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La semana pasada fue publicada una noticia acerca de la inminente negociación
de un tratado de libre comercio entre El Salvador y Taiwán (la
leyó, ¿no?).
Aun cuando tal información era preliminar, y sin mayores detalles,
todo hace pensar que estamos frente a un hecho positivo. ¿Por qué?
Pues aunque probablemente ningún gobierno del mundo firmará
jamás un verdadero tratado de libre comercio (¿cuál
sería su texto?, al final le cuento…), dichos acuerdos constituyen
de todos modos compromisos para reducir ciertas barreras al intercambio
comercial entre personas que viven en los países firmantes. Es
decir, suelen ser avances en la dirección correcta.
Además, limitan la posibilidad de cambios arbitrarios en las reglas
preestablecidas, dándole así mayor seguridad jurídica
a las transacciones internacionales, sean de comercio o de inversión,
ambas fundamentales para el progreso económico.
Y justamente tratándose de Taiwán, el análisis merece
una consideración muy especial, pues los taiwaneses han demostrado
que el éxito económico es posible aun para una sociedad
que siempre tuvo que afrontar enormes adversidades, tanto naturales como
políticas. ¿Le cuento?
Si existe un país que tenía todo para perder, ese era Taiwán,
pues es una isla que había sido colonia japonesa entre 1895 y 1945,
que no posee mayores recursos naturales, que tiene un conflicto político
con China, que desde 1968 no recibe ayuda externa (bueno, eso es una bendición…),
que no pertenece a las Naciones Unidas, y que tiene relación diplomática
con muy pocos países en el mundo (¡porque los demás
no lo reconocen!). La lista sigue, larga.
En un territorio que no llega a duplicar el de El Salvador, Taiwán
tiene más de 22 millones de habitantes, hecho que no le impidió
alcanzar un PIB/cápita mayor de 13 mil dólares anuales,
valor demasiado alto para que la explicación de su éxito
sean los “salarios de hambre” (¿la escucha seguido,
no?...). ¿Y la desocupación? Menos del 4%.
Como referencia, el PIB/cápita de China apenas supera los mil dólares
anuales, mientras que por el lado de Latinoamé-rica, Brasil no
llega a cuatro mil, México no alcanza los seis mil, y Argentina
apenas pasa de siete mil, según el informe “Indice 2006 de
Libertad Económica”, publicado conjuntamente por el diario
Wall Street Journal y la Heritage Foundation, de Esta-dos Unidos. (Qué
lejos estamos…, no sólo en kilómetros).
¡Ah!, ¿Y en ese ranking de libertad económica, cómo
andamos? De un total de 157 países considerados, Taiwán
está en el puesto 37, y los demás países citados
están todos detrás del puesto 60, algunos más allá
del 100. ¡Uy!, parece que a mayor libertad económica, más
generación de riqueza, y mejor combate a la pobreza…
Hace unos años el Dr. Hugh Macaulay, de la Universidad de Clem-son,
Carolina del Sur (no confundir con Macaulay Culkin, el niño de
“Mi pobre angelito”, please), pasó una temporada como
profesor visitante de Econo-mía en la Universidad de Nacio-nal
de Taiwán, en Taipei, y escribió un ensayo destacando el
progreso de la economía taiwanesa, que pasó de ser agrícola
de subsistencia en los años 60s, a exportadora de alta tecnología
en la actualidad.
¿La explicación? Taiwán tuvo claras las cuatro fuentes
básicas de crecimiento económico, que los profesores James
Gwartney y Richard Stroup, del Fraser Institute de Canadá, resaltan
en el libro “Lo que todos debieran saber sobre la economía
y la prosperidad”: mejorar la organización económica,
favorecer la formación de capital, alentar los avances tecnológicos
y fomentar mejoras en las habilidades de los trabajadores (¡lástima!,
en economía no hay milagros…).
¿La alternativa? Seguir siendo pobres (pero es muy cara, ¿no
le parece?)
¡Ah!, ¿el texto de un verdadero tratado de libre comercio
entre dos países? Tendría un solo párrafo, que diría:
“A partir de hoy los gobiernos permitirán que los ciudadanos
de ambos países ejerzan libremente sus legítimos derechos
de propiedad sobre bienes y servicios, eliminando en consecuencia toda
barrera artificial que afecte el comercio y la inversión a través
de sus fronteras”. (¡Ah!, y nada de cupos, cuotas, y demás
inventos…).
Esa es la historia (¡y esos son los números!…) de Taiwán,
que llegó a ser un tigre asiático luego de entrenar y pelear
como Rocky Balboa, al ritmo de “The eye of the tiger”.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE,
Buenos Aires).Columnista de El Diario de Hoy.

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