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Debate en Latinoamérica la izquierda y su laberinto

Unos aspiran a las utopías socialistas como única vía para llegar a la sociedad ideal, a pesar de las experiencias pasadas. Otros, los más prácticos, aprovechan las herramientas del sistema capitalista para gobernar.

 

Publicada 23 de abril 2006, El Diario de Hoy

Venezuela
Hugo Chávez, Presidente belicista, mantiene una confrontación permanente con los Estados Unidos.

Bolivia
Evo Morales, líder de un movimiento cocalero, asumió la Presidencia en febrero. Se considera aliado de Chávez.

México
Andrés López Obrador, de una alianza encabezaba por el PRD, es el favorito para ganar las elecciones presidenciales.

Chile
Michelle Bachelet, proveniente de un movimiento de izquierda, gobierna ese país desde el 12 de marzo de 2006.

Brasil
Michelle Bachelet, proveniente de un movimiento de izquierda, gobierna ese país desde el 12 de marzo de 2006.

Argentina
Néstor Kirschner, del sector más progresista del Partido Peronista, asumió el poder en tiempo difíciles.

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Seis países de Latinoamérica son gobernados por partidos de izquierda. Y tres naciones más podrían incluirse a esa lista en los próximos meses.

A pesar de sus afinidades, que las tienen, existen también grandes diferencias, algunas de ellas abismales.

Uno de los motivos de la llegada de estos partidos al poder es que los electores se cansaron de las tradicionales castas políticas y dieron paso, por la vía democrática, a opciones de izquierda que han venido adquiriendo mayores niveles de fuerza.

Y no es que las izquierdas hayan llegado de manera repentina al abanico de ofertas políticas. Siempre estuvieron ahí, ya fuera desde trincheras con escasa influencia hasta en gobiernos que en décadas pasadas causaron los desmanes que los enviaron a hibernar, mientras tomaban el poder las alternativas que enarbolaban la defensa del sistema de libre mercado como principal bandera.

Sin embargo, las fórmulas “neoliberales” no siempre cuajaron por completo a lo largo y ancho del continente. Unas porque no tuvieron a los alquimistas adecuados y cabalgaron en esquemas distintos a las necesidades de las comunidades donde se aplicaban. Yotras por malos procesos de privatización, en especial cuando no se promovió la competencia, cambiando monopolios públicos por privados.

La confianza ciudadana fue perdiéndose de manera acelerada, al percibirse, en especial en algunos países sudamericanos, que se barrían las arcas del Estado. Los ciudadanos se sintieron defraudados y excluidos.

Y entonces llegó el cansancio, y con ello la entrada de posturas tanto “descafeinadas” como “cafeinadas” del pensamiento izquierdista. Estas opciones se ampararon, en ocasiones, en adalides que vendieron esperanzas, unas lógicas y otras de corte populista.

Eso es lo que está pasándole a buena parte del continente: se está viviendo el síndrome del descontento con la tradición, para dar cabida a nuevas experiencias que unos critican con fiereza y otros defienden con pasión.

Frente a esta coyuntura surge una pregunta ineludible. ¿Cuál es el futuro que le espera a la izquierda en América Latina? ¿Es promisorio o se trata nada más de un ave de paso? ¿Mantendrá las libertades democráticas gracias a las cuales llegó al poder, o se enquistará para crear nuevas dictaduras?

La respuesta, realmente, no se sabe a ciencia cierta. Lo que sí sobran son reflexiones, análisis y cálculos.

No obstante, hay algo contundente: tras la caída de su referente histórico, el comunismo de Estado de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), existe una “oleada” de versiones que van desde el populismo hasta la socialdemocracia. Y la misma existencia de tal arco iris no permite definir una sola tendencia. Existe un nudo gordiano que habrá de desatarse, desde México hasta la Argentina.

Los ejemplos están a la mano. Michelle Bachelet, en Chile, y Evo Morales, en Bolivia, podrían ser los referentes naturales de tal disparidad.

Bachelet y Morales se suman como recién llegados a la tanda de gobernantes de izquierda, que ya tiene a Néstor Kirschner en Argentina; Inacio Lula da Silva en Brasil, y Hugo Chávez en Venezuela. La lista podría extenderse si triunfan –como algunas encuestas lo proyectan– Ollanta Humala en Perú, Andrés Manuel López Obrador en México y Daniel Ortega en Nicaragua.

Todos ellos tienen algo en común: haber llegado al poder por medio de los votos y no a través de las armas (como lo hizo Fidel Castro en Cuba y el FSLN en Nicaragua).

En el caso de Chávez, gobierna esa nación desde inicios de 1999, en un ambiente tenso debido a sus intenciones de llevar hacia el socialismo al país.

Hoy por hoy, representa una de las formas de gobernar más duras y polémicas de la región. Mantiene una buena relación con Cuba --el gran aliado-- y un constante enfrentamiento con Estados Unidos.

En esa línea “combativa” parece caminar ya Evo Morales, quien en febrero asumió la Presidencia de la convulsa Bolivia. Su ascenso lo debe al movimiento indígena de productores de hojas de coca.

Aguas y aceites

A pesar de la oleada de relativa aceptación de las izquierdas, es claro que existen diferencias entre estos gobiernos, tanto en sus orígenes como en las estrategias que desarrollan. Unos se han acercado más al sistema de libertades, entre ellas la del mercado; y otros, por el contrario, se han alejado de tal sistema por considerarlo su adversario natural.

Unos han sido más flexibles que otros. Mientras los “light” se deciden por sumarse a la corriente del desarrollo del mercado, aprovechando al máximo las ventajas del capitalismo; los otros, los radicales, mantienen en pie las ideas del pasado teniendo como estandarte las utopías del socialismo.

No obstante, con las distancias evidentes, comparten orfandad ideológica tras la caída del socialismo real.

Sin embargo, si se desea establecer fronteras más concretas entre los tipos de izquierdas en América Latina, para luego poder proyectar los posibles panoramas de su futuro, es ilustrativa la división que hace el politólogo mexicano Jorge Castañeda.

De acuerdo con este analista, serían tres las tendencias, tomando en cuenta sus grupos de choque: los llamados reformistas, los ortodoxos y la corriente civil o popular.

Los reformistas consideran difícil la posibilidad de realizar cambios estructurales. Eso los lleva a pensar que pretender construir movimientos revolucionarios es una grosera pérdida de tiempo.

Éstos plantean que la izquierda debe apoyar sin complejos a los agentes económicos capaces de crear riqueza, y no tanto a atarse a las clases más débiles (desempleados y marginados). Muestran mayor apertura política y no se estarían planteando para el futuro inmediato sustituir el capitalismo, sino tener políticas sociales redistributivas, al estilo de las socialdemocracias europeas. Entre estos actores se podría ubicar a Michelle Bachelet y, óptimamente, a Lula da Silva.

En cambio, la tendencia ortodoxa pretende separar, totalmente, el marxismo de la crisis del socialismo real, tratando de mantener, en su esencia, los mismos principios y estrategias con la esperanza de llegar al poder e instaurar el socialismo. Sólo que ahora a través de una primera etapa, que consiste en “conquistar la democracia” con la intención de sentar las bases para la creación de la sociedad socialista.

Los ortodoxos dan por sentado que es el partido revolucionario quien debe liderar y conducir a las organizaciones de base. Esta vanguardia la constituyen aquellos conscientes de que la revolución es inevitable al dinamismo de la historia. Su principal fuerza son los excluidos mismos. Y su estrategia primordial son las “movilizaciones populares” y su oposición sin ambages al sistema vigente. Hugo Chávez podría ser considerado el nuevo paradigma de esta tendencia.

Y en tercer lugar está la llamada tendencia civil o popular. Se manifiesta en sectores importantes de partidos de izquierda tradicionales, movimientos feministas, movimientos cristianos de base, organizaciones populares, ONG críticas hacia el sistema y un largo etcétera.

La ideología de esta línea parte del pensamiento que hoy, más allá de los Estados y la diversidad cultural que se está conformando, existe ya una única sociedad mundial.

Bajo su óptica, la revolución, para ser tal, deberá afectar a la estructura del sistema mundial mismo; a lo más decisivo de este sistema. Si se deja intacta la marginación de las grandes mayorías del mundo, creen, no dejará de ser simple reformismo.

Las posibilidades

El posible futuro de estas tendencias pueda definirse con lacónica sencillez: los reformistas tienen la oportunidad de crear fórmulas tropicalizadas para mantenerse en el poder; es decir, cambiar sus esquemas de acuerdo con las necesidades del mercado económico y social.

Los radicales tienen buen panorama en la medida que los partidos tradicionales no logren convencer más a las sociedades y, por hastío, la decepción los lleve a elegir a la opción más opuesta a la tradición. Sin embargo, esta misma “facilidad” de acceso al poder se puede volver un monstruo de dos cabezas: o la gente se cansa rápidamente de ellos por la aplicación de teorías sepultadas por la historia, o se anclan en el poder para crear nuevos intentos de instaurar el socialismo, independientemente de lo que esto signifique en la actualidad si no se tienen los petrodólares con los que cuenta Venezuela.

Para los de la tendencia civil o popular, en nuestras realidades el futuro no parece promisorio: pueden quedarse con las turbinas tibias y nunca conseguir el despegue, desapareciendo por la polarización de las sociedades o aliándose con una de las otras dos tendencias, que por la afinidad en la forma de lucha sería la ortodoxa.

Otra posibilidad es que se mantengan como cuña de escaso apriete, aprovechándose de la libertad democrática para resurgir para cada elección como un partido con un nombre diferente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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