Alejandro
Alle*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Es probable que a usted le resulte familiar la expresión “costo
de oportunidad” (como suena inteligente, se la escucha repetidamente
en conversaciones solemnes…), la cual pese a encerrar un concepto
simple, incluye varios elementos esenciales de la ciencia económica,
que resultan interesantes para ser desarrollados. ¿De qué
se trata?
Bueno, de la existencia del costo de oportunidad se dieron cuenta hasta
los ingleses de The Clash, un conjunto de punk rock de la época
de los Sex Pistols (no se haga el inocente y acepte que le gustaban).
¡Ah!, es que usted era monaguillo…, claro.
Al igual que al concepto que hoy nos ocupa, a The Clash también
se los escuchaba repetidamente (pero no en conversaciones solemnes…,
sino en las radios y en las discotecas).
El también inglés “Essential Economics”, libro
de Matthew Bishop, publicado por la revista The Economist, nos brinda
una explicación clara de este concepto, a través del siguiente
ejemplo: el costo de oportunidad en que usted incurre cuando elige estudiar
abogacía no es sólo la cuota de la universidad, el precio
de los libros, y todos los gastos relacionados con la carrera. ¿Qué?,
¿hay que agregar algo más?
Claro, porque en economía, al igual que en todos los órdenes
de la vida, el verdadero costo de alcanzar un objetivo incluye “todo
lo demás” que usted abandona para conseguir tal meta. ¿Por
qué habría de ser diferente justamente en la economía,
que es la ciencia que estudia la asignación de los siempre escasos
recursos?
Pero entonces, ¿qué es “todo lo demás”
que hay que agregarle a la cuota y a los libros para estudiar abogacía?
En el caso de una carrera universitaria (el ejemplo fue abogacía,
pero podría ser cualquier otro, obvio), la alternativa que usted
deja de lado es probablemente un trabajo full-time desde joven, el inicio
de una pequeña empresa personal…, o una brillante carrera
como futbolista.
¿Dije futbolista? Mensaje para Riquelme, Messi y Crespo: ¡gracias
por no haber estudiado abogacía! (Pero ahora quiero la tercera
copa del mundo, que ya llevamos 20 años sin ganarla).
El costo de oportunidad que tiene la utilización de un recurso
determinado, como por ejemplo el tiempo, es el valor que le asignamos
a la segunda mejor opción que en ese momento tenemos para disponer
de él. Tranquilo, que es fácil.
Digamos que un sábado por la tarde usted tiene tres programas:
ir al cine, ir a jugar tenis, o quedarse en su casa leyendo un libro de
literatura griega (¿what?).
Si usted decide ir al cine, pero su segunda opción hubiera sido
ir a jugar tenis porque también le gusta (de literatura griega
ni hablemos…), el costo de oportunidad de haber elegido lo que más
le gustó, que es ir al cine, fue haber relegado su segunda opción,
que hubiera sido sacar a pasear la raqueta (digo, jugar tenis…).
El valor asignado a la tercera alternativa, que hubiera sido leer el libro
de literatura griega, no es relevante a la hora de determinar su verdadero
costo de oportunidad: el placer que usted relegó esa tarde por
no haber jugado tenis. (Federer, quedáte tranquilo que se fueron
al cine).
Lo mismo aplica para el dinero ¿eh?, porque no crea que esto sólo
vale para el uso del tiempo. Por ejemplo, si a usted le gustan los sorbetes
de vainilla y los cookies de chocolate, considerando que la cantidad de
dinero disponible para golosinas es limitada (además, no es cuestión
de ponerse gordo como Ronaldo…), probablemente elija sólo
los cookies: el costo de oportunidad habrá sido privarse del sorbete.
¿Por qué eligió usted los cookies? Porque el “costo”
(¡de oportunidad!) por haber abandonado la segunda opción
que era el sorbete, fue menor que el “beneficio” originado
en el placer de comer cookies.
¿Qué cosa, no? Siempre estamos haciendo análisis
“costo-beneficio” (somos mucho más “economicistas”
de lo que pensamos…, ¡oops!).
No crea que la duda que a usted diariamente lo aqueja acerca de si “debería
quedarse o debería ir” a algún lugar es exclusivamente
suya, porque es justamente la que tenían los de The Clash, cuando
cantaban una canción que años después fue jingle
de un conocido comercial de jeans Levi´s: “¿Should
I stay or should I go?”
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE,
Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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