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La Nota del Día
Con la electrónica refinan el desplume

Lo triste es que los tahúres han comprado voluntades en todas las esferas del Estado para que nadie los toque y puedan seguir en su diabólico negocio.

Publicada 9 de mayo de 2006 , El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

“Desde su oficina al fondo del casino “La Isla del Tesoro”, Justim Beltram podrá, dentro de muy poco, cambiar instantáneamente las ruedas de la fortuna en las tragaperras. Beltram está participando en el desarrollo de una nueva tecnología que podrá cambiar el “rostro” y las vísceras de las tragaperras. Con unos cuantos clicks del ratón de su computadora, Beltram puede reprogramar las mil setecientas tragaperras en el casino, fijando la cantidad de las apuestas, los porcentajes de las ganancias y los temas de los juegos. El propósito es captar más del dinero que los jugadores llevan consigo a Las Vegas, dinero que ahora gastan en hospedaje, comida y entretenimiento”.

Así describe el New York Times los “nuevos desarrollos” en la industria de esquilmar tontos y viciosos. De acuerdo con sicólogos, es posible, cambiando la relación entre chances, ganancias y frecuencia de juegos, capturar sin posibilidad de escape a cualquier individuo que se ponga a jugar en las tragaperras. “Sin posibilidad” mientras le quede un penique en el bolsillo. Una vez que lo desvalijan, esta persona puede volver a casa, para trabajar duro y regresar a otro despellejamiento.

Hay que partir de un hecho: que el jugador, a la larga, casi nunca sale ganancioso. Su mejor oportunidad es que por una conjunción de astros favorables, se haga de una parte de lo que otros pierden. Y el casino se hace de la otra parte.

En los viejos y novelescos tiempos, cuando Montecarlo era “el” lugar de las ruletas y el “blackjack”, los perdedores tenían otra digna opción: ir al hermoso jardín que rodea el casino y meterse un balazo en la cabeza. En Las Vegas no hay jardines con discretas esquinas para tal faena.

Nadie sabe hasta dónde puede hundirse

Lo que se nos cuenta debe preparar a los jugadores a una nueva realidad: que su fortuna se va a decidir, minuto a minuto, desde una celosamente cerrada oficina del casino. Si comienza a ganar en demasía, le voltean los chances, o se declara en quiebra el banco del casino, o le prohiben volver a entrar. En la película “Casino”, con Robert De Niro, a un hábil manipulador de cartas le rompen los huesos de las manos para que deje de ganarle a los hábiles manipuladores de cartas del propio casino.

Lo triste y asombroso es que los chiviadores saben estas cosas pero siguen en su rollo. En El Salvador es tan grave el problema para muchas familias, que han tenido que quitarle potestad financiera a algunos de sus miembros. Al quedarse sin dinero, las muchachas enviciadas se dan a la prostitución y los muchachos enviciados al comercio de droga para seguir chiviando.

La gente en su mayor parte cree que los vicios están limitados al consumo físico de alcohol, estupefacientes y tabaco, sin concebir que el juego afecta la misma zona del cerebro que es vulnerable a la heroína. Un jugador puede caer en la total de las depravaciones; no sucede a todos pero le pasa a muchos, sin que nadie sepa de antemano si será o no una víctima más. Lo triste es que los tahúres han comprado voluntades en todas las esferas del Estado para que nadie los toque y puedan seguir en su diabólico negocio.

 

 

 

 

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