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Punto de vista
Entre la ley y la pared

Las malas noticias son que mientras aparezca la ley prevalecerá el muro. Por eso, rechazar incondicionalmente la política de reforzamiento de la frontera sur puede ser un arma de doble filo.

Publicada 3 de junio de 2006, El Diario de Hoy

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

El tema de la inmigración, en los Estados Unidos, es un asunto sensible. No sólo porque ese país es desde sus orígenes una nación de inmigrantes, sino también porque los trabajadores extranjeros confirman --o cuestionan-- con su sola presencia el “american way of life”, el estilo norteamericano de vida.

Hay dos bandos definidos: los republicanos y los demócratas. Cada uno con sus bemoles; desde los radicales, hasta los que llegan a confundir sus ideas con las de sus rivales políticos.

Sin embargo, un punto no es discutible ni para unos ni para otros: la política estatal sobre la inmigración debe ser legislada.

Nosotros, que vemos las cosas desde la otra orilla del río, quisiéramos que desaparecieran las fronteras, que pudiéramos tener vía libre y que nadie regulara el tráfico de personas desde el sur hacia el norte y viceversa. Pero no es posible. Sencillamente: el dueño de la casa tiene derecho a decidir a quién le abre las puertas, y es un derecho natural que --aunque moleste-, es real.

El asunto está regulado por la justicia, no por la solidaridad ni la caridad. Y desde la justicia debe abordarse. Es verdad que la solidaridad impulsa a pensar primero con el corazón, y entonces se vuelve compasión, pero también es verdad que el bien común de una nación debe estar por encima del bien particular de las personas, y para eso está la ley, para ordenar las cosas.

Parece que Bush da mensajes contradictorios: por un lado manda tapiar las entradas con un muro larguísimo y destina seis mil hombres para vigilar la frontera; mientras que por otro mantiene un discurso de acogida a los inmigrantes legales que ya se encuentran dentro de la unión americana. Todo parece indicar que el interés de las próximas elecciones se desplazará de la seguridad nacional al asunto migratorio.

El Ejecutivo está propugnando por una reforma en el paquete de leyes migratorias. Lo que pasa es que es muy difícil negociar sin tener control sobre lo que se pretende tratar. Los partidarios de la reforma necesitan apaciguar al sector más radical del Partido Republicano, para luego poder cabildear.

Bush está intentando pasar como moderado. Critica las posiciones extremas como la de la deportación masiva, por una parte, o la de amnistía general, por la otra. Ha propuesto una salida intermedia: se declara partidario de abrir el camino de la ciudadanía a los ilegales que ya se encuentran dentro de los Estados Unidos, pero también se compromete a reforzar la seguridad en la frontera sur.

De hecho, el muro y la guardia nacional pueden ser vistos como preparación para una legislación más completa. Como escribía un analista: “Todo el mundo en Washington sabe que la reforma migratoria sólo es políticamente viable si va acompañada de medidas creíbles para contener la inmigración ilegal”.

Aquí está el meollo de la cuestión. Políticamente Bush debe preparar el camino para tratar de manera lo más justa posible --de acuerdo a su concepción personal de la justicia, pero también de acuerdo al espíritu norteamericano de respeto a la ley-- en el Senado y en el Congreso, el asunto de la inmigración ilegal.

Sin muro no hay ley, parece ser el mensaje que está dando el Presidente. Las malas noticias son que mientras aparezca la ley prevalecerá el muro. Por eso, rechazar incondicionalmente la política de reforzamiento de la frontera sur puede ser un arma de doble filo. Parece que el muro es para el consumo interno, mientras que la reforma legal es para consumo de exportación.

Está claro que el futuro de los millones de salvadoreños que residen ilegalmente en Estados Unidos concierne al gobierno salvadoreño. Si les va bien a ellos le va bien a El Salvador, si les va mal allá, también le va mal a miles de familias aquí.

La reforma migratoria nos conviene y, paradójicamente, como el muro le conviene a la reforma, parece que también nos conviene el muro. Así las cosas, parece que Bush ha tomado una medida políticamente correcta. Que no quiere decir que sea justa o solidaria. A fin de cuentas, el hombre no es ni moralista ni filántropo, es político y actúa como tal.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.carlos@mayora.org

 

 

 

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