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“No desalojaremos a nadie”

Determinación. El obispo Medardo Gómez dice que el terreno volverá a la Iglesia por decisión de Insafocoop. Gómez respalda a José Molina, asegurando que éste es honrado.

Publicada 27 de marzo 2006, El Diario de Hoy

Víctima. Michael Jordan, el niño que perdió la voz cuando se quemó. Foto EDH

Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

El representante del Sínodo Luterano Salvadoreño, obispo Medardo Gómez, aseguró que no está pensando en desalojar a ninguna familia de la comunidad que lleva su apellido y el de otro religioso que vive en EE.UU.

Acepta, sin embargo, que el terreno que en 1996 donó a la comunidad pasaría nuevamente a ser propiedad de la Iglesia.


Gómez explica que lo anterior no es una decisión de la Iglesia sino de Insafocoop, entidad que, según el declarante, la devolverá a la congregación “para que ésta actúe con justicia”, para no discriminar a nadie. “Es una decisión salomónica de Insafocoop, que ha ordenado la liquidación de la cooperativa (Acoviacut), la que ha determinado que el terreno regrese a la Iglesia”, sostuvo el obispo luterano.


El plan de la congregación es que todos cumplan con el compromiso de pagar su vivienda en el aspecto de ayuda mutua.

Ese dinero, según Gómez, iría al fondo de otra cooperativa comunal, que sería creada tras la liquidación de Acoviacut, que tendría el compromiso de invertirlo en obras en beneficio comunal.


Según Gomez, la idea de que pagaran por el terreno y la casa era algo que desconocía y que fue iniciativa de la cooperativa.


A criterio de Gómez, como en la comunidad hay gente que ya pagó, se buscará que los demás lo hagan también para que haya justicia.


El obispo luterano tambén respaldó a José Molina, diciendo que no creía en las acusaciones que le hicieron.


Aseguró que la comunidad estaba dividida entre los que querían pagar y los que no, y de ahí había surgido la acusación.

Gómez también rechazó los señalamientos de que laIglesia Luterana hubiese recibido dineros aportados por la comunidad.


El obispo luterano enfatizó que no había ningún deseo de parte de su congregación en obtener un beneficio económico. “La Iglesia no está cobrando ni revendiendo nada. Sólo busca hacer justicia”, explicó.


“Mi niño no se habría quemado”

De todas las anomalías que sucedieron en la comunidad Gómez Anderson, quien sacó la peor parte fue Michael Jordan Andrade, un niño con parálisis total en su cuerpo.

Los padres de Michael fueron los primeros en llegar a la comunidad a cuidar el terreno y luego a trabajar en la modalidad de ayuda mutua en la edificación de las primeras 32 casas de la comunidad.


Los esfuerzos rindieron frutos. La familia obtuvo la casa número 31 del Pasaje Molina (nombrado así en honor de José Molina).


Pero resulta que el temperamento de Dina Isabel la llevó a liarse en continuas discusiones con otras mujeres de la vecindad.


Fue después de una riña que José Molina la expulsó de su vivienda bajo pretexto de que Dina era una vecina problemática.


La mujer con su marido y sus tres hijos se instalaron entonces en una champa de lámina en un rincón de la comunidad.

Dina echaba tortillas para sobrevivir y un día que se fue a hacer masa, dejó a sus tres niños bajo llave. Afuera dejó un fuego encendido en la cocina. Eran las tres de la tarde, recuerda.

La inquietud de un niño lo llevó a salirse de la casa por un hueco para encender una vela, luego volvió a la casa y la puso cerca de un montón de ropa.


En un descuido del niño, la ropa tomó fuego y la champa se incendió. El niño travieso logró salirse, no así Michael, que debido a su parálisis no pudo moverse.


Aunque las llamas no lo abrasaron, el calor de las láminas le provocó graves quemaduras en el 90% de su cuerpo. A consecuencia de eso perdió la voz y sufrió por varios años las curaciones a que es sometido un quemado.


Luego de ese accidente y por mediación de muchos vecinos, José Molina le dijo a Dina que “le daría otra oportunidad”.

Pero como la casa de donde Dina fue expulsada, Molina se la dio a otra persona, la mujer y su marido tuvieron que trabajar por otros años más para granjearse otra.


“Si Chepe Molina no me hubiera sacado de la casa, mi niño no se hubiera quemado. Pero como se creía el mandamás del proyecto había que hacer lo que él decía”, comenta Dina, agregando que la casa que le quitaron se la dieron a una residente en Estados Unidos.


“Me sacaron sólo por odios”

Recuerdo. Juan Francisco García señala el sitio donde estaba la casa donde vivía hasta que fue demolida por rencillas personales. Foto EDH

Aquel Domingo de Ramos del 2004, Juan Francisco García estaba dentro de su casa cuando escuchó golpes de almádanas en las paredes de su casa.


Cuando salió a ver, era José Molina, una mujer de nombre Leonila Martínez y un puñado de cipotes pagados por el primero que derribaban la casa para expulsarlo.


“Mire, sólo porque Dios es grande no me metí en un problema más grande. Yo estaba a dos pasos de agarrar el machete y darle a Chepe Molina”, relata el hombre que ahora vive de posada un cantón de Chalatenango.


Juan no lo dice, sino todos los que conocen su historia en la comunidad. El fue uno de los primeros que trabajó con tesón en la construcción del proyecto.


Pero los odios contra Juan comenzaron cuando éste fue viendo que las cosas no iban bien. Allí notó un cambio en Chepe Molina y Leonila Martínez hacia él, porque vieron que se puso de lado del resto de la comunidad.


“Luego vinieron los problemas y que la comunidad ya no quería a Chepe Molina como presidente”, refiere Juan.


Aquel domingo, aún con mucha paciencia, le pidió a Molina que le diera una casa de esquina que estaba deshabitada. Pero Molina le dijo que no podía.


Juan cuenta que un tal Gerardo Quintanilla, ajeno a la comunidad, le dio posada al ver la desgracia.


“No se abata, maishtro, yo le voy a dar donde viva para mientras”. Fue en el mismo pick up de Quintanilla que Juan cargo sus escasos cachivaches y se marchó.


Atrás quedaban varios años de trabajo que aquel hombre había prodigado en comunidad con la esperanza de que también lograría una casita para vivir. El sitio donde Juan vivió por unos días, aún está sin construir. “Con una champita de láminas me conformaría”, sostiene.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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