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Gobierno del pueblo
Los derechos políticos

Ningún gobierno se puede llamar democrático, si no respeta la libertad electoral, aunque atienda los derechos sociales y económicos. La democracia política se basa en el voto libre de los electores.

Publicada 23 de mayo de 2006, El Diario de Hoy

Carlos Sandoval*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Decía en la nota anterior que la política ha recibido muchas y diversas definiciones, pero que la más aceptada es la que la considera como la ciencia del poder. También decía que era el arte de lo posible, de lo que se puede hacer, alcanzar. No tendría ningún valor real si se preocupara por asuntos irrealizables o utópicos.

En la excelente obra Manual de Derecho Constitucional, el Dr. Francisco Bertrand Galindo hace ver que la Constitución Política es un conjunto de leyes que organizan el Estado y limitan el poder político. El Estado salvadoreño, tanto como parte de las federaciones como en forma independiente “nace y se desarrolla constitucionalmente, hasta 1939, bajo el signo del liberalismo”.

No es sino hasta en la Constitución de 1950 que se hace ver la necesidad de que el Estado intervenga en los asuntos sociales y económicos, para armonizar los intereses de los empresarios y de los trabajadores. En la de 1962 se introducen algunas enmiendas de carácter social, y en la actual, de 1983, se mantienen los preceptos políticos, sociales y económicos de primeras constituciones de 1950 y de 1962.

En la Constitución, el poder político aparece señalado cuando se enumeran las facultades que se atribuyen a cada uno de los tres Poderes u Órganos. El Legislativo, legisla; el Ejecutivo, ejecuta, y el Judicial, juzga. Este poder político máximo está limitado por la doctrina liberal de la división de poderes, doctrina que tanto critican y desprecian los izquierdistas.

Lo que propone este principio liberal es que los mandatarios no reúnan todos los poderes, sino que existan pesos y contrapesos. En los regímenes socialistas de Stalin, Mao TseTung y Pol Pot, se despreció la división de poderes. Lo mismo sucede en la actualidad con los de Cuba, Corea del Norte y China. Es un contrasentido hablar de “dictadura democrática”, como dijo recientemente el Presidente Hu Jintao.

También la Constitución reconoce expresamente los derechos políticos de los ciudadanos salvadoreños: ejercer el derecho del sufragio, derecho a acceder a un cargo público y asociarse en partidos políticos, entre otros. Los partidos políticos son, según la Constitu-ción, los únicos instrumentos para el ejercicio de la representación del pueblo dentro del Gobierno. Y sabiamente prohibe el partido único.

Cuando estuve en La Habana, en 1993, comprobé que las elecciones fueron la carrera de un solo caballo. Se presentó un solo candidato: Castro; un solo partido: el comunista; una sola ideología: la marxista; un solo programa: el socialista; una sola propaganda: la oficial, y una sola consigna: el voto unificado. Es un desatino mayúsculo, por eso, decir que en Cuba existe democracia. Ningún gobierno se puede llamar democrático, si no respeta la libertad electoral, aunque atienda los derechos sociales y económicos.

La democracia política se basa en el voto libre de los electores y es anterior a los derechos sociales y económicos; de lo contrario, cualquier caudillo o dictador populista que le dé dádivas al pueblo sería un demócrata, lo que es un contrasentido.

Siguiendo la definición de democracia de Pablo Lucas Verdú, Bertrand Galindo considera que la democracia es fundamentalmente social y económica. Dice que ésta “se basa en comprobaciones de realidades socio-políticas”. Tal vez quiso decir socio-económicas, para estar a tono con el pensamiento de Verdú. Disiento de este criterio porque la democracia es fundamentalmente formal o política y sólo después social y económica.

Para Norberto Bobbio el único punto en que los partidarios de la democracia formal o política y los de la democracia sustancial o social y económica podrían convenir es que una democracia perfecta debería ser la que toma en cuenta tanto el aspecto formal como el sustancial. Esta conjunción de la democracia formal y sustancial, irrealizable hasta el momento, parece que está expresada en la conocida definición de Lincoln que dice: “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

*Columnista de El Diario de Hoy. carlos_sando1@yahoo.com

 

 

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