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| Favorecido. Son pocos los pacientes que son tratados
con el método de la hemodiálisis. Foto
EDH |
Yamileth Cáceres
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El dolor que Roberto Blanco siente cada vez que le hacen la diálisis,
muchas veces le ha quitado el deseo de continuar con su tratamiento en
el Hospital Rosales. Sin embargo, continúa la dolorosa lucha para
sobrevivir, con un catéter rígido que le atraviesa el estómago
y sirve para purificarle el cuerpo.
En ese centro de atención registran casi cuatro muertos por semana
a causa de la insuficiencia renal, aunque la cifra de fallecidos a nivel
nacional sería 16 veces mayor, si se toma en cuenta que sólo
uno de cada cuatro enfermos llega a ese hospital.
En el Rosales atienen entre 50 y 60 casos nuevos al mes, pero no todos
continúan el tratamiento sustitutivo. Únicamente diez ó
doce de ellos se quedan en diálisis peritoneal, por lo que Ricardo
Leiva, jefe de Nefrología, presume que el resto muere.
Para él, la principal razón por la que ya no regresan los
pacientes es por la falta de recursos económicos, ya que la mayoría
se desplaza desde cantones lejanos.
Área del hospital Rosales está sobre saturada
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| Paciencia. Los enfermos deben esperar hasta una
semana por una diálisis. Foto EDH |
Muchos de ellos deben esperar entre tres o cuatro días en la sala
de emergencia por una cama para que le hagan la diálisis, lo que
implica más gastos.
Esta situación se debe a que el servicio está sobre saturado.
En el área solamente atienden a 180 de los 310 procedimientos de
este tipo; también hay 50 en el programa ambulatorio y 98 en hemodiálisis.
Es decir, que 130 personas están distribuidas en diferentes áreas
del hospital. “No regresan y como es una enfermedad que sino se
trata adecuadamente la gente fallece al cabo de unas semanas o meses”,
comentó Leiva.
El también nefrólogo Ramón García Trabanino
maneja otra teoría del porqué los enfermos abandonan el
tratamiento: los que reciben diálisis peritoneal con catéter
rígido se mueren. “La gente lo sabe, por eso ya no regresan”.
Sus opiniones las sustenta en el estudio denominado “Sobrevida de
pacientes con enfermedad renal terminal en el hospital Rosales”.
Para la investigación tomó una muestra de 202 personas que
llegaron a consultar entre 1999 y el 2000. De ellos se excluyeron a 15
y de los 187 que quedaron sólo uno estuvo en hemodiálisis.
Los resultados preliminares demostraron que después de 18 meses,
fallecieron todos los que recibieron diálisis peritoneal intermitente
con catéter rígido.
El informe reveló que el 71 por ciento de ellos (132 pacientes)
murió al mes de iniciar el tratamiento. A esa fecha sobrevivían
sólo 54, que representaban el 29 por ciento.
A los tres meses, sólo vivían 41. Nueve meses después
quedaban 12 pacientes en diálisis peritoneal, quienes fallecieron,
luego de permanecer 18 meses en tratamiento.
De éstos únicamente el 24 por ciento falleció en
el hospital. Se estima que el resto de defunciones ocurrieron en sus domicilios,
aunque esto está pendiente de confirmar.
Trabanino explicó que aún no han terminado de levantar el
censo debido a la falta de recursos para contratar a un encuestador que
revise las actas en las alcaldía.
Ante tan desesperante panorama, muchos prefieren morir en sus viviendas
antes que someterse a la diálisis con catéter rígido,
porque este es muy doloroso y cada vez que les realizan una sesión
deben pincharles el estómago con una varilla de hierro.
Roberto Blanco es uno de esos enfermos que se somete a ese difícil
tratamiento. “Duele, por veces se me va la voluntad por el sufrimiento
que uno pasa”.
Blanco tiene 40 años y asiste desde el 2004 al Rosales para que
le realicen la diálisis, aunque su deseo es que le pongan un catéter
blando para que ya no le pinchen el estómago.
Pero no cuenta con los recursos para comprarlo. Su trabajo en la agricultura
no le permite gastar 270 dólares para adquirir el equipo.
El doctor Leiva explicó que muchos pacientes son tratados con un
catéter blando en el Hospital Rosales, aunque el costo es elevado.
Piensan abrir otro turno de hemodiálisis
Uno de los mejores programa es la hemodiálisis (limpieza exterior
de la sangre), sin embargo, en el sistema público sólo hay
129 personas son atendidas con este método.
En el Rosales, que es el centro con mayor demanda, cuentan con 16 máquinas
(en el 2005 solo tenían la mitad de esas). Para este año,
piensan habilitar un turno más y atender a 16 personas.
Pese al esfuerzo, el doctor Leiva sostuvo que es imposible tener más
pacientes en esta área porque están sobre saturados.
Para atender la demanda tendrían que tener más equipo y
personal. “Con la cantidad de pacientes que tenemos creo que ningún
país podría soportarlo presupuestariamente”, concluyó
el nefrólogo.
Varias posturas
Tres especialistas en nefrología vierten sus posiciones referente
a las causas que podrían originar una alta tasa de incidencia
de la insuficiencia renal. En el país, las cifras están
por encima los parámetros internacionales.
Ramón G. Trabanino Sostiene que el país
tiene una tasa de incidencia de insuficiencia renal diez veces más
alta que el resto de los países. Para determinar qué pasa,
se realizado una serie de investigaciones. El hizo algunas en las que
descarta la incidencia de los pesticidas. Los resultados establecen que
el trabajo extenuante, las jornadas largas bajo el sol, el consumo de
alcohol de mala calidad y la automedicación son las principales
causas .
Raúl Palomo. La teoría de él es
otra. Sus estudios indican que la principal causa de la enfermedad es
la diabetes y la hipertensión por lo que han desarrollado un plan
de control y prevención. Basa su afirmación en una investigación
realizada en Candelaria, Cuscatlán. En una muestra de 140 personas
detectaron que el 49 por ciento de diabéticos tenían signos
incipientes de insuficiencia renal y el 42 por ciento de los hipertensos.
Ricardo Leiva. Para él, jefe de nefrología
del hospital Rosales, el problema que experimenta el país está
asociado al uso de los pesticidas. Esta afirmación la sustenta
en un estudio preliminar que realizaron con la OPS y otras investigaciones
de expertos en el área. Comentó que la mayoría de
los pacientes son hombres que trabajaron en la agricultura y en la zafra
por lo que están expuestos a estas sustancias venenosas.
Rufino esperó siete días por una cama
Los minutos se vuelven eternos cuando el dolor aqueja. La falta de una
cama para recibir el tratamiento desesperaba aun más a Rufino Interiano,
quien es uno de los tantos enfermos que ha tenido que esperar más
de un día para que le hagan la diálisis peritoneal con catéter
rígido.
Esta vez, con más suerte Rufino, solamente esperó cerca
de 20 horas para encontrar un espacio vacío e iniciar el proceso
a través del cual le limpian su cuerpo.
“No nos queda de otra, no tenemos otra alternativa”, comentó
mientras esperaba en una cama en la unidad de emergencia del hospital.
Rufino llegó acompañado de su esposa, María, quien
por segunda ocasión preparó en una mochila ropa para ambos.
También llevó una toalla la cual le sirve para acostarse
y cuidar el sueño de su esposo.
María extiende la toalla en el piso a los pies de Rufino y ahí
pasa la noche entre los quejidos de los pacientes y el corre corre de
los doctores en el pasillo.
Ella también porta una manta y unos hilos para bordar y así
estrechar la larga espera.
“Uno se siente mal porque quisiera que lo atendieran rápido
al verlo quejarse del dolor”, comentó la señora.
En el bolsón también lleva lo que puede para comer y así
tener menos gasto durante la estancia en el centro médico.
Esta es la segunda ocasión en que Rufino se realiza la diálisis
peritoneal y asegura que la primera vez espero siete días.
“La primera ocasión es peor porque uno no sabe cómo
van a salir, uno se siente afligido”, expresó María.
Rufino dice que hace siete años le descubrieron la enfermedad,
pero esta avanzó hasta llegar a la etapa final, sin embargo por
temor no se había puesto en tratamiento.
“No quería aceptar la diálisis, vine porque ya no
podía dormir y sentía que me ahogaba”, narró
el señor.
Su temor era morirse con el tratamiento sustitutivo, ya que él
ha escuchado que las personas no soportan el dolor cuando les hacen la
diálisis y fallecen.
“Queda un dolor grande en el estómago, es lo que daña
la manguera”, comentó mientras indica su cuerpo. Pero dice
que no tiene otra alternativa.
Sabe que el trasplante es lo ideal para los pacientes con insuficiencia
renal en etapa terminal pero sus condiciones no le permiten hacerse una
operación.
Él y su familia se resignan y confían en la voluntad de
Dios. Por el momento, no trabaja porque la enfermedad lo mantiene débil.
La enfermedad le surgió por su trabajo, ya que laboró durante
24 años de motorista en San Salvador. “Ahí uno se
quema el cuerpo”, expresó.
A su cargo tienen dos hijos, quienes han tenido que buscar un trabajo
para sostenerse.

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