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Meditando
“¡Pobre cura!”

Es natural que lo que más nos impresiona es la cantidad de los crímenes y, en muchos casos, el salvajismo con que se cometen. Con alguna frecuencia, la inocencia de las víctimas.

Publicada 7 de junio de 2006, El Diario de Hoy

Roberto A. Torruella A*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Hace poco apareció en los periódicos una noticia casi increíble, por lo repugnante del hecho y por la calidad de su autor. Un sacerdote, en México, el Domingo de Resu-rrección, asesinó a una joven con la que mantenía una relación sentimental. Esto habrá provocado con razón reacciones diversas, según la calidad de los lectores.

Lo que debe interesarnos realmente, como cristianos, no es tanto lo que pueda decir la gente, sino tratar de descubrir en el trasfondo de esta horrible experiencia de un pobre sacerdote, un como signo de los tiempos, expresado en un secularismo al que poco le importan los valores humanos, morales, religioso y de fe. Y de esto no se escapa nadie... si descuida su identidad humana y su fe, aunque sea sacerdote.

Cuando se margina a Dios hasta sacarlo de la existencia se buscan otros sustitutos para darle un sentido a la vida: la técnica, el dinero, el placer, el poder, las cosas, que pasan a ser más importantes que la vida, que el hombre mismo y hasta que los hijos. Por eso, cuanto menos bocas sean, más y mejores cosas se tienen, a costa de los hijos no deseados.

Esta forma de pensar y de ser es lo que podemos llamar: cultura de muerte, que nos tiene preocupados, asustados y sin salida.

Como prueba, un titular reciente en El Diario de Hoy dice: “Continúa imparable la racha de crímenes”. Días después, en el mismo diario: “Asesinan a cinco miembros de una familia”. Otro día: “Hallan a mujeres asesinadas”.

Es natural que lo que más nos impresiona es la cantidad de los crímenes y, en muchos casos, el salvajismo con que se cometen. Con alguna frecuencia, la inocencia de las víctimas.

Por esta razón hay que preguntarse qué se puede hacer, ya que la experiencia de lo que se ha hecho siembra dudas. Ni “la mano dura”, ni el mutuo exterminio entre los mismos mareros basta. Tampoco podemos culpar ligeramente a los jueces. ¿No será entonces que las mismas leyes no son sabias y emprobleman a los jueces, cuando aquellas dejan fallas que obligan “legalmente” a los jueces a dejar libre al criminal?

Y si pensamos que esta “cultura de muerte”, que significa muerte total, es decir no sólo violencia física o muerte de la persona sino que muerte de todos los valores, comenzando por la dignidad del ser humano (que favorece hasta el niño desde el momento de su concepción) ha penetrado en todos los niveles: jóvenes y ancianos, ricos y pobres, gente del campo y de la ciudad, profesionales y analfabetas, cristianos, políticos y policías, ¿no nos estará indicando que debemos buscar la explicación de tanta maldad en la misma naturaleza del ser humano?

Sabemos que no somos simplemente animales, para guiarnos por el instinto. Este sólo le sirve al animal para poder existir, defenderse del enemigo y procrearse. Es así como sirve al hombre.

Al hombre, en cambio, además de los sentidos, le dio inteligencia, libertad, voluntad y, como si esto fuera poco, lo dotó de una anatomía que le permite responder a las necesidades de la inteligencia: inventar instrumentos musicales para expresar sentimientos, hacer instrumentos de trabajo y progreso. Así aparecieron tambores, flautas, arpas, arados, computadoras y sigue y sigue. Pudiéramos decir que Dios creó al hombre, como una “máquina perfecta” para que pueda ser feliz, ya que su misma naturaleza le hace desear la felicidad.

A pesar de tantos dones sigue siendo verdad lo que dijo San Pablo: “No hago el bien que quiero y hago el mal que no quiero”. ¿Cómo explicaremos entonces el mal? ¿Será que Dios lo permite? Creemos que no. Siendo Dios la infinita perfección manifestada en todo lo que es materia y en todo lo que tiene vida, todo está sujeto a leyes perfectas (el hombre incluido). Siendo así, la naturaleza humana, en cuanto naturaleza, es perfecta: cuerpo y espíritu. Entonces debemos inteligentemente suponer que siendo Dios infinitivamente perfecto, respeta su obra. Creó los espíritus. No hizo ángeles buenos ni tampoco hizo demonios. Creó al hombre. Y no quiso hacer al hombre necesariamente bueno, ni pudo, por ser infinitamente bueno, hacer al hombre necesariamente malo.

Sin embargo, porque nos ama, y conociendo nuestra naturaleza, nos da sus gracias para vencer el mal. Es así como con verdadera fe, consciente y consecuente, puede dar el hombre ese salto admirable que consiste en volver realidad lo que parecía humanamente imposible. Es lo que establece la diferencia entre el malvado y el santo, entre el hombre mediocre y el “fuera de serie”. Esta es la experiencia de veinte siglos: Mujeres como Teresa de Jesús y Teresa del Calcuta, y hombres como Agustín de Ipona y Francisco de Asís y miles y miles de mártires y santos.

Si creemos realmente en Dios y si todavía consideramos la religión como un valor y si creemos en el hombre como el responsable de la historia, hay que pensar también en nuestra propia responsabilidad frente al ser humano y en el papel insustituible de la familia y en el complejo compromiso del maestro y en regular con sabiduría y valor (respecto a horas y calidad de sus programas) el servicio que presta un medio de comunicación tan poderoso y de tanto peligro como la televisión.

Sólo entonces podremos compartir una vida feliz con un “hombre nuevo”.

*Monseñor. Párroco de la Iglesia La Merced.

 

 

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