Luis
Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Estoy absolutamente convencido de que el combate a la delincuencia no
se gana buscando culpables; resulta que los únicos culpables, si
es que queremos identificarlos, son los propios delincuentes que amedrentan
a los ciudadanos con sus actos fuera de la ley, aprovechando las acusaciones
mutuas que fiscales, jueces y policías, se hacen entre sí.
Ya lo he dicho en esta columna: si algo nos permitió reducir el
secuestro a índices prácticamente nulos, fue la inteligencia
de los fiscales al conducir de manera eficiente la investigación
del delito; el coraje y heroísmo de los policías al acatar
la directriz del fiscal, que en varias ocasiones se orientaba a operativos
de choque en los que se tenían que enfrentar secuestradores y agentes,
cara a cara, procurando lo segundos proteger la vida de la víctima,
y un último factor, la pronta, correcta, responsable y sobre todo,
valiente aplicación de la ley por parte de jueces y magistrados,
quienes en el cumplimiento de su deber y arriesgando su seguridad personal
y la de los suyos, decretaban la detención provisional de los secuestradores,
tramitaban una eficiente instrucción, elevaban a plenario, en juicios
verdaderamente públicos, pues la prensa desarrolló una función
contralora de primer orden, culminando la mayoría de los procesos
con condenas que aún muchos siguen purgando.
Es de justicia también reconocer el papel de la empresa privada,
patrocinando abogados para reforzar la acusación particular y el
de las víctimas, que sin pensarlo dos veces, acudían al
proceso penal para declarar en contra de sus victimarios.
Es cierto que se debe combatir y con todo el rigor de la ley a los funcionarios
corruptos, negligentes e incompetentes. Pero eso es la excepción
y a esa regla se le debe aplicar rápidamente una solución,
destituyéndolos si es necesario y procesándolos si su conducta
ha sobrepasado los límites del ordenamiento jurídico.
En otros casos, más que corrupción, lo que puede existir
es el desánimo, el desincentivo, la falta de recursos que les permitan
operar eficientemente, o lo que es peor, las limitantes legales que constituyendo
el desarrollo de preceptos constitucionales, les impiden aplicar la ley
de la manera que la sociedad lo necesita, sobre todo cuando se trata de
combatir al crimen organizado.
Pero la buena noticia es que es más fácil corregir a un
desmotivado y modificar la ley para adecuarla a la realidad social, que
enderezar a un corrupto que ha caído en manos de las mafias y que
colabora dolosamente para que la investigación del delito y la
administración de la justicia no funcionen.
Es a lo primero a donde debemos orientar nuestros esfuerzos: a motivar
al policía, al fiscal y al juez para que desempeñen eficientemente
su labor; ha protegerlos porque su tarea no es fácil y a brindarles
las herramientas legales que como en el caso de los secuestros, les permitan
investigar, capturar y procesar, es cierto, sin violentar el debido proceso,
pero teniendo en cuenta los sagrados derechos de las víctimas.
Las recientes resoluciones de la Sala de los Penal de la Honorable Corte
Suprema de Justicia, son un indicativo de una verdadera colaboración
entre órganos de Estado. Declarar constitucional la potestad que
tiene el Fiscal General para requerir ya sea un sobreseimiento o un criterio
de oportunidad, aunque el juez haya solicitado lo contrario; el confirmar
que los testigos y las víctimas pueden proteger su identidad frente
a los delincuentes, que están siendo procesados cuando rindan su
declaración en el tribunal correspondiente, sin que ello signifique
una violación a las garantías establecidas en el artículo
11 de la Constitución; así como confirmar que no se viola
ningún precepto constitucional con la existencia de un presidio
de máxima seguridad en el que las medidas de internamiento son
más rigurosas que en un centro penal ordinario, no deberían
ser vistos como afrentas del máximo tribunal de justicia hacia
la independencia de los jueces, sino por el contrario, constituyen una
orientación legal que permitirá a éstos y a los magistrados
de Cámara, conocer el criterio de la Sala y fallar con la seguridad
que no se está infringiendo disposición constitucional alguna.
Es sorprendente que enarbolando la protección a los derechos humanos,
algunos continúen sosteniendo que el debido proceso está
sobre los derechos de las víctimas; no se trata de regresar a un
proceso inquisitivo donde prácticamente estábamos condenados
antes de iniciar el proceso, pero sí de adecuar nuestra legislación
a una realidad a todas luces preocupante. La discusión sobre el
excesivo garantismo de nuestra actual legislación penal está
suficientemente desarrollada; toca hoy modificar lo urgente y para el
mediano plazo reestructurar nuestro proceso penal, adecuándolo
a una realidad donde la violación y la represión a los derechos
fundamentales por parte del Estado es prácticamente nula.
Siempre lo he sostenido: el problema delincuencial y del crimen organizado
no debe estar sólo sobre las espaldas del Ejecutivo; la fiscalía,
los jueces, la empresa privada y los ciudadanos son también parte
importante de esta cruzada. Dejemos de ser cómplices de los malhechores
y transformémonos en protagonistas de la solución del problema.
*Secretario de Asuntos Legislativos y Jurídicos
de la Presidencia de la República.

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