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En
el artículo pasado mencioné dos noticias positivas y una
negativa. Las positivas eran que el Banco Central reportó que la
economía está creciendo al 4.5% y las exportaciones al 13%,
y la negativa que la clasificación del país en términos
de competitividad se ha deteriorado en dos de los índices más
prestigiosos, el del Foro Económico Mundial y el de la Unidad de
Inteligencia del Eco-nomist.
Terminé ese artículo sugiriendo que este deterioro, que
coincide con uno similar en el Índice de Libertad Económica
de la Fundación Heritage y el Wall Street Journal, debería
de revivir el proceso de reformas que nos llevó a los primeros
lugares en Latinoamérica en los años noventa.
Las preguntas son: ¿Adónde debemos poner el énfasis
de las reformas? ¿Qué acciones son las que nos darán
mayor competitividad?
Dentro de las buenas cosas que suceden en lo económico, la mejor
en mi criterio es que el motor de la actividad económica, que tradicionalmente
ha estado concentrada en grandes compañías en el país
y en Latinoamérica, en nuestro país se ha diversificado
a pequeñas y medianas empresas. Esto es muy visible en varias dimensiones
de la economía, una de las cuales es el cambio en la composición
de las exportaciones.
El impulso principal al alto crecimiento de las exportaciones en el primer
trimestre de 2006, fue dado por cientos de empresas en exportaciones no
tradicionales, principalmente en alimentos, es decir por los exportadores
de tamales, pan dulce y productos similares, que son exportados por empresas
que ahora son pequeñas pero que en el futuro no lo serán.
Esta tendencia no es nueva. En un artículo de hace casi un año
yo comentaba cómo se habían diversificado las exportaciones
en términos de los sectores y del tamaño de las empresas
en los últimos años. Esta tendencia es exactamente lo que
el país necesita para crear una sociedad horizontal, que en muchos
artículos he enfatizado es lo que la política del país
debería de buscar crear, sustituyendo la sociedad vertical que
ha sido tradicional en El Salvador.
De hecho, la diversificación que ya es evidente no es producto
de la casualidad. El marco institucional creado con las reformas realizadas
desde principios de los años noventa se orientó a ayudar
a la pequeña empresa a través de la liberalización
de la economía. En ese momento, no mucha gente vio la relación
entre liberalización y desarrollo de la pequeña empresa,
ya que la mentalidad que predominaba era la del intervencionismo, para
la cual el gobierno sólo puede ayudar a la economía a través
de dar subsidios y otros privilegios a ciertos sectores.
En realidad, el modelo intervencionista tiende a ser el peor para el desarrollo
de la pequeña empresa, por dos razones: Primero, porque el modelo
descansa en la idea de que el gobierno debe volver difícil la operación
económica para todos y después volverla fácil para
aquellos a quienes el gobierno mismo quiere favorecer. Se-gundo, porque
inevitablemente el proceso se politiza y los sectores favorecidos tienden
a ser los poderosos políticamente, no los que pueden ayudar al
desarrollo del país.
La manera en la que la creación de un ambiente en el cual es difícil
hacer negocio, para luego volverlo fácil para algunos, resulta
en privilegios a los grandes y ya privilegiados, puede verse en ejemplos
en las áreas de la protección contra la competencia extranjera
y el así llamado bimonetarismo. Con la liberalización de
las importaciones, todos (no sólo los aprobados por el Ministerio
de Economía) pueden comprar los insumos baratos. Con la dolarización,
todos tienen acceso a créditos en dólares a tasas bajas
de interés y plazos apropiados. Ya no se necesitan subsidios para
que haya crédito a tasas bajas.
Pero los costos de operar todavía son muy altos para las pequeñas
empresas. Fusades recientemente publicó los resultados de una investigación
en este tema, enfocado al costo de establecer un negocio. Encontró
que dicho costo alcanza la suma de $1,000, lo cual es claramente excesivo,
tanto en términos absolutos como relativos (en los Estados Unidos
el costo es alrededor de $100, en Canadá es aún más
barato).
Obviamente, este costo pesa mucho más sobre las pequeñas
empresas que sobre las grandes, para las cuales $1,000 no es nada. Fusades
pasa entonces a hacer un paquete de sugerencias que no sólo reduciría
el costo sino también el tiempo requerido para registrar una empresa
usando la Internet y otras tecnologías de la conectividad.
El reporte de Fusades abre la puerta para muchísimas ideas que
toman ventaja de las nuevas tecnologías para resolver problemas
enormes y aumentar de forma drástica la competitividad del país.
Este tipo de ideas son sumamente útiles porque ponerlas en práctica
requiere muy poco dinero pero los resultados positivos que pueden esperarse
de ellas son enormes. En artículos posteriores citaré de
nuevo algunas de estas ideas.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

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