Joaquín
Villalobos*
El Diario de Hoy
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Oxford, Inglaterra. Eran los años 70, cuando la Guardia Nacional
no amagaba; cuando alzarle la mano al poder no era mala educación,
sino una segura condena a muerte; cuando quienes descuartizaban y realizaban
masacres no eran las maras, sino los escuadrones de la muerte y la policía.
Roberto Argüello, don Mario, ese era su nombre de guerra, llegó
a nuestra casa de seguridad en la colonia Miramonte en San Salvador y
al momento de abrir la puerta el sereno de la zona se acercó para
decirle: “Don Mario, esta mañana unos policías de
civil estuvieron preguntando por sus muchachos, alguien informó
de una casa sólo con jóvenes, pero yo los confundí
y los envié unas cuadras más arriba, esos policías
son gentes muy malas”. Don Mario agradeció el informe y al
entrar a la casa nos puso al tanto. Yo desocuparé la casa y ustedes
salgan lo más pronto posible con sus armas, nos dijo.
Estábamos varios miembros de la dirección del Ejército
Revolucionario del Pueblo y sólo unos minutos después de
que Mario desocupó el lugar, centenares de guardias llegaron al
sitio.
En 1974 el ERP se involucró seriamente en apoyar un golpe de Estado
de militares constitucionalistas. Ese esfuerzo por evitar la guerra y
traer la democracia nos valió ser llamados “cortoplacistas,
militaristas, aventureros y pequeño burgueses”, incluida
la crítica de Cuba por “salirnos” del camino revolucionario.
Introdujimos clandestinamente al país a ex militares golpistas
exilados desde 1972 y facilitamos se reunieran con militares de alta para
la organización del golpe.
Don Mario organizó puntos ciegos de frontera, lugares de reunión,
contactos, ve-hículos y quien escribe hizo de motorista para transportar
a dos coroneles a dichas reuniones. Uno de esos militares era el coronel
Arnol-do Majano, que encabezó el golpe de Estado de octubre de
1979.
En los momentos de la represión más feroz, cuando el capitán
Roberto D’Aubuisson intentaba aniquilar al ERP y estuvimos cerca
de desaparecer, don Mario tuvo una habilidad conspirativa digna de los
mejores servicios secretos del planeta y se volvió la principal
base de apoyo del ERP para las misiones urbanas, operaciones logísticas,
reuniones de dirección, movimientos de dirigentes, traslados de
documentos y las misiones más delicadas.
Pero además de un militante disciplinado y eficiente, era un hombre
que se hacía querer. La guerra fue tan larga que muchos lo conocieron,
pero su identidad se preservó como un secreto de alta prioridad,
varios compañeros murieron en las torturas sin mencionar su nombre
y otros supieron engañar hábilmente a sus torturadores.
En enero de 1980, en ocasión de la marcha de protesta más
grande en la historia del país, fui junto a Mario a conocer de
cerca el desarrollo de la manifestación. En las cercanías
del monumento a El Salvador del Mundo, un grupo de personas de la derecha
recriminaba contra la protesta y escuché cuando don Mario les dijo:
“Es terrible ver desfilar 50 años de errores”. Del
conflicto sólo se puede afirmar con contundencia que se volvió
inevitable, pero en cuarenta años más, cuando la generación
que peleó ya no esté presente, la guerra perderá
su matiz ideológico y tomará su carácter de lucha
fundacional del Estado y la democracia salvadoreña.
Sin la participación de hombres como Mario y otros que se jugaban
la vida sin más armas que sus convicciones, la democracia habría
sido imposible. En 1980 Francisco De Paz, gerente de personal de Sigma,
S.A., fue capturado y asesinado junto a su esposa y su empleada doméstica.
Fran-cisco debía recoger a toda la dirección del ERP a la
mañana siguiente, una noche bajo torturas no pudo arrancarle esa
información. En 1978 el ERP fundó la primera empresa de
taxis aéreos del país “Urgente, S.A”. La utilizábamos
para movilizar dirigentes, transportar armas y sacar oro y venderlo en
Panamá, esto se hacía desde la base aérea de Ilopango,
utilizando camionetas Cherokee con vidrios polarizados.
En marzo de 1981 Carlos García, gerente de la empresa es descubierto
y capturado. Para proteger información, Carlos se suicida en las
cárceles de la Policía Nacional pocas horas después
de ser arrestado.
La lista de nombres es muy grande y las historias son muchas. Las bases
de apoyo de los combatientes crecieron por todo el país, más
por indignación ante la prepotencia que por convicciones ideológicas.
Roberto Argüello, don Mario, trabajador incansable siempre al frente
de su negocio, falleció recientemente, con él se va parte
de una gran historia no contada, sin embargo pudo ver al país en
democracia y hasta ser alcalde de su querido Quezaltepeque.
El debate sobre las razones de la guerra continuará y para eso
es la democracia. Pero por encima de ese debate nadie puede poner en duda
que hombres como don Mario representan el coraje y la energía que
hace de los salvadoreños personas excepcionales.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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