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Economía para todos
Padre sensato, hijo economista...

Así como muchos medicamentos vienen con una indicación que nos advierte sobre los efectos secundarios que ocasiona su consumo, sería maravilloso que las decisiones económicas trajeran un prospecto similar

Publicada 18 de abril de 2006 , El Diario de Hoy

Alejandro Alle*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Esta es la historia de los Merton, padre e hijo, ambos destacadísimos académicos estadounidenses, con antecedentes curriculares impresionantes.

El padre, Robert K., se doctoró en Harvard en 1939, y el hijo, Robert C., en el Massachusetts Institute of Technology en 1970. Dos capos, ¿vio?

El padre, Robert K., fue quien desarrolló el concepto de la “ley de las consecuencias no previstas”, frecuentemente citada pero raramente definida…, que es de gran importancia para el entendimiento de muchas situaciones que se presentan en las ciencias sociales. Como la economía, claro.

El hijo, Robert C., fue quien ganó el premio Nobel en 1997 (de economía, claro) por haber desarrollado un método novedoso para determinar el valor de ciertos productos financieros llamados derivados. Pero usted no se asuste con esas complejidades, porque aquí el tema es otro.

La “ley de las consecuencias no previstas” dice que en toda decisión económica, sea de una persona, de una empresa o de un gobierno, existirán siempre efectos secundarios que no habrán podido ser adecuadamente anticipados ni previstos. ¿A qué se debe? Piano, piano, si va lontano.

Así como muchos medicamentos vienen con una indicación que nos advierte sobre los efectos secundarios que ocasiona su consumo, sería maravilloso que las decisiones económicas trajeran un prospecto similar, alertándonos sobre sus “consecuencias no previstas”.

Lástima que ese prospecto no existe…, por lo cual siempre habrá que analizar caso por caso, tarea que sin embargo no es tan difícil, e inclusive muchas veces resulta obvia…, requiriendo sólo un poco de sentido común.

El padre, Robert K., se basó en su formación de sociólogo para identificar las principales causantes de “consecuencias no previstas” en las decisiones económicas, habiéndole dado un lugar destacado a las tres siguientes: la “ignorancia”, el “cortoplacismo” y el “error”.

En mayor o menor medida, en nuestras decisiones siempre deberemos lidiar contra tales problemas, pues a la “ignorancia” sólo podremos combatirla, apenas parcialmente, informándonos lo mejor que nos sea posible.

¿Información perfecta?, ¿mercados perfectos?, ¿competencia perfecta? No existen (seamos humildes, please). No se debería hablar de “perfección” en una ciencia social (pese a que muchos libros de texto lo hacen…). ¡Ah!, burócratas perfectos, tampoco existen (siempre lo supo, ¿no?).

Sobre la tendencia humana a sobre-enfatizar el “corto plazo”, pocos lo expresaron con tanta claridad como Henry Hazlitt en su libro “Economía en una lección” de 1946, principalmente enfocado a analizar las decisiones gubernamentales.

En efecto, luego de múltiples ejemplos cotidianos, Hazlitt resume su obra con la siguiente frase: “la ciencia económica no sólo debe prestarle atención a los efectos de corto plazo de una decisión, sino a los de más largo alcance. Y debe analizar las consecuencias de tal decisión no sólo en un grupo de interés, sino en toda la sociedad”.

Con respecto al “error”, el más común es suponer que un conjunto de complejas ecuaciones matemáticas puede reflejar adecuadamente la realidad económica.

El hijo, Robert C., siempre tuvo una marcada inclinación por la matemática, cuyo uso le sirvió para ganar prestigio y premios en el campo de la economía teórica, pero cuyo abuso le hizo cometer graves errores en los negocios (nene, ¡largá la calculadora!).

Como veremos, hubiera sido mejor un poco menos de ecuaciones…, y un poco más de atención a la “ley de las consecuencias no previstas”, desarrollada por su padre.

¿Cuál fue su error? Luego de haber desarrollado, junto con Fischer Black y Myron Scholes, un modelo matemático revolucionario en el mundo de las finanzas, por cuya razón ganó el Nobel, atrajo la atención de Wall Street al organizar en 1993 un fondo de inversiones llamado Long-Term Capital Management (LTCM).

LTCM se caracterizaba por el uso intensivo (¿indiscriminado?) de complejísimos modelos matemáticos desarrollados por Robert C. Merton, en base a los cuales se tomaban todas las decisiones de compra y venta.

Todo funcionó bien hasta que en 1997 se produjeron las crisis financieras de los tigres del sudeste asiático, y luego en Rusia…, las cuales no habían sido contempladas en esos modelos matemáticos (¡oops!).

¿Moraleja? Esta historia del “Padre e hijo”, que no es la de Cat Stevens, nos muestra que la realidad económica no cabe en una ecuación, por más que la haya desarrollado un premio Nobel.

Hasta la próxima.

*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

 

 

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