“Fue un problema hacer
el diagnóstico del Sida”
Inesperado.
En 1985, un médico que hacía su residentado en el Rosales
identificó el primer enfermo de Sida en el país en un hombre
de 34 años. Al doctor Milton Domínguez nadie le creía,
pese a que el joven concentró el rechazo del personal, por la ignoracia
sobre la enfermedad.
Publicada 7 de junio de 2006 , El Diario
de Hoy
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Tenaz. Milton Domínguez confiesa que no
se dedicó a la Infectología porque en 1985 el hospital
no tenía esa especialidad.
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Perfil
Milton Alfredo Domínguez nació el 15 de agosto de
1953 en San Salvador. Se graduó en Medicina en la Universidad
de El Salvador, en 1982. En el Hospital Rosales, donde trabaja,
hizo su residentado en Medicina Interna y su especialidad en Gastroenterología.
Los pacientes con VIH/Sida del hospital San Rafael lo condecoraron
el año pasado por haber descubierto el primer caso en el
país. |
Eugenia Velásquez
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
En octubre de 1985, cuando el doctor Milton Alfredo Domínguez
caminaba por los pasillos del hospital Rosales, sus colegas, incluyendo
a los médicos de planilla, lo miraban con desdén y se burlaban
de él.
No creían en el diagnóstico clínico que un médico,
en ese entonces en el segundo año de su residentado en Medicina
Interna, se había atrevido a escribir en el expediente de un paciente
que se encontraba en una de las salas de observación.
Eran las 7:00 a.m. de un día de octubre que no recuerda exactamente.
Como responsable de la unidad de emergencias, le tocó pasar la
revisión rutinaria en la segunda planta de observación del
Hospital Rosales.
“Estaban los pacientes para ser examinados y me topé casualmente
con uno que venía de Estados Unidos, un muchacho joven de unos
30 y pico de años. Él estaba en observación y al
comenzar a examinarlo y sacar el cuadro clínico se me vino a la
mente de que este paciente correspondía a un cuadro de Sida”,
recuerda.
La sorpresa fue tal que decidió comentárselo a un practicante
interno que se encontraba con él en ese momento. “Mirá...
éste es un paciente con Sida”, le externó. Llamó
de inmediato a la jefe de enfermeras: “señorita... éste
es un paciente con Sida y le voy a poner acá en el expediente el
diagnóstico, por favor no haga la bulla, no haga ninguna alarma,
agarre al paciente y se lo lleva a tal servicio”, dice que le pidió.
Una mezcla de sensaciones se apoderaron del profesional, pero en su mente
sólo había cabida para un pensamiento. “¿Es
posible que haya descubierto el primer caso de Sida?”, se preguntaba.
En su confusión interna vinieron a su memoria los consejos de su
maestro, el doctor Juan José Fernández.
“Ya nos había dicho, va a venir cualquier rato un paciente
con Sida, entonces deben hacer así: tomar las medidas de ingresarlo
rápidamente a los servicios, no hacer mucha bulla e informar a
sus jefes residentes y aislarlo. Ésa era la idea”.
En dos ocasiones levantó el auricular de su teléfono, una
para llamar al servicio de encamados del hospital para que se prepararan
a recibir al enfermo; la otra para llamar al doctor Fernández.
“Lamentablemente cuando yo estaba platicando con él, fue
como una pólvora, porque medio mundo en la parte alta (del hospital)
se dio cuenta, no se calló nada (la enfermera y el practicante)
y empezó el problema para mí... porque fue un problema”,
relata Domínguez.
Su sospecha clínica desató tal alboroto y temor en el hospital
que nadie quería tocar al “pobre muchacho”. Las tres
enfermeras que lo trasladaron al servicio de aislamiento tuvieron que
usar hasta mascarillas por miedo al contagio.
Desde entonces, ya nada fue igual en el hospital, mucho menos para Domínguez,
a quien se le prohibió darle seguimiento al caso. El paciente llegó
a la fase terminal de la enfermedad en casi dos meses y murió tal
como llegó al hospital: solo. Ni familiares ni amigos lo visitaron
en su estadía.
Cuando Domínguez interrogó al paciente, recuerda que le
dijo que venía de Los Ángeles y que tenía familiares
en el país. Pero era tanta su admiración por haberse encontrado
con una enfermedad desconocida que no le prestó atención
al dato.
Hoy que lo recuerda bien, al paciente tampoco pareció asombrarle
mucho. “El muchacho se quedó completamente callado, como
si ya lo presentía”.
Pero la fama no le acompañó ni tampoco le ayudó,
al menos en los dos meses que vivió el enfermo. “A mí
realmente me dio mucho trauma, casi todos los días me llamaban
la atención, de por qué había hecho ese diagnóstico,
mis colegas todos los días me interrogaban”.
Hubo momentos en que se sintió “culpable” y tuvo ganas
de abandonar la residencia. “Me pusieron mucho en duda, yo hice
el diagnóstico y si lo hice mal este paciente se está muriendo
por culpa mía”.
Al final, todos le dieron la razón. Seis meses después un
examen de sangre, enviado a los Estados Unidos, certificó que el
joven murió de Sida. Los que antes se burlaron, le consultaban,
llamándole “el especialista del Sida”.

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