elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Comentando
Los cuatro jinetes del apocalipsis populista

El arte de gobernar no es buscar la popularidad continuamente. Es buscar la popularidad para luego invertirla en realizar lo que es necesario para resolver los problemas del país

Publicada 19 de mayo de 2006 , El Diario de Hoy

Manuel Hinds*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

En el artículo anterior mostré cómo Latinoamérica, que siempre se perfiló como la región que se iba a desarrollar más rápido, se ha ido rezagando con respecto a los países desarrollados, mientras que Asia, que siempre se pensó que no iba a desarrollarse jamás, está cerrando gradualmente la brecha que separa su ingreso por habitante del de los países desarrollados.

En ese artículo mencioné que una de las grandes diferencias que explican estos comportamientos opuestos es que Asia no ha caído desde hace varias décadas en la enfermedad típica de Latinoamérica: el populismo. También noté que la característica principal de los regímenes populistas es su concentración en la imagen de los políticos que los manejan, que es tan total que implica el descuido de los problemas del país. Como resultado, los regímenes populistas se ven acompañados por un gradual deterioro de los indicadores característicos de un gobierno sano y responsable.

La ironía más grande del populismo latinoamericano es que, basado como está en la búsqueda incesante de la satisfacción de la vanidad, sus exponentes han terminado siendo bien impopulares.

Los maestros del populismo latinoamericano han sido extremadamente populares --a un grado de adoración desconocido en el país--, para luego caer en la ignominia que los ha llevado a perder el poder una y otra vez. La única excepción a este patrón fue Evita Perón, que con su marido llenaba la Plaza de Mayo con millones de adorantes seguidores, que ha mantenido una adoración enorme aun después de su muerte. Pero esta excepción está ligada precisamente a que está muerta y a que murió a los 35 años, cuando estaba en el poder.

Todos los demás populistas han terminado en la desgracia política y personal y hasta --como es el caso de Getulio Vargas, de Brasil-- en el suicidio. Este ciclo de ascensión y caída estrepitosa es una manifestación de lo que los griegos decían: carácter es destino. El político que trata de seducir a las famas, es seducido por ellas hasta que lo vuelven ciego, para entonces, veleidosas como son, abandonarlo por cualquier capricho.

Para entender el ciclo del populismo es necesario fijarse en tres cosas. Primero, que el populismo es posible sólo cuando gobiernos anteriores han construido lo que luego los populistas dilapidan. Segundo, que hay cuatro factores comunes que primero causan popularidad y luego la quitan, rápida y decisivamente.

Estos son: la falta de disciplina fiscal, que rápidamente lleva a la quiebra; el uso de la protección contra la competencia extranjera para dar la impresión de crecimiento, que le quita ingresos a toda la población para dárselos a los que el gobierno privilegia; las nacionalizaciones, que burocratizan y corrompen la actividad económica, y la confusión entre imágenes y realidades, que ataca a aquellos que han basado su genio en confundírselas a los demás. Aunque estos cuatro jinetes son todos capaces de destruir a un gobierno, el primero y el cuarto son los peores en el sentido de que actúan más rápida e ineludiblemente.

Tercero, que el ciclo se perpetúa en aquellos países y regiones en los que la gente confunde el genio político con la capacidad de vivir a base de imágenes y dilapidar lo que el país ha acumulado en términos económicos e institucionales. En estos países el que construye se mira como carente de sentido político, como que no entiende que hay ciertas medicinas que no le gustan al pueblo, mientras que el que no construye sino que dilapida se convierte en el “vivo”.

Pero hay algo que son los vivos los que no entienden, y eso es que, como ya hemos dicho antes, el populismo es posible sólo cuando hay algo que dilapidar. Cuando el populista mismo ha dilapidado ya su herencia, ya no puede dar lo que la gente quiere. Allí descubre que era popular no por genio sino porque dilapidaba. Lo que era popular no era él sino su falta de acciones decisivas.

Y el problema es que una vez que la herencia se ha dilapidado, no hay otra opción más que tomar acciones para reconstruirla, muchas de las cuales no son populares. Y allí es el tronar de dientes de los populistas. Es Perón en 1955, cuando tuvo que subir los impuestos y congelar los salarios; es Duarte en 1985-89; Vargas en 1950, etc., etc.

El arte de gobernar no es buscar la popularidad continuamente. Es buscar la popularidad para luego invertirla en realizar lo que es necesario para resolver los problemas del país. El poder que no se usa de esta forma se corrompe, se convierte en fútil alimento de vanidades.
Es porque Latinoamérica no ha entendido esto que ha vivido en ese ciclo de construir para destruir para tener que construir otra vez, en un proceso que en un artículo anterior llamé la maldición de Sísifo.

*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

 

elsalvador.com WWW