 |
The New York Times
Amelia
Gentleman
NUEVA DELHI --
El Diario de Hoy
internacionales@elsalvador.com
Cuando Budhia Singh, quien se cree tiene como cuatro y medio años,
corrió 65 kilómetros el 3 de mayo, ingresó al Libro
Limca de Récords de India, y, lo que es más importante,
generó un frenesí nacional.
“¡Maestro del Maratón!”, clamaban los periódicos,
o con menor elegancia: “¡Se corrió en un millón!”.
Los antecedentes de Budhia como niño de una barriada que fue vendido
por su madre indigente en 800 rupias o 18 dólares cuando apenas
caminaba, ya era conocido para los pocos indios que habían seguido
su carrera desde el año pasado cuando corrió un maratón.
Eso sólo aumentó su atractivo popular, y los políticos
locales se abalanzaban para fotografiarse junto al pequeño.
Sin embargo, otros no estaban tan encantados con el espectáculo.
Poco después de que Budhia había recorrido la televisión
nacional como el infante milagro y modelo de conducta para aspirantes
a estrellas deportivas infantiles en India, el organismo más poderoso
de derechos humanos del país inició una investigación
sobre si el espectáculo constituía abuso infantil. Eso a
su vez comenzó algo diferente: un debate sobre la búsqueda
de la gloria atlética y la naturaleza de la fama en un país
que ganó sólo una medalla, de plata, en los Juegos Olímpicos
de 2004 en Atenas, y tiene sed de héroes deportivos.
No hay duda alguna de que Budhia logró una hazaña admirable.
El 3 de mayo, lo despertaron a las 3:15 de la mañana y empezó
a correr a las 4:07 para evitar la peor parte del calor durante el recorrido
desde la ciudad de Puri, donde hay un templo, hasta Bhubaneswar, la capital
del estado de Orissa. Corrió durante siete horas y dos minutos
aguantando una temperatura elevada de 98 grados Fahrenheit, pero se colapsó
por el agotamiento cinco kilómetros antes de llegar a su meta de
70 kilómetros o cerca de 43.5 millas.
Tan pronto se recuperó para enfrentar las cámaras, el ministro
del deporte de Orissa se reunió con él, así como
un contingente de dignatarios de la brigada de la policía local,
que patrocinó el evento.
“Si esto no es éxito, entonces, ¿qué lo es?”,
preguntó B.S. Gill, subinspector general de policía.
Derechos y salud
La Comisión Nacional de Derechos Humanos no estuvo de acuerdo.
La organización dijo que cree que los derechos del niño
fueron violados, y envió una carta en la que exige saber por qué
el gobierno de Orissa permitió que continuara el maratón.
Alarmado por las imágenes de Budhia luchando contra el dolor para
forzarse a continuar que fueron transmitidas por televisión, el
comité de bienestar infantil de Orissa lo envió a un hospital
para un examen médico.
Los médicos reportaron que su salud ya está severamente
dañada, y dijeron que lo encontraron “desnutrido, anémico
y bajo estrés cardiológico”, y advirtieron que si
continúa corriendo distancias largas ello podría conducir
a una falla renal. El personal médico del hospital recomendó
una revisión de rodillas, tobillos y columna vertebral ya que podría
haber algún daño, y exigieron se practiquen pruebas para
asegurarse de que no se usó ningún producto para mejorar
el rendimiento, así como una resonancia magnética para ayudar
a determinar su edad real.
Funcionarios de bienestar infantil también prohibieron que corra
más carreras de distancias largas.
La historia de la infancia de Budhia ha adquirido el estatus de una fábula
india moderna.
Budhia nació en una barriada de Orissa, en la bahía de Bengala,
en algún momento después de que un ciclón golpeó
en 1999, el único evento que Sukanti, su madre analfabeta que lava
platos para ganarse la vida, pudo recordar como punto de referencia.
Cuando su padre, un mendigo alcohólico, murió hace dos años,
a Sukanti le resultó imposible alimentar a sus cuatro hijos, así
es que vendió a Budhia en 800 rupias a un buhonero. Unos meses
después, así dice la historia, un instructor local de judo,
Biranchi Das, lo atrapó molestando a otro niño afuera de
su gimnasio.
“En una ocasión, después de que hizo alguna travesura,
le pedí que siguiera corriendo hasta que yo regresara”, Das
dijo a periodistas locales. “Cuando regresé después
de cinco horas, me quedé anonadado al encontrarlo corriendo todavía”.
Das pagó las 800 rupias y desde entonces adoptó a Budhia,
a quien sometió a un programa riguroso de entrenamiento que según
dijo consistía en correr 30 millas diarias. Las recompensas ya
han sido sustanciales ya que tienen numerosos anuncios de televisión
e invitaciones al extranjero. Das niega tener puesta la mirada en las
ganancias y presentó una demanda por difamación contra el
ministro de desarrollo infantil de Orissa por sugerir que ha explotado
al niño para su propio beneficio personal.
“No he cometido ningún delito al detectar el talento de Budhia,
y al ayudarlo a correr distancias largas”, dijo hace poco. “No
lo estoy presionando. Corre por su propia cuenta. Estoy listo para enfrentar
a quienes cuestionan mi trabajo”.
En una entrevista telefónica el martes, Das agregó: “El
gobierno no tienen ningún derecho legal para hacer que deje de
correr. Pueden decir lo que quieran, pero no se va a detener. Ya corrió
14 kilómetros esta mañana. Lo hace feliz”.
Mientras batallaba para respirar al final de su tremenda experiencia la
semana pasada, Budhia expresó un entendimiento astuto de las frases
deportivas para atraer la atención muy avanzado para su edad.
“Quiero ser un gran corredor”, dijo. “Voy a correr y
hacer que mi país se sienta orgulloso de mí”.

|