Alejandro
Alle*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Algunos temas económicos suelen ser citados con mayor frecuencia
que otros, tanto en los medios informativos como en la conversación
cotidiana, destacándose entre ellos la “tercerización”
(outsourcing suena más cool…) de algunas actividades, y la
“integración vertical” que caracteriza a ciertas industrias.
¿Qué son una y otra?
Tercerizar una actividad es subcontratar para su ejecución a alguna
empresa especializada, y por tanto dejar de hacerla con recursos y personal
interno: algunos comenzaron tercerizando la limpieza y la seguridad…,
pero es habitual subcontratar también muchos otros servicios.
Cabe destacar que en el actual contexto económico internacional,
hablar de “tercerización” suele implicar que las actividades
subcontratadas no sólo se producen en otra empresa…, sino
en otro país.
Casos típicos de tercerización internacional, bien conocidos
en El Salvador, son los call-centers, donde se atienden llamadas hechas
por alguna Sra. Smith de los Estados Unidos (no se ilusione, difícilmente
se parezca a la interpretada por Angelina Jolie…). También
los servicios de maquila son una forma de “tercerización”
internacional.
Por otro lado, una empresa “integrada verticalmente” efectúa
múltiples tareas, correspondientes a diferentes etapas de algún
proceso productivo, tales como diseño, fabricación, transporte,
o distribución. Pero, ¿integrarse verticalmente tiene ventajas,
o no?
En un ambiente competitivo, cualquier eventual ventaja derivada de la
integración vertical es necesariamente trasladada al consumidor,
por efecto de la competencia (¡qué lástima!, ¿no?...).
Y lo mismo aplica para cualquier posible ventaja resultante de la “tercerización”,
¿eh?
Ahora bien, ¿son inevitables la “tercerización”
y la integración vertical? Bueno, la realidad es que ambas tendencias
son conceptualmente opuestas… (¡oops!), hecho que nos confirma
que en la organización económica de las empresas no existe
ni una última palabra, ni una verdad absoluta: hay casos exitosos
en ambas variantes.
En el libro “Cómo competimos”, Suzanne Berger y su
equipo del Massachusetts Institute of Techno-logy (MIT) analizan, entre
otras, las industrias de la electrónica y de la indumentaria, mostrando
ejemplos de empresas muy integradas verticalmente, tales como Sam-sung
o Zara, respectivamente.
En efecto, Samsung diseña, fabrica, y comercializa tanto componentes
electrónicos (chips), como productos finales (teléfonos
celulares). Pero también está Intel, que sólo fabrica
chips, algunos en Costa Rica
A su vez, Zara, empresa española de indumentaria, presenta una
alta integración vertical al concentrar en sus instalaciones de
La Coruña una gran cantidad de actividades, que van desde el diseño
de prendas, tejido, tintura, corte de telas, hasta la logística
de distribución. Sólo terceriza la costura en talleres vecinos,
organizados en cooperativas.
¿Por qué adoptó ese modelo? Para acortar drásticamente
el tiempo de los ciclos entre el diseño, la fabricación,
y la venta. ¡Ah!, el concepto se llama “fast fashion”
(¡qué elegancia!, ¿no?).
Pero, ¿cómo lo hace? Tal como indica un artículo
aparecido en The Economist en junio de 2005, titulado “El futuro
del fast fashion”, los 300 diseñadores de Zara están
en contacto diario con sus tiendas de todo el mundo, descubriendo tendencias
y adaptándose a los cambios que los mismos clientes revelan con
sus compras.
La producción se hace por lo tanto en lotes pequeños, que
raramente se repiten, porque van siendo reemplazados por nuevos diseños,
y manejan muy poco inventario.
Se trata de un modelo de negocio que permite competir exitosamente con
las producciones masivas y baratas, pero de ciclos lentos, que por ejemplo
provienen de China. Y es aplicable gracias a la tecnología: en
el pasado hubiera sido impensable que cientos de tiendas en el mundo pudieran
estar comunicadas “on-line” con diseñadores y fabricantes,
tomando decisiones a diario.
Es justamente ese modelo de negocio, de respuesta rápida, de lotes
pequeños, y con alto grado de integración, inclusive geográfica,
el que presenta una oportunidad para que ciertos productos salvadoreños
puedan competir exitosamente en el enorme mercado de la moda estadounidense.
Claro que Berger y su equipo del MIT también encontraron empresas
de indumentaria mucho menos integradas, como la sueca H&M, la estadounidense
GAP, o la italiana Benetton. El mundo es grande, y hay lugar para todos.
¿Vio? De la economía no se salva ni la moda ni el Jet-Set..,
palabra que me traslada a las primeras épocas de Soda Stereo (hace
demasiados años…): mientras Cerati cantaba “¿Por
qué no puedo ser del Jet-Set?” en el escenario, otros aplaudíamos
en la tribuna.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE,
Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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