Roberto
A. Torruella A*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hace poco apareció en los periódicos una noticia casi
increíble, por lo repugnante del hecho y por la calidad de su autor.
Un sacerdote, en México, el Domingo de Resu-rrección, asesinó
a una joven con la que mantenía una relación sentimental.
Esto habrá provocado con razón reacciones diversas, según
la calidad de los lectores.
Lo que debe interesarnos realmente, como cristianos, no es tanto lo que
pueda decir la gente, sino tratar de descubrir en el trasfondo de esta
horrible experiencia de un pobre sacerdote, un como signo de los tiempos,
expresado en un secularismo al que poco le importan los valores humanos,
morales, religioso y de fe. Y de esto no se escapa nadie... si descuida
su identidad humana y su fe, aunque sea sacerdote.
Cuando se margina a Dios hasta sacarlo de la existencia se buscan otros
sustitutos para darle un sentido a la vida: la técnica, el dinero,
el placer, el poder, las cosas, que pasan a ser más importantes
que la vida, que el hombre mismo y hasta que los hijos. Por eso, cuanto
menos bocas sean, más y mejores cosas se tienen, a costa de los
hijos no deseados.
Esta forma de pensar y de ser es lo que podemos llamar: cultura de muerte,
que nos tiene preocupados, asustados y sin salida.
Como prueba, un titular reciente en El Diario de Hoy dice: “Continúa
imparable la racha de crímenes”. Días después,
en el mismo diario: “Asesinan a cinco miembros de una familia”.
Otro día: “Hallan a mujeres asesinadas”.
Es natural que lo que más nos impresiona es la cantidad de los
crímenes y, en muchos casos, el salvajismo con que se cometen.
Con alguna frecuencia, la inocencia de las víctimas.
Por esta razón hay que preguntarse qué se puede hacer, ya
que la experiencia de lo que se ha hecho siembra dudas. Ni “la mano
dura”, ni el mutuo exterminio entre los mismos mareros basta. Tampoco
podemos culpar ligeramente a los jueces. ¿No será entonces
que las mismas leyes no son sabias y emprobleman a los jueces, cuando
aquellas dejan fallas que obligan “legalmente” a los jueces
a dejar libre al criminal?
Y si pensamos que esta “cultura de muerte”, que significa
muerte total, es decir no sólo violencia física o muerte
de la persona sino que muerte de todos los valores, comenzando por la
dignidad del ser humano (que favorece hasta el niño desde el momento
de su concepción) ha penetrado en todos los niveles: jóvenes
y ancianos, ricos y pobres, gente del campo y de la ciudad, profesionales
y analfabetas, cristianos, políticos y policías, ¿no
nos estará indicando que debemos buscar la explicación de
tanta maldad en la misma naturaleza del ser humano?
Sabemos que no somos simplemente animales, para guiarnos por el instinto.
Este sólo le sirve al animal para poder existir, defenderse del
enemigo y procrearse. Es así como sirve al hombre.
Al hombre, en cambio, además de los sentidos, le dio inteligencia,
libertad, voluntad y, como si esto fuera poco, lo dotó de una anatomía
que le permite responder a las necesidades de la inteligencia: inventar
instrumentos musicales para expresar sentimientos, hacer instrumentos
de trabajo y progreso. Así aparecieron tambores, flautas, arpas,
arados, computadoras y sigue y sigue. Pudiéramos decir que Dios
creó al hombre, como una “máquina perfecta”
para que pueda ser feliz, ya que su misma naturaleza le hace desear la
felicidad.
A pesar de tantos dones sigue siendo verdad lo que dijo San Pablo: “No
hago el bien que quiero y hago el mal que no quiero”. ¿Cómo
explicaremos entonces el mal? ¿Será que Dios lo permite?
Creemos que no. Siendo Dios la infinita perfección manifestada
en todo lo que es materia y en todo lo que tiene vida, todo está
sujeto a leyes perfectas (el hombre incluido). Siendo así, la naturaleza
humana, en cuanto naturaleza, es perfecta: cuerpo y espíritu. Entonces
debemos inteligentemente suponer que siendo Dios infinitivamente perfecto,
respeta su obra. Creó los espíritus. No hizo ángeles
buenos ni tampoco hizo demonios. Creó al hombre. Y no quiso hacer
al hombre necesariamente bueno, ni pudo, por ser infinitamente bueno,
hacer al hombre necesariamente malo.
Sin embargo, porque nos ama, y conociendo nuestra naturaleza, nos da sus
gracias para vencer el mal. Es así como con verdadera fe, consciente
y consecuente, puede dar el hombre ese salto admirable que consiste en
volver realidad lo que parecía humanamente imposible. Es lo que
establece la diferencia entre el malvado y el santo, entre el hombre mediocre
y el “fuera de serie”. Esta es la experiencia de veinte siglos:
Mujeres como Teresa de Jesús y Teresa del Calcuta, y hombres como
Agustín de Ipona y Francisco de Asís y miles y miles de
mártires y santos.
Si creemos realmente en Dios y si todavía consideramos la religión
como un valor y si creemos en el hombre como el responsable de la historia,
hay que pensar también en nuestra propia responsabilidad frente
al ser humano y en el papel insustituible de la familia y en el complejo
compromiso del maestro y en regular con sabiduría y valor (respecto
a horas y calidad de sus programas) el servicio que presta un medio de
comunicación tan poderoso y de tanto peligro como la televisión.
Sólo entonces podremos compartir una vida feliz con un “hombre
nuevo”.
*Monseñor. Párroco de la Iglesia La
Merced.

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