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“La fatal arrogancia”
Uso productivo de las remesas

Al ser las remesas familiares transferencias de carácter privado, cualquier intento del Estado por intervenir en el uso de estos fondos, generaría incentivos negativos sobre estos flujos.

Publicada 9 de mayo de 2006 , El Diario de Hoy

Mario Abdón Orellana González
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Paralelamente al crecimiento que las remesas familiares han venido experimentando en los últimos años, y las cuales son fundamentalmente orientadas a financiar actividades de consumo, se ha venido estudiando la idea de desarrollar medias que permitan al Estado o Gobierno re-orientar estas transferencias para que contribuyan al desarrollo de sus países de destino.

No obstante las aparentes buenas intenciones de esta medida, me gustaría aproximar los siguientes argumentos para descalificar cualquier clase de intervención por parte del Estado, tendiente a influir el actual uso de estas transferencias.

En primer lugar, las remesas familiares constituyen una “transacción privada de familia a familia;” por tanto, constituye una “fatal arrogancia” que el Estado se considere mejor que los directamente beneficiados por las remesas familiares para decidir el uso y destino de dichas transferencias.

De acuerdo con diversos tratadistas, los seres humanos presentamos una escala de necesidades que varía de individuo a individuo; asimismo, en el proceso de satisfacción de las mismas todo consumidor racional perseguirá primariamente llenar aquellas de carácter fisiológico.

Consecuentemente, debemos preguntarnos en qué momento adquirió el Estado la capacidad para discernir la escala de necesidades de cada una de las familias que se ven beneficiadas con remesas familiares.

Y es que contrario a lo que muchos piensan sobre los Estados Unidos, el 49% de los emigrantes recibe ingresos menores a US$20,000 o dos salarios mínimos mensuales.

Asimismo, si en algunos casos observamos que existe por parte de algunas familias receptoras de remesas un mayor nivel de inversión es debido a un mayor nivel de esfuerzo laboral de parte del miembro de la familia que se encuentra trabajando en el exterior.

Segundo, de acuerdo con Theodore W. Schultz, premio Nóbel de Economía, “buena parte de lo que consideramos consumo es inversión en capital humano”.

Para el caso de El Salvador, la anterior tesis es particularmente correcta, ya que de acuerdo con el citado informe de la CEPAL, en el año 2002, las remesas familiares contribuyeron a reducir la indigencia en 5.4%, la pobreza en 4.5% y a mejorar la distribución del ingreso.

Tercero, para que determinados flujos de efectivo contribuyan al desarrollo, es necesario que estos sean canalizados a través del sistema financiero.

En este sentido, y no obstante los logros en materia de estabilidad macroeconómica alcanzados en la década de los noventa, la historia de altas tasas de inflación, irrespeto a los derechos de propiedad y bajas tasas de crecimiento permanece en la mente de muchos emigrantes los cuales son temerosos de invertir en sus países de origen en actividades de más largo plazo que no sean la compra de bienes raíces.

De igual manera, existe entre los receptores de remesas familiares un bajo nivel de profundización financiera.

Cuarto, la evidencia muestra varias experiencias de canalización de remesas familiares hacia el desarrollo todas con poco nivel de éxito y alto costo económico y político ya que los ahorros de los emigrantes se vieron erosionados por la inflación y las devaluaciones.

Finalmente, al ser las remesas familiares transferencias de carácter privado, cualquier intento del Estado por intervenir en el uso de estos fondos, generaría incentivos negativos sobre estos flujos; consecuentemente, lo mejor que los gobiernos pueden hacer para que estas transferencia contribuyan al desarrollo de sus países de destino es incrementar la confianza en sus economías, fortaleciendo el Estado de Derecho, la economía de mercado y el respeto al derecho a la propiedad. En suma aumentando los espacio para el desarrollo de la sociedad civil.

*Economista.

 

 

 

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