Roberto
López- Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
En febrero pasado escribí un par de artículos que hablaban
sobre la necesidad de no cejar ante la serie de pequeños incidentes
injustos, a veces de abuso, muchas veces sin mala intención, otras
ocasionadas por la incultura..., que en general conforman una serie de
incomodidades que disminuyen la calidad de vida para el ciudadano.
Decíamos que este debería llevar a cabo una guerra personal,
silenciosa muchas veces, generalmente solitaria, con algún riesgo
(mayormente sicológico) y a menudo incomprendida. La idea no es
andar por allí haciéndola de “duro” sino realizar
una acción profiláctica de tipo social y educativo, principalmente
en aras a los otros.
Hasta donde me di cuenta, tuvieron “buen pegue”; es el caso
que, sin proponérmelo, sin buscarlos de por sí, me ocurrieron
algunos incidentes que clasifican en el sentido de los artículos
citados y que he querido compartir con mis lectores. Quiero dejar constancia
que creo que fui afortunado en todos los casos y que no habría
que decepcionarse si algunas veces encontramos obs-táculos mayores.
Veámoslos...
Un par de ellos fueron de mercadería defectuosa que fue cambiada
de inmediato y sin problema. Parecería ocioso mencionarlo si no
fuera porque nos hemos dado cuenta que hasta este pequeño acto
de corrección, que generalmente no presenta problemas, NO es llevado
a cabo por el usuario, quien baja la cabeza amargado y se va rumiando
su rabia con su mercancía en mal estado. Más importantes
resultan los dos siguientes, teniendo por demás un mensaje a las
respectivas autoridades, aunque es de notar que finalmente hubo resolución
positiva ante los requerimientos.
Una película incompleta. Permítaseme un pequeño
rodeo por estar totalmente relacionado. Quiero participarles que hace
30 años, en el entonces cine Fausto (frente al San Miguelito),
una tarde de viernes a las tres acudí solo, a ver la película
El Despertar (The Yearling) con Gregory Peck. Como fui el UNICO espectador
(y no llegó nadie más) se me dijo que se me devolvería
el importe de mi boleto y ya... Pedí hablar con el administrador
y le aduje que no era cuestión de quórum y que la empresa
estaba comprometida a presentar la película, así no más
hubiera un solo asistente.
Alegué educada pero firmemente indicando que acudiría eventualmente
a presentar mi queja al entonces Ministerio del Interior y, finalmente
el señor accedió --aunque sin extras, dijo, para ganar en
algo-- y la vi tranquilo. Informo que he trabajado más de dos años
en el sector Comuni-caciones del aludido Ministerio y conozco las formas
de trabajar y ocasiones de multas que allí se pueden deducir.
Volviendo al presente. De repente, el film que veía
cambió de una escena tranquila a otra en que los principales personajes
se conducían velozmente en una huída con un enemigo amarrado
atrás... La gente ni siquiera se “mosqueó” y
siguió observando hasta el final. Este servidor, que había
leído ya el libro (pero que no era estrictamente necesario dado
lo abrupto del cambio) se levantó a averiguarse.
La administración me explicó que uno de los rollos (unos
20 minutos) había llegado sin subtítulos en español
y habían decidido omitirlo para no disturbar a la gente. En estos
casos el film no se exhibe hasta que está completo. Da la casualidad
que se trataba de “El Código Da Vinci”, en segundo
día de estreno. Lo bueno es que sellaron el boleto para una función
futura. Ahora bien, ¿si en vez de un individuo se hubiera levantado
todo el colectivo ... ? ¡Ojo autoridades!
Un atascamiento increíble. Se había generado bajo uno de
los pasos a nivel que atraviesan el Bulevar Venezuela. No era, apreciado
lector, en razón de las obras, lo que hubiera sido muy comprensible.
La situación era muy otra. Un camión del MOP se había
estacionado obstruyendo gratuitamente el paso, pudiendo hacerlo a unos
pocos metros más allá, con el sólo objetivo que estos
metros no los recorrieran los que debían cargar una gran cantidad
de sacos de cemento, parando por esa causa a lo que pudo ser una gran
cantidad de ve-hículos por mucho tiempo.
El motorista había ido a comer. Como me encontraba casi al frente
de la cola me acerqué y supe que no se encontraba el ingeniero
Z., encargado del proyecto, pero sí un auxiliar al cual hice ver
lo que ocurría y que en forma rápida, gentil y disculpándose
por la “chambonada” de otros, resolvió prontamente
la situación.
Es importante subrayar que toda gestión debe hacerse siempre calmada
y educadamente.
*Lic. en Ciencias Políticas.

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