
María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
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Un importante cambio, iniciado en el Siglo XX, es el papel preponderante que la mujer ahora desempeña. Hoy, el mundo entero --con algunas excepciones-- aprecia y admira todo lo que ella realiza, demostrando así su capacidad, responsabilidad y determinación.
Esto ha traído otro cambio, admirable y valioso, pero menos reconocido: el papel del hombre moderno en la familia.
En efecto, el hombre está tomando hoy el papel que siempre debió tener y comienza a disfrutar los muchos deleites que la vida familiar proporciona.
En la actualidad, los padres jóvenes saben preparar una pacha, cargar al recién nacido y controlar a un terrible niño de tres años. Incluso, después de una traumática primera vez, son capaces de cambiar correctamente el pañal del bebé.
Es decir: están aprendiendo a realizar con maestría sus tareas de padres, antes delegadas exclusivamente a las madres.
Hasta hace poco, era una rareza encontrar a un niño sólo con su padre. Ahora, es cada vez más frecuente ver a varios niños, acompañados por papá, realizando las actividades normales de un día cualquiera: hacer las compras, llevarles a clases, a un cumpleaños, o al pediatra, a la iglesia o al cine. El hecho de que la madre, por alguna justificada razón, no pueda atender a sus hijos en determinado momento, ya no impide que los niños realicen sus actividades programadas, porque el padre comparte estupendamente las tareas propias de la vida moderna.
Claro, para adaptarse a esta nueva realidad, los hombres han tenido que cambiar lo que más cuesta: su mentalidad. Sin embargo, la cosecha pagará con creces ese esfuerzo. Los niños, indiscutiblemente, requieren del apoyo de padre y madre, pero es importante comprender la inmensa trascendencia que tiene la participación activa del padre en la crianza de sus hijos.
Por ejemplo, los varones disfrutan y se enorgullecen de la compañía paternal, se sienten importantes en sus actividades “de hombres”, aprenden acerca del trabajo de papá y desarrollan no sólo sus habilidades intelectuales, sino manuales (mecánica, carpintería, deportes). Aunque papá no sea muy hábil, con “ayudarle” a realizar tareas tan sencillas como cambiar un foco, el varoncito estará forjando su personalidad.
Para las hijas, es aún más importante, si se puede, contar con un buen padre a su lado. Es él quien las ayudará a desarrollar saludablemente su autoestima y liderazgo; será papá quien marcará para siempre el estándar de sus aspiraciones y lo que ellas esperarán de su futuro esposo. Es el amor, respeto y atenciones que de él hayan recibido, lo que determinará la actitud con que las niñas se enfrentarán a las vicisitudes de la vida.
Porque, generalmente, la percepción que se tiene de la madre es que ella todo lo disculpa y todo lo perdona; esto es saludable para la seguridad que todos necesitamos en la vida, pero no es suficiente. Tam-bién es necesaria la percepción de que el padre es más exigente y no se conforma con poco; por eso, para los hijos es mucho más significativa la aprobación del padre y el tratar de lograrla es una importante motivación para superarse y triunfar.
Así, cuando papá ha dado a sus hijos amor, consideración y respeto; cuando les ha enseñado a ser dignos, responsables y trabajadores; cuando, con el ejemplo, ha abierto para ellos la senda del bien, es muy raro que un hijo --y mucho menos, una hija-- tomen el camino equivocado. Nadie que, por tanto amor recibido, se siente colocado en un pedestal, se arriesgará a bajarse de allí y perderlo todo, por una satisfacción momentánea, ¡no cambiará verdaderos tesoros por piedrecitas de colores!
Padres así necesitamos: más varoniles, cuanto más paternales. A Dios gracias, existen y son cada día más numerosos. Para ellos, para esos maravillosos y modernos padres ejemplares, la más efusiva felicitación en su día y la seguridad de que Dios, sus hijos, su esposa y su patria, les bendecirán para siempre.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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