.

Después del asalto, encolerizado, Miguel abandona el carro, sube al segundo piso a sacar una subametralladora y una escopeta, conduce otro de sus autos y persigue a los asaltantes.

Tras varios minutos de infructuosa búsqueda, regresa a casa y le dice a su empleada que los niños no irán al colegio. “Sí --le responde la mujer--, pero se llevaron a Gerardito”.

Así comenzó aquel tormento, que lleva ya cinco años para la familia Villeda Kattán y que fue orquestado por uno de sus ex empleados.

A los pocos minutos de saber del secuestro, el teléfono sonó: “Don Miguel, tenemos al niño. No se preocupe que no le va a pasar nada, porque sabemos que los niños son de Dios, pero no queremos que nos haga una oferta miserable. Sabemos que su señora es millonaria y queremos un buen rescate. ¿Cuánto nos puede ofrecer para que le devolvamos al niño?”, le preguntó una voz masculina.

Él les dijo que en ese momento disponía de no más de 400 mil colones en efectivo que se los podría dar de inmediato, si le devolvían al niño.

El desconocido dijo que volvería a llamar. Pero eso nunca ocurrió porque a los pocos minutos de esa comunicación, Miguel Ángel supo que su hijo había muerto cuando la policía intentaba rescatarlo.

Dudas

Ahora, un padre dolido recuerda su tragedia, aunque ello le signifique volver a llorar y a despotricar contra aquellos ocho criminales y contra el proceder de las autoridades que, según él, no fue el idóneo.

En cuanto ocurrió el asesinato, en los medios se debatió si Gerardo había muerto a manos de sus secuestradores, como lo hicieron ver las autoridades, o si su muerte había ocurrido en un fuego cruzado.

El progenitor hace sus propias conclusiones tras tanta información del caso que aún sigue recabando.

El principal cuestionamiento que se hace es por qué las autoridades nunca han querido decirle quién dio la orden de entrar a sangre y fuego a rescatar a su hijo, a sabiendas de que el niño estaba entre peligrosos secuestradores.

Fuentes especializadas sostienen que el procedimiento normal en caso de secuestro es que se negocie, pero eso nunca ocurrió en este caso.

La versión oficial es que la policía no pensó dos veces en entrar cuando escucharon gritar al niño y a una mujer que ordenaba matarlo.

Pero, según el señor Villeda, los secuestradores no ganaban nada con matar al niño y sabían que les haría más daño que bien. Los gritos de la mujer que decía “¡maten al niño!”, nunca se produjeron, asegura.

Estas dudas no son nuevas. Recién ocurrido el crimen, Villeda aseguró que si las autoridades hubiesen tenido cuatro dedos de frente, su hijo estaría vivo.

Pero de inmediato, sus abogados lo hicieron retractarse porque la defensa de los implicados podría valerse de eso.

“A mí me gustaría que me explicaran por qué no cercaron esa casa a las cuatro de la mañana y detuvieron a los delincuentes antes de que hicieran el secuestro”, sostiene el agraviado.

Las autoridades fueron avisadas 24 horas antes del hecho, pero no fue hasta la madrugada del propio 21 que montaron vigilancia en la casa señalada.

Las autoridades nunca explicaron a Villeda por qué actuaron de esa forma. De ahí que tenga tantas dudas como dolor.

Confinados

Recién condenados los ocho criminales, el comisionado Ricardo Menesses, entonces subdirector de la policía, lo llamó a la oficina para decirle que el sufrimiento que ellos tenían en la cárcel, por estar privados de libertad, era mucho más intenso. Le mostraron unos videos tomados de día y de noche donde le muestran lo que es la cárcel para los condenados por el asesinato de su hijo.

“No queremos culpar a nadie, aunque esto que sentimos no se lo deseo a ningún padre. Dios se va encargar de hacer justicia”, asegura un tanto sosegado.

Desde aquel 21 de junio, a Miguel Villeda le ha dado por escribir poesía para su hijo ausente.

El dolor lo ha hecho ensayar de escritor porque en ello halla la forma, dice, de menguar la pena, al recordar al niño bondadoso que una vez llegó sin camisa a casa porque se la había dado a un niño de la calle; al hijo que iba a las piñatas para recoger dulces para luego repartirlos a los niños de los albergues infantiles.

El señor Villeda asegura que es así como siempre quiere recordar a su hijo. Incluso, para poder recordarlo vivo, afirma que nunca quiso ver las fotos de cómo quedó después de ser acribillado. “Dicen que un bracito ya no estaba con él”, sostiene.

“Un Ángel llamado gerardito”
- Este es el título del libro de poesía que Miguel Ángel Villeda ha escrito como tributo a su hijo.
- Posterior al asesinato del niño, Villeda ha escrito más de 2,500 poesías inspiradas en su hijo.
- El libro saldrá a la venta el próximo 10 de diciembre, fecha cuando Gerardo cumpliría 14 años.
- El dinero de la venta se destinará a obras de beneficio social con las que el niño colaboraba.
- Gerardo destinaba su mesada a comprar comida para albergues.


Advertencia de un plagio

Un investigador ligado al caso ha asegurado a la familia Villeda que la policía recibió el aviso anónimo 24 horas antes. En una casa de Mejicanos (dieron la dirección exacta) se fraguaba el secuestro de un colegial que vivía en la Calle Motocross. Ahí podían capturar también a uno de los más buscados (El Gigio).

Desde ahí habría comenzado el ajuste de cuentas para ElGigio. Pero la vigilancia de la casa no se montó hasta la madrugada del 21 por un equipo del Grupo de Reacción Policial (GRP).

Éste no interceptó los vehículos que vieron salir de la casa sino que los siguió. Como iban con las luces apagadas para no ser detectados, perdieron el rastro del Honda blanco. La policía volvió a la casa vigilada.

El secuestro se perpetró e incluso, cuando el Honda regresó no fue interceptado antes de que entrara a la casa.

Según la familia Villeda, si la policía hubiese interceptado a los delincuentes antes de que hicieran el secuestro, tal vez Gerardo y dos policías estuvieran vivos.

El procedimiento, según Miguel Ángel Villeda, fue evidentemente no adecuado para la ocasión.

A la sazón, Rodrigo Ávila, entonces ex director de la policía, lo llamó para decirle que si él hubiera estado entonces en la policía, el niño estuviera vivo porque él les habría puesto un helicóptero encima, habría negociado la entrega del niño y que después hubiera visto qué se hacía con los plagiarios. Aunque, según Miguel Ángel, Ávila le dijo que si el niño no hubiera muerto, tal vez no hubieran salido tantos condenados.


La traición de un empleado

Escena. En la casa donde mataron a Gerardo quedaron cientos de casquillos.

Que los secuestradores supieran que Miguel Ángel Villeda era experto en karate y que siempre llevaba una pistola .45 negra, de fabricación húngara, no era casualidad.

Todos esos detalles los sabían por boca de Carlos Urbano Flores, un mecánico ex empleado de la familia Villeda Kattán, quien lo consideraban un hombre de confianza.

Tanto era así que había acompañado a su patrón, en viajes de trabajo, por varios países de la región.

La confianza era tal que Miguel Ángel le obsequió un auto, y cuando decidió montar su propio negocio, le ayudaron con dinero y con herramientas.

Pero Urbano no sólo mordería la mano que le había dado de comer, sino que destrozaría la felicidad de una familia.

El descaro fue tal, según cuenta Miguel Villeda, que el día antes del secuestro llegó a prestarle una batería para arrancar el auto en que habrían de ir a secuestrar a su hijo, el mismo niño que le demostraba amistad a aquel mecánico de la familia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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