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| Apoyo. Niños
encuentran en el lugar un espacio de protección. Foto:
EDH |
Mirella Cáceres
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Se acaba de cumplir un mes y El Diario de Hoy reconstruye lo que se vivió
en una sala de cirugía del Bloom, una historia sorprendente desde
el punto de vista científico y humano.
Miércoles, 10 de mayo
Francisco Antony Hernández Calderón y Samuel Weinstein
se encuentran por primera vez en una sala de cirugía del Hospital
Bloom.
Para ninguno es una sorpresa. El primero ha estado en tres ocasiones tumbado
sobre una camilla; el segundo, muchas más, sólo que de pie
y frente a un paciente.
A sus nueve años, el niño tiene un grueso expediente médico
con tres intervenciones de cateterismo cardíaco. El éxito,
para corregirle el estrechamiento de unos vasos, ha sido relativo.
Con apenas 43 años, el cirujano es el jefe del servicio de Cirugía
Pediátrica Cardiotorácica del Centro Médico Montefiore
de Nueva York, en Estados Unidos.
Necesidad y altruismo, repartido a partes iguales, les reúnen esta
vez: Antony depende para sobrevivir de una complicada cirugía y
Weinstein da su tiempo y hasta su sangre en una jornada, auspiciada por
la organización Heart Care y la fundación Sana Mi Corazón.
El niño no fue el único paciente operado hace un mes en
esa jornada, pero sí, el caso más difícil. De hecho,
iba a ser necesario una técnica quirúrgica que hasta la
fecha no se ha utilizado en el país.
A simple vista, Antony parece uno más. El estrechamiento en la
arteria aorta dificulta que el corazón envíe la sangre rica
en oxígeno al resto del organismo. Y eso le provoca cansancio,
dificultad para respirar y, lo que más le duele, le impide jugar
con sus compañeros.
Weinstein descarta enseguida un nuevo cateterismo para ensanchar la aorta.
La técnica de introducir un tipo de balón desde la ingle
hasta la estrechez de la arteria para luego inflarlo y abrir el vaso no
es suficiente. “El niño no va a mejorar, requiere una cirugía
más compleja”, comenta Weinstein en sala después de
observar la diferencia de presión del ventrículo izquierdo
y la aorta. Antes ha realizado una comisurotomía, una cirugía
mediante la cual retoca los bordes de unas láminas en la válvula
aórtica, donde está la estrechez.
“¿Hay posibilidad de conseguir sangre para mañana?”,
pregunta el cirujano. El paciente es B Rh Negativo, un tipo de sangre
poco común. La respuesta es incierta, aún así programa
la operación, llamada cirugía de Ross, para la 1:00 de la
tarde.
Jueves, 11 de mayo
Antony vuelve a sala de operaciones con el pecho abierto. Una vertiginosa
campaña en los medios para conseguir donantes garantiza la cantidad
mínima de sangre para el procedimiento. Con el corazón de
Antony a la vista y conforme el cirujano profundiza en la aorta, el procedimiento
de Ross empieza a tener sentido.
Donald Ross, prestigioso cirujano, le dio el nombre a esta técnica
que consiste en la sustitución de la válvula aórtica
dañada por la válvula pulmonar del mismo paciente. De ahí
también el calificativo de autoinjerto.
Las manos del cirujano trabajan a milímetros del sistema eléctrico
del corazón, el marcapasos natural.
En el corte de la arteria pulmonar, los especialistas colocan una válvula
preparada con la vena yugular de la vaca, traída especialmente
para casos como éste.
Más de seis horas han transcurrido, el cansancio hizo acto de aparición,
pero la satisfacción no es completa. El corazón no responde
como se espera. Weinstein observa la aorta con detenimiento y aprecia
una nueva estrechez, esta vez en el arco de la principal arteria del cuerpo.
Pasó desapercibido en los exámenes, quizás opacado
por el daño principal.
En cualquier caso, Antony, aunque inconsciente, está a las puertas
de otra prueba, más dura que la anterior. Los médicos tienen
que parar por completo la circulación sanguínea del paciente.
Eso significa detener la bomba extracorpórea que hasta ahora hacía
las veces del corazón. Así lo requiere el trabajo de reparación
en una arteria de varios centímetros de diámetro.
Eso no es todo. Al paciente se le provoca un estado de hipotermia profunda;
la temperatura baja hasta los 17 grados, 13 menos que una cirugía
y 19 menos que la temperatura normal.
De esta forma se protegen los tejidos y se trabaja sin sangre en el vaso.
El inconveniente: el paciente puede sufrir lesiones cerebrales si se prolonga
más de un hora. Otro interrogante añade más incertidumbre:
“Vamos a necesitar más sangre”, se oye en la sala.
Weinstein lo sabe. De forma espontánea, detiene la operación:
“Yo soy B Negativo, sáquenme sangre”.
La decisión del cirujano causa sorpresa en la sala, pero la urgencia,
el niño está perdiendo sangre, se impone. El galeno se sienta
en un rincón, mientras una enfermera le extrae 500 mililitros (dos
bolsas). Cuando termina pide que se la pongan al niño de inmediato.
“Bueno, el niño ya tiene sangre de cirujano cardiovascular,
entonces va a ser cirujano cardiovascular”, bromea Weinstein tiempo
después. Come algo, toma un poco de soda, se lava las manos y vuelve
a su paciente. La cirugía prosigue sin sobresaltos. Abre la aorta,
secciona una parte del arco y le coloca un parche, que utiliza del sobrante
del material de la yugular de la vaca. El reloj marca la 11:00 de la noche.
Viernes, 12 de mayo
La evolución de Antony es satisfactoria. Esa misma noche le desconectan
el ventilador mecánico y comienza su recuperación. Unos
días más en sala, vigilado por los doctores del Bloom, y
recibe el alta médica. ¿Un mes después? El joven
está empeñado en recuperar el tiempo perdido. Sus padres,
Rubén y Berta, de Santa Rosa Guachipilín, Santa Ana, hablan
de un niño inquieto mientras recuerdan lo vivido semanas atrás.
“Al terminar la operación me dijeron lo que ese norteamericano
había hecho por mi hijo, le agradecí y él sólo
sonrió, lástima que el doctor no hablaba español”.

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