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“Había que preparar cinco pachas a la vez”
Dedicación. Los “quintillizos” han cumplido once años. Don Abel, su padre, dice que fue una petición que llegó al por mayor
Publicada 17 de junio de 2006 , El Diario
de Hoy
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Eugenia Velásquez
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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Fé. Don Abel relata que la mejor guía para conducir a sus hijos la ha encontrado leyendo las enseñanzas de Jesús en la Biblia. Foto: EDH |
Hace once años, Abel Del Cid, dobló un día sus rodillas en un garitón de la Penitenciería de San Vicente, lugar donde laboraba, para pedirle a Dios que le concediera un nuevo trabajo donde ganarse unos centavos más y que, además, su esposa Gladis, pudiera concebir un niño.
Dios le contestó rápidamente la primera solicitud, y la segunda, poco tiempo después. Lo que comenzó como un diagnóstico médico de “masas pélvicas”, terminó siendo un embarazo de quintillizos.
La primera impresión de don Abel fue de “susto”, la segunda de preocupación. Lo que llama una “carga difícil”, pero satisfactoria por sus hijos comenzó un 19 de enero de 1995.
Eran las diez de la noche cuando su esposa comenzó a dar a luz. La primera en nacer fue la
única niña, Thelma Stefany. El resto (cuatro varones), siguieron llegando cada tres minutos.
Los primeros meses fueron un ir y devenir de arduo trabajo. “Había que preparar cinco pachas cada dos horas las 24 horas del día”, recuerda hoy don Abel.
Los años han pasado y con ellos retos, alegrías y preocupaciones. Actualmente, los cinco chicos estudian el quinto grado en el Centro Escolar Juana López, de Ciudad Delgado.
Don Abel se quita y se pone los lentes con insistencia. Se le ve cansado y le cuesta trabajo poner en orden a sus cinco hijos. De regreso a casa de la escuela, las manos de don Abel son insuficientes para guiar a los pequeños hasta el hogar.
Cuando los oye hablar de sus aspiraciones, pone la mano en su frente, como si pensara no sólo en lo que dicen, sino, como lo lograrán.
En la familia de “los quintillizos”, como les dicen en el barrio donde viven y en la escuela, la carrera de medicina es una opción para el futuro en tres de ellos.
Irving Norberto y Christian Israel desean estudiar para ser doctores y Thelma Stefany quiere ser enfermera. Edwin Oswaldo, abogado y Milton Oliver, arquitecto.
Don Abel los mira de reojo, asintiendo sus propósitos. “Si los niños están vivos la honra y la gloria es para Dios”, dice con insistencia. Hoy más que nunca recuerda aquella petición que hizo en un garitón de la cárcel.

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