Federico
Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hace algunos años, los “escritores”
Michael Bai-gent y Richard Leigh publicaron el libro Holy blood, holy
grial, una recopilación de “investigaciones” en torno
a la presunta descendencia de Jesucristo. Hoy, convencidos de haber sido
los primeros en “argumentar” la tesis, era lógico que
terminaran demandando por supuesto plagio a la editorial de El código
Da Vinci.
Si yo publico algo que en el futuro servirá de “inspiración”
a alguien, y ese alguien logra hacerse millonario, créanme que
el intento legal de Baigent y Leigh no me parecería tan ridículo.
Y aunque un juez, como les sucedió a ellos, me ponga en mi sitio
recordándome que “los derechos de reproducción no
protegen una idea sino la expresión de esa idea”, nadie conseguiría
sacarme de la cabeza que es la publicidad, y no el talento, lo que ha
forrado de billetes a Dan Brown en detrimento mío.
Baigent y Leigh, claro está, tampoco son un ejemplo de originalidad.
El que ciertos autores gnósticos del Siglo III ya no puedan demandarlos
es tan afortunado para ellos como para Brown. Pero es la única
fortuna que comparten. El éxito de ventas de El código Da
Vinci tal vez garantizará cierto número de reimpresiones
a Holy blood, holy grial, pero la tajada más grande del pastel
ya le tocó al primero.
¿Es necesario insistir en que las ventas millonarias de un libro
hablan poco de su mérito como literatura? Alejadas de todo interés
comercial o religioso --porque es obvio que los enemigos del catolicismo
han aprovechado la coyuntura--, la mayoría de críticas serias
que he leído han destrozado sin piedad la novela de Brown.
En un mordaz texto publicado en España, Juan Manuel de Prada hace
algo más que ubicar al libro entre los peores que han caído
en sus manos; hacia el final de su artículo, como suspirando,
nos invita a reflexionar en torno a la penosa verdad que encierra el triunfo
instantáneo de El código: “Cada época tiene
la literatura que se merece”.
Así parece, en efecto. La modernidad, abismalmente descreída,
pide a gritos que la saquen de su letargo. Entretenerse es la prioridad
máxima, sin escatimar medios. La fórmula editorial de excitar
el morbo y no el cerebro de los lectores está produciendo jugosos
dividendos. Y si se adereza el producto con una campaña de escándalo,
atacando a instituciones cuya vigencia las hace insoportablemente “sospechosas”,
hasta se puede sugerir, como lo ha hecho Dan Brown, que el principio del
fin de nuestra ignorancia masiva es la lectura --también masiva,
claro-- ¡de una novela!
En gustos no hay nada escrito, desde luego. Lo que a mí me parece
sublime, a otra persona le puede parecer aburrido o deleznable. Y viceversa.
Lo importante es persuadirnos, en lo que a libros respecta, que el gusto
se refina leyendo. Si ese autor que nos hacía trepidar de emoción
en la adolescencia hoy nos resulta francamente pueril, ello puede deberse
a que nuestra formación literaria ha sido enriquecida por lecturas
más integrales. La mediocridad estuvo allí siempre: somos
nosotros los que ahora tenemos la capacidad de descubrirla.
Salvo muy contadas excepciones, los best seller sobreviven en los estantes
hasta la llegada de un nuevo fenómeno de ventas. Si El código
Da Vinci se mantiene un tiempo más, no será por sus aportes
a la historia de la literatura, sino por lo que un mundo sediento de relativismos
pretende haber encontrado en él.
A un lector desprevenido en historia es fácil que la obra de Brown
lo conquiste, porque obtendrá la sensación de estarse “informando”,
o incluso de estar siendo “desengañado”. Distinta suerte
correrá con el libro quien tenga algún conocimiento sobre
el Concilio de Nicea, por ejemplo, o quien simplemente haya observado
con detenimiento las obras de Leonardo Da Vinci.
Pero si El código le apuesta a la ignorancia del lector promedio
para hacerle creer que está “enterándose” de
algún secreto, la burda forma en que se aprovecha de la escasa
formación literaria del gran público bordea el descaro.
Agobiantes descripciones embadurnadas de pedagogía, vaivenes narrativos
propios de una novelita de vaqueros, personajes tan acartonados como la
fachada de un edificio hollywoodense y los recursos estilísticos
más convencionales que se puedan reunir bajo un solo título,
hacen que el lector emprenda un descomunal esfuerzo de decodificación:
¡en busca de la literatura, no del Santo Grial!
*Presidente de Concultura.

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