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Esta boca es mía
Divorcio, plaga social

Afortunadamente existen organizaciones, principalmente cristianas, dispuestas gratuitamente
para consejo y orientación de parejas. A estas islas de bendición puede acogerse todo náufrago
con voluntad

Publicada 6 de junio de 2006, El Diario de Hoy


Marcel Orestes Posada*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Incapacidad de perdonar y de pedir perdón son las dos caras de la moneda del orgullo, la que tiene su cuño, hundido en la cripta del alma, como raíz de amargura. Llamada por Jesús “dureza de corazón” (Mateo 19:8), sirve para comprar en divorcio, estratagema escapista que no resuelve sino traslada el problema a una futura relación.

Los tres motivos legales: mutuo consentimiento, separación ininterrumpida de por lo menos un año, intolerancia de vida en común (Art. 106 Código de Familia), pueden ser resumidos en la sola causa del orgullo. En efecto, incomprendidos e incomprensivos, lo único que los cónyuges comprenden es la necesidad de destruir la unión; como no ceden ni conceden, cada cual se refugia en su trinchera de un año, ya que no hay voluntad de pedir ni ofrecer perdón, uno de ellos adelanta el grito de que la vida compartida es insufrible.

EL DIARIO DE HOY del lunes 29 de mayo pasado revela un dato alarmante: en diez años, a contar de la fundación de los tribunales de familia (1994), los divorcios se han duplicado. Jamás se había observado una tendencia tan aceleradamente acusada hacia el desastre de más y más hogares. Si el matrimonio es, al decir de la Constitución, “fundamento legal de la familia…” y ésta “…la base de la sociedad” (Art. 32); si la unidad de la familia es uno de los llamados principios rectores del Código (Art. 4), sin duda el divorcio, como virus letal, rompe esa unidad de la célula familiar, ataca la base nuclear y así enferma al organismo vivo que es la sociedad.

No tiene, entonces, sentido realista la proclamación constitucional de que “El Estado fomentará el matrimonio” (Art. 32).

Es que las garantías atañeras a familia, lo mismo que a salud, educación, trabajo y seguridad social, corresponden a la así denominada segunda generación de derechos fundamentales, cuyo cumplimiento es incoercible; de modo que no se puede obligar al Estado a ejecutar el mandato supremo y éste se difumina en mera aspiración programática, simple lirismo vacuo y fatuo (precisamente la dotación o denegación de mecanismo compulsivo a tales derechos, mediante la actio popularis, es uno de los puntos jurídicos reflejantes de la pugna ideológica entre Estado Social y Neoliberal de Derecho, porque el tipo de organización estatal que la Constitución adopte se perfila sobre cuatro componentes: manera de positivación de los derechos humanos, forma de gobierno, sistema político y régimen económico).

Etiológicamente el disolvente fenómeno presenta una complicada telaraña (en la cual están atrapados y obnubilados los protagonistas), de difícil matrización por su denso contenido de datos sicológicos, como inconfesables fantasías estéticas y amorosas, generadoras de frustración, resentimiento, desamor y odio disfrazados de excusas pueriles; factores económicos exógenos, productores de vanidoso consumismo y ambiciosos intentos de escalar la pirámide social, etc.

Todo ello alimentado por la difusión de anuncios y programas degradantes, en los cuales se deifica al dinero, el matrimonio es bagatela estorbosa, se apologiza el adulterio, la virginidad es cosa ridícula, se ataca la dignidad femenina, la violencia es práctica cotidiana, se rinde culto al sexo, sin que casi nadie se preocupe de la asepsia moral, como si fuera más importante combatir la plaga del zancudo que la del divorcio.

Afortunadamente existen organizaciones, principalmente cristianas, dispuestas gratuitamente para consejo y orientación de parejas. A estas islas de bendición puede acogerse todo náufrago con voluntad de buscar el cambio de sí mismo (no del otro cónyuge); con docilidad para deponer el machismo, disposición de reconocer que nadie es dueño de su propia vida porque, aunque no hayan hijos, el fin del matrimonio, como la muerte, se proyecta trágicamente a otros dolientes; valentía para ser humilde, pedir perdón y perdonar. Si la pareja hace esto, el Omnipotente obrará lo demás, para que se cumpla aquella orden suya (Marcos 10:9)… “lo que Dios juntó, NO LO SEPARE el hombre”.

*Dr. en Derecho. marceloposada_54@hotmail.com

 

 

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