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Punto de vista
Juan, el tonto

El final del cuento es paradójico: el tonto no lo es tanto como parece. Más aún, es tan inteligente como para aparentar serlo delante de unos que están convencidos de ser inteligentes

Publicada 22 de abril de 2006 , El Diario de Hoy

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

En una pequeña ciudad del interior del país, de las de antes, donde todo el mundo se conocía, era una tradición que al final del día todos se juntaran en el parque, debajo de la centenaria ceiba que daba sombra a casi todo el lugar.

Popular-mente llamaban a ese momento “la hora de los chambres”, porque, precisamente, se dedicaban a eso: a platicar, comentar los sucesos del día, las noticias, etc. Juan, el tonto del pueblo, también formaba parte del corro de amigos, pero de otro modo.

Un día sí y otro también, lo ponían a prueba: le daban a escoger entre una moneda de veinticinco (las ya extinguidas pesetas) y una de diez centavos, con la promesa de que le regalarían la que escogiera.

De manera invariable, para jolgorio de quienes lo molestaban, Juan, escogía la moneda de mayor tamaño, la de diez centavos. Prácticamente todos losdías se paseaba por el parque, y casi siempre lo llamaban para divertirse a costillas de su ingenuidad y de su corta cabeza.

Un día, alguien que pasaba por allí se compadeció de Juan, lo llamó aparte y le preguntó si no había caído en la cuenta de que la moneda más grande valía menos, que se estaban burlando de él y que nada le costaba escoger la moneda más valiosa. Para sorpresa suya, Juan le dijo que sabía perfectamente el valor de las monedas, pero --añadió--, el día que escoja la de veinticinco, será el último que me llamen para divertirse a cuenta mía, y yo me quedaré sin dinero.

Esta historieta podría concluir aquí, como si se tratara de un mal chiste. Sin embargo, es posible sacar de ella algunas consecuencias.

La primera es que quien parece tonto no siempre lo es. A veces es más listo que quienes se las dan de más espabilados. Y, precisamente por eso, aquellos que pensaban ir por lana son los que terminan trasquilados…

También que en este caso, las apariencias engañan, y al final, los tontos resultan no serlo tanto, mientras que los despiertos quedan reducidos a triste condición. Las cosas, entonces no son siempre como parecen, sino como en realidad son.

Otra conclusión podría ser, que una ambición desmedida puede cortar la fuente de ingresos, como magistralmente narra el popular y conocido cuento de la gallina de los huevos de oro, pero nos extenderíamos mucho ampliando las conclusiones por esta línea.

A mí, la conclusión que más me gusta, es que personalmente podemos estar muy bien, aunque los demás no tengan una buena opinión de nosotros. Ya lo reza el dicho: “Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena”… Lo que importa, no es lo que piensen o crean los otros de mí, sino lo que en verdad somos ante nosotros mismos y ante las personas que amamos.

Como con los valores: si uno está seguro de lo que considera que vale de verdad (en el campo de la ética, de la educación, de la política, o de tantas áreas opinables), ¿por qué plegarse a la última moda, a lo que dice el que más grita, a “lo que hace todo el mundo”? No siempre lo que hace la mayoría es lo verdadero o lo valioso. Más vale parecer tonto y no serlo, que parecer alguien muy espabilado, a la moda, sin prejuicios… Y terminar en el bando de los manipulados.

Esta historia viene a mostrar, además, que uno de los placeres menos conocidos es el del hombre inteligente que pasa desapercibido. Pues, además de ser inteligente, resulta humilde, al saber valorarse a sí mismo en su justa medida. No sólo no desprecia a los demás, sino que se aprovecha de ellos, en el buen sentido del término, logrando ventajas donde los demás sólo ven dificultades.

El final del cuento es paradójico: el tonto no lo es tanto como parece. Más aún, es tan inteligente como para aparentar serlo delante de unos que están convencidos de ser inteligentes, pero su misma cortedad intelectual les lleva a sobrevalorarse y juzgar a los demás desde su reducida y estrecha visión de sí mismos.

Cuántas veces pensamos que estamos engañando a otros, cuando somos nosotros los engañados.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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