Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Surge lo que va a continuación, de la lectura del libro del historiador
español Federico Suárez Verdeguer “Ensayos moderadamente
polémicos”. De los distintos temas que allí se tratan,
elijo para comentar, hoy y en sucesivas columnas, los que se refieren
a la ética de la información. Me limito ahora a Ramiro de
Maeztu y a un artículo suyo.
Maeztu hoy es poco conocido, no sólo en El Salvador sino también
en las jóvenes generaciones de españoles. Jean Cassou dijo
de él que era: “Una de las voces más importantes y
más solemnes de la generación del 98”. Y Gómez
Baquero añadía que si Maeztu tuviera el don de reír,
“sería el Chesterton español”. Fue el más
culto y más profundo de todos los del 98 pero ya en vida sufrió
“la conspiración del silencio”, que el fanatismo laicista
suele hacer de todo intelectual que no es de su cuerda.
Es curioso que en mi diccionario enciclopédico de editorial Océano,
por ejemplo, Maeztu no aparece, aunque sí aparecen todos los otros
escritores de esa generación: Unamuno, Azorín, Baroja, etc.
¿Su pecado? Haberse convertido, de su pasado de liberal agnóstico,
a católico militante y haber hecho frente, con palabras profundas
y clarividentes, a las hordas revolucionarias, advirtiendo del desastre
al que se encaminaba la naciente república española.
Maeztu experimentó en carne propia, que “la cruz de todo
hombre público que haga frente a la revolución es ser objeto
de la mordacidad, de la difamación y de la calumnia”. Peor
fue el ignorar sus valiosas obras. El chileno Ricardo Baeza, aunque de
ideas opuestas, tuvo la hidalguía de quejarse del silencio con
que no pocos críticos rodearon la aparición de “Don
Quijote, don Juan y la Celestina”, certero ensayo de Maeztu.
De un artículo de Maeztu, de 1927, copio algunos párrafos
porque tocan certeramente el bien y el mal profundo del quehacer informativo.
Dice así:
“No sé por qué razón ha de haber tantos compañeros
de periodismo que prefieren la libertad para su profesión a la
responsabilidad. Sospecho que esta preferencia es la causa del relativo
descrédito de nuestra carrera.
La nuestra es la única, entre las profesiones liberales, que se
ufana de la libertad. Todas las otras se aprecian, al contrario, y a pesar
de la palabra liberales, del servicio que rinden. Sus ministros se consideran
servidores o siervos de algo más alto que su voluntad. A ningún
sacerdote se le ocurrirá pedir para sí y para sus compañeros
la libertad de tener fe o no tenerla. A ningún abogado, la de ser
fiel o infiel a la justicia.
Aningún médico la de curar o la de matar a los clientes”
(...) “No es que carezcamos de una obligación tan elevada
como cualquier otra. La función de informar a los pueblos de lo
que debe interesarles, y de mostrarles el valor y la significación
de lo que ocurre, no cede en importancia a otra ninguna. Somos los ojos
de las naciones.” (...).
“La nuestra es la función informativa. No la hay más
importante. Hemos de informar. Hemos de mostrar y hacer sensible la verdad
que interesa. Nuestra responsabilidad es doble. Hemos de escoger los que
interesan de entre los sucesos infinitos de la vida. Y hemos de ser veraces
al contarlos. Hemos de poseer la doble antena que distingue lo que interesa
de lo ininteresante, y que diferencia lo que está probado de lo
que no lo está. Por la primera, nuestra morada es el mundo de los
valores. Por la segunda, el de la verdad.”(...).
“Ello significa que nuestra responsabilidad es doble. ¿Hemos
de desprendernos de ella para recabar el pretendido derecho a decir la
verdad o a falsearla? ¿Proclamaremos el de pregonar lo que se nos
antoje?” (...)”La verdad es que el periodista lo pierde todo
cuando proclama el derecho a imprimir lo que le venga en gana, en vez
de vanagloriarse, por el contrario, de que su obligación es tan
estrecha e imperiosa como la que más”.
En noviembre de 1936, Maeztu sería silenciado por completo. Fue
encarcelado y fusilado por la izquierda sanguinaria durante la Guerra
Civil española. Su delito: ser un hombre íntegro, amable,
respetuoso con los que no pensaban como él, amar la verdad y odiar
toda mentira, especialmente la que se da, tan frecuentemente, por los
medios de información social.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy.lfcuervo@telemovil.net

|