elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Tomando la palabra
La Asamblea Legislativa de fiesta

La Asamblea Legislativa es la institución que cosecha los menores niveles de confianza del público salvadoreño, y aunque esto no es reciente y parece ser ya parte de una costumbre en la opinión pública nacional.

Publicada 11 de mayo de 2006 , El Diario de Hoy

José Miguel Cruz*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

La decisión de la nueva Asamblea Legislativa de realizar una recepción para celebrar su primera sesión plenaria solemne y gastarse en ella más de 25 mil dólares de sopetón, puede resultar chocante para la mayoría de los salvadoreños, sobre todo para aquellos que viven con menos de 1 dólar al día y, que antes que en fiestas, viven pensando en cómo hacer para sobrevivir día tras día.

Probablemente no hay nada en la legislación salvadoreña que impida que los diputados entrantes decidan agasajarse con dineros del Estado, por haber conseguido un escaño en el Congreso y, con ello, el acceso a un mundo de posibilidades que, de otra manera, probablemente no tendrían. Y algunos dirán que, después de todo, los diputados tienen el derecho de agasajarse ellos mismos, sobre todo cuando hay pocas probabilidades de que otros les ofrezcan esos halagos. Ya lo dicen los diputados mismos, cuando enfatizan la “magnitud” del evento y lo “mínimo” que se puede hacer para celebrar el inicio de sus labores.

No, por favor, no me malentiendan. No estoy vituperando la profesión de la política. Estoy convencido que los políticos --con todo y que en la mayoría de casos resultan insufribles y costosos-- son necesarios. Pero, una cosa es celebrar una nueva etapa de labores y hacerlo con los dineros propios y otra cosa muy distinta es hacerlo sin haber hecho nada notable aún y utilizando el dinero de los contribuyentes.

Además, una cosa es que alguna institución de prestigio y respetada por toda la población decida darse un reconocimiento por su trabajo en bien de la sociedad y del país, y otra muy distinta es que la institución del Estado más desprestigiada del país celebre una recepción, por un hecho tan normal como comenzar a trabajar, antes de demostrar que su gestión puede ser de beneficio para la sociedad.

El problema de que la nueva Asamblea inicie su período de sesiones haciendo recepciones de dudosa justificación es que, aparte del gasto que representan para el fisco, con ello contribuyen a reconfirmar la ya pobre y deteriorada imagen de la Asamblea y de los funcionarios del Estado. La Asamblea Legislativa es la institución que cosecha los menores niveles de confianza del público salvadoreño, y aunque esto no es reciente y parece ser ya parte de una costumbre en la opinión pública nacional, lo cierto es que esta nueva administración no parece estar encaminada a revertir ese proceso.

Alguna gente podrá decir que, después de todo, la confianza de los salvadoreños en el Congreso Na-cional ha permanecido así por años y que, vista en perspectiva, no ha bajado mucho en los últimos años; pero lo cierto es que la Asamblea no ha descendido más porque ya no hay lugar más bajo en la escala de confianza ciudadana.

Una de las primeras cosas que se propone cualquier nueva administración de una institución que enfrenta problemas de credibilidad es precisamente demostrar la voluntad y el compromiso de ganarse la credibilidad del público, para poder legitimar su trabajo venidero. La intención de festejarse prematuramente, unida al retraso en la toma de posesión de la junta directiva el pasado 1 de mayo, por las intenciones de un partido minúsculo de obtener un mejor puesto para su secretario general, da muestras de que estamos frente a un cuerpo institucional que no tiene intenciones de reivindicarse frente a la población y que, peor aún, probablemente no le interesa hacerlo.

Las declaraciones de un diputado diciendo que ese tipo de eventos brindan la oportunidad de “dar un cambio de imagen” a la nueva legislatura, revelan el grado de desconexión de los diputados con el más mínimo sentido de ética y auguran más de lo mismo en el llamado “primer órgano del Estado”.

Lamentablemente, este tipo de eventos viene a sumarse a la larga lista de despilfarros que se hacen en el Estado salvadoreño. Las campañas publicitarias para favorecer la imagen del Presidente, el lujo innecesario --y de mal gusto-- en el edificio de la Corte Suprema de Justicia y las dietas que se recetan muchos de los concejos, son sólo algunos de los excesos que se cometen en la administración del sector público y que provienen del mismo mal.

A final de cuentas, la falta de escrúpulos de algunos funcionarios públicos convierte el trabajo de la política nacional y de la administración pública en una especie de fiesta permanente.

*Director del IUDOP de la UCA y columnista de El Diario de Hoy.

 

 

elsalvador.com WWW