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De mis recuerdos
¡Viva el Águila!

El mejor lunes es, para mí al menos, cuando Águila queda campeón, como el lunes antepasado. Y otra vez, como en tantas ocasiones fue FAS, el adversario, el digno adversario. Estadio lleno, adrenalina.

Publicada 8 de junio de 2006, El Diario de Hoy


Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Los tres nacieron en 1935. Cada uno por su lado. En la vida tuvieron diferentes ocupaciones. Gustaban de las cervezas bien heladas, pero nunca estuvieron juntos en la mesa de algún bar. El primero, Mario Galeas, me regaló la vida. El segundo Roque Dalton, la poesía y el tercero Juan Francisco “Cariota” Barraza, el fútbol. Dos grandes pasiones en mi vida: fútbol y poesía. Hoy platicaré de fútbol.

Fue mi papá quien me llevó a un estadio a ver, por vez primera, un partido de fútbol de liga mayor. Jugaba Águila, el equipo de mis amores, contra el Sonsonate F.C. Los partidos sólo los había escuchado por radio en la prodigiosa narración de Rosalío Hernández Colorado, Miguel Álvarez y los comentarios del Pato Alfaro. Al Águila, al cual era aficionado por tradición familiar, sólo lo había visto por fotos en periódicos y revistas. En la víspera, casi no pude pegar un ojo de la emoción.

El partido era crucial. FAS, un puntito arriba en la última fecha del campeonato, sólo necesitaba empatarle al Alianza en el Flor Blanca, para coronarse campeón. Águila urgía de una combinación de resultados: Ganarle al Sonso-nate y que Alianza, otro enconado rival, le hiciera el favorcito. Era el 10 de noviembre de 1968. Dos de la tarde. Una leve brisa hacía el ridículo contra el enconado calor de la ciudad.

Hacer la cola para comprar el boleto, los comentarios en los radios de pilas de los aficionados, las ventas de carne con tortilla y cerveza helada, las viseras para el sol, y entrar al estadio. De pronto se abrió el vacío ante mis ojos atónitos de cipote orejón de 10 años. El verde de la gramilla, los fotógrafos, los miles de aficionados, las mantas. El gran momento: Hace su ingreso el Águila: Mon, Cariota, Chapín Martínez, Zozimo, Búcaro. Y el estadio estalla en aplausos, gritos, pólvora y que viva el Águila hijos de la grandísima.

Los ojos puestos en el partido y la oreja pegada al radio para oír lo que pasaba en el Flor Blanca. Cuando faltaban escasos minutos para que terminaran ambos partidos, Águila ganaba tres a cero al Sonsonate, pero parecía que de nada le serviría porque FAS mantenía, con el cuchillo entre los dientes, el cero a cero. Y de la radio sale un grito de gol que se prolongó más de la cuenta. Y mientras el hombre nunca terminaba de decir goooooooooooool a San Miguel entero se le salía el corazón del pecho. Y si. Fue gol del Alianza, gol de Cascarita Tapia. Y el Águila, de la mano de Cariota Barraza, conseguía la quinta corona. Y yo uno de los mejores recuerdos de mi vida, al lado de mi papá.

Desde entonces, como miles de salvadoreños, he sufrido y en serio, las derrotas del Águila y la Selecta. Y como miles también he gritado y celebrado como loco los goles y los triunfos. (En el caso de la Selecta, bien poquitos).

¿Qué tiene este deporte, que como ninguno otro embruja a las multitudes? No hay abrazo más emocionado que el que se le da a un desconocido en la gradería del estadio, luego de un gol del equipo favorito. No hay momento más patriótico que cuando se canta el himno, antes de un partido de la Selecta contra México.

El mejor lunes es, para mí al menos, cuando Águila queda campeón, como el lunes antepasado. Y otra vez, como en tantas ocasiones fue FAS, el adversario, el digno adversario. Estadio lleno, adrenalina. Noventa minutos de tensión y emoción al máximo nivel. Después del dos a cero, la cosa parecía fácil. Pero no. Que va. Los de Santa Ana, en menos de lo que canta un gallo, empataron. Y el “si se puede”. Daba miedo.

Y entonces la pelota no sé cómo, le queda a Campos y corré, dale, corré, vas solito, ay Dios regaláme esta alegría, y el murciélago tira y entrá mamayita, entrá por lo que más querrás. Y la pelota entra pegadita al poste para besar la red. Y somos campeones. La multitud grita, San Miguel grita la corona número catorce. Le doy un beso a Sandra y pienso en Cariota, en aquel partido de 1968 y en mi papá. Felicidades campeones.

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

 

 

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