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Seguridad
Si quiere páguela

En el sur de San salvador, como en otros puntos del país, las comunidades costean su seguridad domiciliar ante la imposibilidad de que lo haga la policía


Publicada 29 de mayo de 2006 , El Diario de Hoy

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Providencia. Las precauciones en algunos lugares son extremas. En residenciales cerradas, los habitantes suelen colocar portones en los pasajes interiores, tal es el temor. Foto EDH

Los hechos delictivos que ocurren en cualquier parte de El Salvador han obligado a la gente, de todo estrato social, a vivir voluntariamente en pequeños guetos en los que un guardián vigila quién entra y quién sale de los recintos amurallados o enrejados.

Incluso, hay colonias donde hasta la policía no puede franquear la pluma, la cadena o el portón.

Mientras algún miembro de la directiva comunal no lo autorice, la policía, plenamente identificada, no puede pasar aunque tenga conocimiento de la comisión de un delito. En Antiguo Cuscatlán sucedió un caso semejante.

Desde hace algún tiempo, los diversos rostros de la delincuencia que azota a determinados lugares y las posibilidades económicas de la gente afectada han propiciado cambios en el concepto de seguridad ciudadana y la manera de conseguirla.

Una cura costosa

Hay comunidades que pueden pagar a una agencia privada para que una docena de guardias armados con escopetas y pistolas, patrulle la colonia, controle los accesos y así en éstos sólo colocar una pluma o una cadena para evitar el tráfico indiscriminado.

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Con esas caras providencias se previenen de un asalto a la hora de llegar a casa y abrir la cochera o del saqueo de sus casas durante alguna ausencia, tal como ha ocurrido en varias ocasiones en residenciales de lujo en Antiguo Cuscatlán.

Ahí los atracos en dos casas de la residencial Cumbres de Cuscatlán y Cumbres de la Esmeralda rebasaron la desconfianza de los habitantes. Les sale caro sí, pero salen y regresan a casa con más tranquilidad, pues guardias privados a pié o en bicicletas con escopetas al hombro les dan seguridad las 24 horas.

En el complejo de casas de las cuatro etapas de La Cima, en el linde de Antiguo Cuscatlán y la zona surponiente de San Salvador, no hay vigilantes armados sino una combinación de plumas, cadenas y portones en las calles secundarias.

En ese sector, uno o dos vigilantes particulares armados... pero de valor, más una macana, controlan los accesos sin más.

“Aquí cada familia nos paga personalmente entre seis y diez dólares al mes. Y esto que a veces muchos se atrasan”, afirma un hombre entrado en años y enfundado en un uniforme gris y sobre éste, un chaleco de tela negra.

“Ya para pagar guardias de una agencia de seguridad no alcanzan. Son más caros. En cambio nosotros aquí sólo nos hacemos un sueldo de 180 dólares”, continúa el hombre provisto de un cinturón policial del que cuelga una funda para pistola, rellenada con papeles o con cualquier otra cosa que no sea una pistola o revólver.

Una rareza

A estos vigilantes independientes, el sueldo no les alcanza para comprarse y legalizar un arma. Si quieren defenderse, en caso que les den algún chance, deberán correr hasta el arbusto o cualquier otro escondrijo donde tienen un machete.

En La Cima, con sus diferentes etapas, es raro ver una vía o un pasaje que no esté bloqueado y vigilado.

Allí, según los vigilantes, el cierre de las calles derivó de los hurtos y robos de autos aparcados, de los atracos cometidos por asaltantes en motocicletas a pequeños negocios y a automovilistas por robarles el celular u objetos similares.
Las precauciones menguaron notablemente esos problemas.

Común. En La Cima los accesos son restringidos. . Foto EDH

En cambio, en lugares como algunos de Soyapango, Ilopango y municipios similares, sus habitantes deben vivir permanentemente entre rejas, porque si logran reunir mil dólares para colocar dos portones en los extremos de los pasajes peatonales, eso ya es bastante.

Pagar vigilancia es un lujo que no se pueden dar y, por tanto, deben conformarse con sacar tantas copias de llaves como casas estén dentro del recinto y repartirlas a razón de una por familia.

Por supuesto que la delincuencia allí es otra cosa. Lo que tratan de prevenir con los portones es que los pandilleros extraños lleguen a ratear o a saldar cuentas con pandilleros locales y que al huir maten a personas ajenas a esos pleitos.
Claro, cada sector tiene su propio azote y de eso dependen las medidas por tomar.

Sin presencia policial

Resulta curioso que hasta en la comunidad Tutunichapa IV, que carga con el estigma del tráfico de drogas o refugio de maras, al igual que sus homólogas, luce portones para restringir el acceso a foráneos.

El vivir entre barrotes o con vigilancia permanente no es exclusivo de los lugares que se ha mencionado. Ocurre en cualquier punto del país.
Es un imperativo de la delincuencia a falta de seguridad policial.

Con excepción de las colonias de Antiguo Cuscatlán, donde es constate el patrullajes a pie, en bicicleta y en vehículos, en La Cima como en Soyapango la presencia policial es nula o se limitan a caminar por las calles principales. Ya no se hable de las Tutunichapa.

Por temor o desidia en el interior de esas urbanizaciones o comunidades es una rareza ver a policías y soldados caminando.

Vulnerando las mil y una fortificaciones vecinales

Las medidas de seguridad vecinales varían dependiendo de cuán caras sean las casas y de la forma que adopte la delincuencia. Van desde la colocación de elevados túmulos, barriles rellenados de cemento, plumas, portones hasta vigilancia controlada por cámaras.

Medida. Esta escena es común en cualquier colonia.Foto EDH

Pero de poco sirven si no se toman otras medidas de prevención. Los delincuentes se las ingenian para burlar los esfuerzos. La desconfianza debe ser un plus a esas providencias.

Un ejemplo de eso, tal vez extremo, ocurrió en una residencial de la urbanización Santa Elena.

Cuenta un policía, que una noche, en la subdelegación de Antiguo Cuscatlán entró una llamada denunciando violencia intrafamiliar.

La patrulla que estaba más inmediata acudió al lugar, sólo para encontrarse con un portón y un vigilante como valladar, quien les impidió el acceso pese a que los policías iban en un auto de la institución y debidamente identificados.

Y no los dejó ingresar hasta que el custodio llamó a un miembro de la directiva y éste dio el aval. Para cuando la policía llegó a la vivienda señalada, el agresor ya se había escabullido.

Pero está un sinnúmero de casos en que las bandas de asaltantes han sometido hasta el mismo vigilante echando mano de diferentes artimañas.

La más común de todas es que un par de sujetos se haga pasar por empleados de cualquier empresa diciendo que van a entregar esto o lo otro, o que llegan a reparar averías en las residencias.

Los vigilantes o el servicio doméstico que no son muy acuciosos caen fácilmente en trampas tendidas por falsos proveedores de agua o cualquier otro producto, o de falsos encomenderos.

Pero a la astucia y a la poca cautela de los habitantes de una casa se agrega otra que, según la policía, les termina de atar las manos: la gente es poco dada a la denuncia, según un agente de la subdelegación de Antiguo Cuscatlán.

Gabriel Carranza
Dir. de Seg. Ciudadana
“Estamos trabajando con las directivas para solucionar el problema porque sólo la policía no lo va a hacer”

Astor Escalante
Viceministro de Seguridad
“La PNC tiene instrucciones precisas sobre esa zona (La Cima, Planes de Renderos y Antiguo Cuscatlán)”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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