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En defensa de la vida
Instituciones conservadoras

Hay quienes consideran el aborto como un derecho de la mujer de deshacerse del producto de la concepción, como si fuera un uñero, negándose a aceptar el hecho de que es un ser humano inteligente

Publicada 28 de mayo de 2006, El Diario de Hoy


Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Es interesante analizar el giro que se da al significado de ciertas palabras en este mundo en que todo parece estar al revés. El escritor Arturo Pérez Reverte arremete a diario contra las feministas extremas que masacran el castellano, defendiendo su teoría del género y saltándose todas las reglas de la gramática española. Cuando se habla de la verdad, automáticamente se defiende el derecho a “la verdad personal”, aunque con ello se refieran a una seudo interpretación de la misma. Al hablar de valores, se confunde con la valorización que la persona tenga.

Es tema de debate la declaración del inglés como idioma oficial de EE. UU., para defender los intereses de los emigrantes, a quienes no les da la gana aprenderlo, y exigen se les ofrezca educación en castellano. Similar pretensión de los musulmanes de que se les respeten sus costumbres y tradiciones en Francia y en España, y exigir la supresión de crucifijos e imágenes de la Virgen en instituciones de antigua raigambre católica. Ante la presión, han tenido que permitir el uso del velo en la cara a las niñas, y para nivelar parejo, no se permite portar cadenas con imágenes religiosas. Se fomenta, con amplitud de criterio, la lectura del Corán pero no se permite la lectura de la Biblia.

Ya es normal tildar de conservadora a instituciones que no aceptan los postulados que están de moda, cuando se trata de principios éticos o morales. En el caso de instituciones de la Iglesia, merecen tal título las que obedecen al Santo Padre en temas de moral matrimonial, uso de anticonceptivos, rechazo al aborto, por considerarlo un crimen y no algo circunstancial que tiene apellido de acuerdo a la conveniencia o a las circunstancias, y que va desde aborto terapéutico, aborto preventivo, aborto social y cualquier cantidad de excusas para justificarlo.

En el Siglo XIX vivió en Nueva York una famosa mujer, que frecuentaba la alta sociedad y residía en un elegantísimo palacio de la exclusiva Quinta Avenida. Madame Restel dedicó su vida a ayudar a aquellas mujeres que habiendo dado un mal paso, no pudieran enfrentar a la sociedad con un hijo bastardo, y en su clínica se realizaron grandes cantidades de abortos, que ella cuidadosamente contabilizaba en sus archivos. Finalmente fue encarcelada, y en vísperas de ser llevada a juicio y recibir una sentencia de culpabilidad, se suicidó de manera espectacular, cortándose las venas en su lujosa bañera, según relatan Allan Keller en su libro “Scandalous Lady: N. Y.´s Most Notorious Abortionist” y Clifford Browder en “The Wickedest Woman in N. Y.”

Más de un siglo después, hay quienes consideran el aborto como un derecho de la mujer de deshacerse del producto de la concepción, como si fuera un uñero, negándose a aceptar el hecho científicamente probado de que es un ser humano, con inteligencia y voluntad, que tiene derecho a la vida y no es propiedad privada de su madre, que en lugar de ser su máxima defensora, se convierte en su más cruel y despiadado verdugo.

Nos cuenta un médico que atendía una zona muy pobre y muy densamente poblada en un país de Centroamérica, que llegó a su consulta una mujer muy pobre, con cinco pequeños hijos, angustiada por un nuevo embarazo, que vendría a complicar su precaria economía, y entre atemorizada y dudosa, pedía se le practicara un aborto. El médico intentó convencerla de que un crimen no solucionaría sus problemas, sino más bien añadiría uno más, ya que nunca se quitaría de su conciencia ni de su corazón el haber privado de la vida a aquel nuevo ser que en sus entrañas se aferraba a ella.

Ella insistía que si le costaba alimentar a cinco, una boca aumentaría el hambre de los demás hermanos. Esto hizo al doctor sugerirle una mejor solución al preguntarle, quién de todos comía más, y al responder que el de 12 años, le ofreció mejor matar a éste, y así podría alimentar mejor al pequeñito y a los demás. La brutal solución horrorizó a la madre, que no tenía valor de sacrificar a su criatura. El médico le explicó, que la única diferencia entre sus cinco y el que venía en camino, era que a éste no lo había visto nunca, pero que abortarlo era tan criminal, como matar a cualquiera de los otros. Posiblemente, en nuestros días, este inteligente galeno, sería tildado de “conservador”.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

 

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