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Tres vidas que vuelven a latir

Resultados. Dos menores se recuperaban ayer de la operación. Respondían de forma favorable. Tres niños esperaban ser intervenidos.


Publicada 11 de mayo de 2006 , El Diario de Hoy

Paternal. Pedro Menjívar juega con su hija Marilyn, de 2 años, quien se recupera de la operación a la que fue sometida el martes. Foto: EDH

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Marilyn Menjívar no tendrá una cicatriz sobre el esternón. En su cuerpo de 2 años de edad, el bisturí hizo una incisión centímetros abajo de la axila derecha. Según Pedro Menjívar, su padre, “una venita se le había cerrado”.

A las 9:00 a.m. de ayer, en el segundo nivel del Hospital para Niños Benjamín Bloom, Marilyn aún dormía en la sala de cuidados intensivos. Su madre, Marisela Carranza, de 21 años, aguardaba afuera de la sala.

Desvelada e inquieta, Marisela esperaba que los médicos trasladaran a su hija al cuarto nivel, quien estaba junto a otro infante que ya había sido operado y los tres que esperaban su turno para bajar al quirófano.

La madre de 21 años recuerda el día en que a Marilyn se le diagnosticó una cardiopatía congénita: “Me puse bien mal, pero tenía que arriesgarme para que (la niña) estuviera mejor”. Así justifica porqué permitió que su hija entrara a un quirófano a tan corta edad.

La pequeña estuvo ahí desde las 4:00 p.m. hasta las 6:00 p.m. del martes. Su madre esperó 45 minutos para poder acompañarla en la sala de cuidados intensivos, pero al verla conectada a los aparatos que monitoreaban sus signos vitales, se sintió incómoda y prefirió esperar en un pasillo aledaño.

Cerca del mediodía, los médicos decidieron sacar a Marilyn de la UCI. La niña estaba despierta y al ver nuevamente a su padre extendió sus brazos hacia él.

Marisela y Pedro Menjívar reconocen que el haber confiado el corazón de su hija a los cirujanos de Heart Care es un regalo que cambiará sus vidas y la de su pequeña.

 

Antony es oriundo de Metapán. Foto: EDH

Luego de tres cateterismos, aún ríe y canta

Los médicos de Health Care lo llaman “vaquero” por el sombrero que mantiene sobre su cama. Pero hace ocho años, sus padres lo bautizaron como Francisco Antony Hernández.

Su padre, Rubén Hernández, se dedica a la agricultura en el cantón despoblado de Santa Rosa Guachipilín (Santa Ana). Él describe al quinto de sus seis hijos como un niño inquieto, al que le gusta jugar y cantar.

Cuando Antony era un bebé de un año y medio, un médico del municipio de Santa Rosa le detectó un soplo en el corazón y lo remitió al Hospital Bloom donde a su vez le diagnosticaron una aorta obstruida.

Desde entonces, el pequeño ha sido sometido a tres cateterismos que no le han funcionado, según su padre. Él recuerda que el niño se ha desmayado varias veces y su madre, Berta Alicia Calderón, ha derramado lágrimas sobre él al creer que estaba a punto de morir.

Ayer, ambos progenitores esperaban que un inquieto Antony fuera trasladado al quirófano. Ahí, los doctores de Health Care lo someterían a una operación de corazón abierto para devolverle la ansiada tranquilidad.

Carlitos espera el alta este día. Foto: EDH

Un corazón que palpita diferente

“Respira profundo amigo, no llores, el doctor no te va a hacer nada”, le dicen a un temeroso niño de siete años, mientras el doctor Joseph Gaffmey lo examina.

A esa edad, Carlos Enrique Molina ha sido el primer paciente sometido a una operación de corrección de comunicación interatrial en el corazón.

El pequeño entró al quirófano el lunes a las 8:15 a.m. y salió a las 11:00 a.m. Un cuarto de hora después, su madre, Karla de Molina, lo observaba conmovida en la Unidad de Cuidados Intensivos.

A las 10:00 a.m. del martes, Carlos fue retirado de la UCI y, luego, despertó inquieto pidiéndole a su madre que lo llevara a casa.
Un día después, Karla cree percibir una diferencia en su hijo.

Ella afirma: “Hoy el corazón se le oye diferente. Le pongo la mano y se le siente pausadito. Antes no, era como acelerado”.

Ayer por la mañana, mientras Carlos y ella esperaban recibir el alta y volver a su casa en Soyapango, ella remojaba en jabón un juguete para hacer burbujas y el pequeño soplaba para verlas crecer, elevarse y desvanecerse frente a él. “Esto le ayuda para los bronquios”, explicaba Karla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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