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Vivencias
El diputado padece coprolalia
Los investigadores concluyen que cuando el lenguaje profano es llevado a extremos de
incontinencia se puede tratar de una verdadera enfermedad que se conoce como “Síndrome de Tourette”
Publicada 17 de junio de 2006, El Diario de Hoy
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Rolando Monterrosa*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
El lenguaje profano, tanto verbal como gestual, es la marca que identifica a los patanes salvadoreños. Sin temor a exagerar hay quienes de cada tres palabras que pronuncian cuatro son vulgaridades. Y no es exageración porque la cuarta sandez es una silenciosa pero elocuente señal obscena con el dedo, como aquel que en mala hora alzó un diputado farabundista mientras el Presidente Saca rendía informe al pleno de la Asam-blea.
La práctica indiscriminada y compulsiva de la grosería se llama “coprolalia”, palabra de origen griego que se compone de “copros”, excremento y “lalia”, hablar. El diccionario de la Real Academia Española define el término como la “tendencia patológica a proferir obscenidades”.
Según informaba hace poco el diario New York Times, el Senado de Estados Unidos discute legislar sobre la creciente vulgaridad de locutores --como es cada vez más frecuente en algunas radioemisoras salvadoreñas--, que emplean lenguaje soez en sus transmisiones y penalizar con severidad a los transgresores. Hubo quienes abogaron por aplicar multas hasta de medio millón de dólares y el retiro de las licencias de transmisión. La iniciativa se basa en el principio de que la libertad de expresión no da derecho a atentar contra la moral, el decoro y el mismo bienestar físico del público.
Sobre esto último cabe decir que además de disgusto o repugnancia los improperios también generan reacciones fisiológicas: un grupo de investigadores aplicó electrodos en los brazos y yemas de los dedos de personas que luego fueron sometidas a andanadas de palabras vulgares. Los sujetos experimentaron reacciones tales como erección de los vellos, aceleración del pulso y respiración alterada.
Los investigadores concluyen que cuando el lenguaje profano es llevado a extremos de incontinencia se puede tratar de una verdadera enfermedad que se conoce como “Síndrome de Toure-tte”, un desorden neurológico, de causa desconocida, consistente en la incontrolable compulsión de pronunciar obscenidades a menudo acompañadas de tics corporales y vocales, muecas, emisión de sonidos guturales y chillidos. Por gracioso que esto pueda parecerle a algunos, quienes sufren el síndrome experimentan estados de profunda angustia y humillación.
Se debe admitir por otra parte, que hay muchos defensores del lenguaje profano, toda vez que este se mantenga dentro de la intimidad de amigos o conocidos. Conside-ran que es una reafirmación de pertenencia a un grupo determinado dentro del cual pueden decir lo que les venga en gana sin temor a ser criticados o rechazados. Hay investigaciones que le hallan el lado bueno al decir que una sarta de malas palabras pronunciadas en privado reduce el estrés. Sin embargo a los ortodoxos de la pureza en el bien decir les parece que igual o mejor resultado da orar, repetir mantras hindúes o hacer respiraciones profundas.
En esto de las malas palabras la literatura clásica española nos hereda un rico menú. En El Quijote, por ejemplo, hay varias menciones de la palabra bisílaba que describe la condición de la mujer que se dedica al comercio carnal. Don Francisco de Queve-do es quizá el paradigma de los clásicos malhablados, sobre todo en sus poemas burlescos. En esta categoría clasifica la mayoría de autores de la picaresca española. El escritor francés, Rabelais, las emplea con largueza todavía mayor en su obra “Gargantúa y Pantagruel”. No obstante es preciso hacer la salvedad de que todos ellos utilizaron las palabrotas con mesura y alto sentido de la estética, por lo que no resultan repugnantes, como lo es en el caso del jayán que maldice o hace gestos obscenos en público.
*Jefe de Redacción de El Diario de Hoy

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