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Un verdadero código

A un lector desprevenido en historia es fácil que la obra de Brown lo conquiste, porque obtendrá la sensación de estarse “informando”, o incluso de estar siendo “desengañado”.

Publicada 18 de mayo de 2006 , El Diario de Hoy

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Hace algunos años, los “escritores” Michael Bai-gent y Richard Leigh publicaron el libro Holy blood, holy grial, una recopilación de “investigaciones” en torno a la presunta descendencia de Jesucristo. Hoy, convencidos de haber sido los primeros en “argumentar” la tesis, era lógico que terminaran demandando por supuesto plagio a la editorial de El código Da Vinci.

Si yo publico algo que en el futuro servirá de “inspiración” a alguien, y ese alguien logra hacerse millonario, créanme que el intento legal de Baigent y Leigh no me parecería tan ridículo. Y aunque un juez, como les sucedió a ellos, me ponga en mi sitio recordándome que “los derechos de reproducción no protegen una idea sino la expresión de esa idea”, nadie conseguiría sacarme de la cabeza que es la publicidad, y no el talento, lo que ha forrado de billetes a Dan Brown en detrimento mío.

Baigent y Leigh, claro está, tampoco son un ejemplo de originalidad. El que ciertos autores gnósticos del Siglo III ya no puedan demandarlos es tan afortunado para ellos como para Brown. Pero es la única fortuna que comparten. El éxito de ventas de El código Da Vinci tal vez garantizará cierto número de reimpresiones a Holy blood, holy grial, pero la tajada más grande del pastel ya le tocó al primero.

¿Es necesario insistir en que las ventas millonarias de un libro hablan poco de su mérito como literatura? Alejadas de todo interés comercial o religioso --porque es obvio que los enemigos del catolicismo han aprovechado la coyuntura--, la mayoría de críticas serias que he leído han destrozado sin piedad la novela de Brown.

En un mordaz texto publicado en España, Juan Manuel de Prada hace algo más que ubicar al libro entre los peores que han caído en sus manos; hacia el final de su artículo, como suspirando, nos invita a reflexionar en torno a la penosa verdad que encierra el triunfo instantáneo de El código: “Cada época tiene la literatura que se merece”.

Así parece, en efecto. La modernidad, abismalmente descreída, pide a gritos que la saquen de su letargo. Entretenerse es la prioridad máxima, sin escatimar medios. La fórmula editorial de excitar el morbo y no el cerebro de los lectores está produciendo jugosos dividendos. Y si se adereza el producto con una campaña de escándalo, atacando a instituciones cuya vigencia las hace insoportablemente “sospechosas”, hasta se puede sugerir, como lo ha hecho Dan Brown, que el principio del fin de nuestra ignorancia masiva es la lectura --también masiva, claro-- ¡de una novela!

En gustos no hay nada escrito, desde luego. Lo que a mí me parece sublime, a otra persona le puede parecer aburrido o deleznable. Y viceversa. Lo importante es persuadirnos, en lo que a libros respecta, que el gusto se refina leyendo. Si ese autor que nos hacía trepidar de emoción en la adolescencia hoy nos resulta francamente pueril, ello puede deberse a que nuestra formación literaria ha sido enriquecida por lecturas más integrales. La mediocridad estuvo allí siempre: somos nosotros los que ahora tenemos la capacidad de descubrirla.

Salvo muy contadas excepciones, los best seller sobreviven en los estantes hasta la llegada de un nuevo fenómeno de ventas. Si El código Da Vinci se mantiene un tiempo más, no será por sus aportes a la historia de la literatura, sino por lo que un mundo sediento de relativismos pretende haber encontrado en él.

A un lector desprevenido en historia es fácil que la obra de Brown lo conquiste, porque obtendrá la sensación de estarse “informando”, o incluso de estar siendo “desengañado”. Distinta suerte correrá con el libro quien tenga algún conocimiento sobre el Concilio de Nicea, por ejemplo, o quien simplemente haya observado con detenimiento las obras de Leonardo Da Vinci.

Pero si El código le apuesta a la ignorancia del lector promedio para hacerle creer que está “enterándose” de algún secreto, la burda forma en que se aprovecha de la escasa formación literaria del gran público bordea el descaro.

Agobiantes descripciones embadurnadas de pedagogía, vaivenes narrativos propios de una novelita de vaqueros, personajes tan acartonados como la fachada de un edificio hollywoodense y los recursos estilísticos más convencionales que se puedan reunir bajo un solo título, hacen que el lector emprenda un descomunal esfuerzo de decodificación: ¡en busca de la literatura, no del Santo Grial!

*Presidente de Concultura.

 

 

 

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