
Alejandro Alle*
El Diario de Hoy
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En tiempos de campeonatos mundiales suele hablarse mucho de “fair-play”, que es algo así como “juego limpio” (nada de goles con la mano, ¿eh?...), expresión que suena parecida a “fair-trade”, anglicismo cuyo uso se ha difundido en años recientes, a la par de la notable internacionalización de los negocios.
¿Qué es el “fair-trade”? Su traducción sería “comercio justo”, y su intención suena innegablemente buena, pues nadie se opondría a la existencia de justicia en la actividad comercial, una de las interacciones más relevantes del hombre en su vida en sociedad.
Claro que con las buenas intenciones no alcanza, porque tal como veremos, el “fair-trade” termina siendo, en el mejor de los casos, una simple herramienta de diferenciación de precios, y en el peor, una barrera para impedir o limitar el comercio (¡oops!), dándole de esa forma la razón a Sir Winston Churchill. ¿Por qué?
Porque al ver que se aproximaba aceleradamente la Segunda Guerra Mundial por la tibieza del primer ministro británico Neville Chamberlain (no confundir con Wilt, el basquetbolista), Chur-chill popularizó aquello de “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”.
Algo de eso ocurre con el fenómeno del “fair-trade”, acertadamente analizado en un libro publicado recientemente, llamado “The Undercover Economist”, que se traduciría como “El economista encubierto”, cuyo autor es Tim Harford, columnista del Financial Times de Londres.
Harford lo ejemplifica con una práctica muy difundida en bares de Europa y de los Estados Unidos, que es la de ofrecer “fair-trade coffee”. ¿What?
Se trata de la promesa de pagarle precios “buenos” a los caficultores de los países pobres…, cobrándole al consumidor un precio “menos bueno”…. (obvio). ¿Vio?, en todo el mundo hay gente que dice hacer negocios por bondad…, y lo peor es que hay muchos que les creen. Pero, ¿de cuánto estamos hablando?
Porque como dijo William Thompson, más conocido como Lord Kelvin, el de la escala de grados centígrados (hoy son todos británicos. Sólo falta Wayne Rooney, lesionado), “se habrá avanzado muy poco en el conocimiento de algo si no lo podemos expresar en forma numérica”.
Yendo por tanto a las cifras, Harford nos hace ver que al precio de cada capuchino “fair-trade” le cargan en promedio unos 20 centavos de dólar, y dado que un típico capuchino se hace con no más de un cuarto de onza de café, por cada libra de café “fair-trade” se pueden cobrar unos 13 dólares más…, de los cuales sólo un pequeño porcentaje llegará al caficultor de los países pobres.
Ante ello, podemos creer ingenuamente que detrás del concepto de “fair-trade” hay cierto halo de bondad, y no una estrategia comercial para aumentarle el precio de venta a quien pueda pagarlo (y esté dispuesto a hacerlo…), cosa que no sólo ocurre con el café.
Una segunda opción es enojarnos porque ciertos comerciantes del primer mundo cobran más caro en nombre de los países subdesarrollados (pero se quedan con el sobreprecio…). Bueno, si quiere enójese un rato, pero que sea corto, porque ello no sólo sería ingenuo…, sino también inútil.
Porque la verdadera alternativa es buscar la forma de insertarnos en las cadenas de distribución, de comercialización y de agregado de valor (sea del café o de otra cosa), para obtener beneficios que nunca nos llegarán por obra y gracia del “fair-trade”, sino del ingenio empresarial.
Adicionalmente, el concepto de “fair-trade” es frecuentemente utilizado por grupos de presión del primer mundo, tanto sindicales como empresariales, para impedir la competencia extranjera (que siempre les parecerá “unfair”, claro).
Pero ocurre que el comercio libre es “justo” por definición, y no necesita que le agreguen “fair” para serlo, pues de lo contrario las partes involucradas simplemente se abstendrían de intercambiar libremente bienes y servicios por dinero.
Hablando de frases acuñadas por Churchill, hay una insuperable, que además es cafetera (desconozco si “fair-trade” o no…): en medio de un discurso en el parlamento inglés, una diputada llamada Lady Astor lo interrumpió para decirle “si yo fuera su esposa le pondría veneno en el café”, a lo que Churchill rápidamente respondió “si yo fuera su esposo, me lo tomaría”. Un maestro.
Claro que de haberlo tomado hubiera sido “El último café”, como el tango de Cátulo Castillo.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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