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| Víctima. Michael Jordan,
el niño que perdió la voz cuando se quemó. Foto
EDH |
Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El representante del Sínodo Luterano Salvadoreño, obispo
Medardo Gómez, aseguró que no está pensando en desalojar
a ninguna familia de la comunidad que lleva su apellido y el de otro religioso
que vive en EE.UU.
Acepta, sin embargo, que el terreno que en 1996 donó a la comunidad
pasaría nuevamente a ser propiedad de la Iglesia.
Gómez explica que lo anterior no es una decisión de la Iglesia
sino de Insafocoop, entidad que, según el declarante, la devolverá
a la congregación “para que ésta actúe con
justicia”, para no discriminar a nadie. “Es una decisión
salomónica de Insafocoop, que ha ordenado la liquidación
de la cooperativa (Acoviacut), la que ha determinado que el terreno regrese
a la Iglesia”, sostuvo el obispo luterano.
El plan de la congregación es que todos cumplan con el compromiso
de pagar su vivienda en el aspecto de ayuda mutua.
Ese dinero, según Gómez, iría al fondo de otra cooperativa
comunal, que sería creada tras la liquidación de Acoviacut,
que tendría el compromiso de invertirlo en obras en beneficio comunal.
Según Gomez, la idea de que pagaran por el terreno y la casa era
algo que desconocía y que fue iniciativa de la cooperativa.
A criterio de Gómez, como en la comunidad hay gente que ya pagó,
se buscará que los demás lo hagan también para que
haya justicia.
El obispo luterano tambén respaldó a José Molina,
diciendo que no creía en las acusaciones que le hicieron.
Aseguró que la comunidad estaba dividida entre los que querían
pagar y los que no, y de ahí había surgido la acusación.
Gómez también rechazó los señalamientos de
que laIglesia Luterana hubiese recibido dineros aportados por la comunidad.
El obispo luterano enfatizó que no había ningún deseo
de parte de su congregación en obtener un beneficio económico.
“La Iglesia no está cobrando ni revendiendo nada. Sólo
busca hacer justicia”, explicó.
“Mi niño no se habría quemado”
De todas las anomalías que sucedieron en la comunidad Gómez
Anderson, quien sacó la peor parte fue Michael Jordan Andrade,
un niño con parálisis total en su cuerpo.
Los padres de Michael fueron los primeros en llegar a la comunidad a cuidar
el terreno y luego a trabajar en la modalidad de ayuda mutua en la edificación
de las primeras 32 casas de la comunidad.
Los esfuerzos rindieron frutos. La familia obtuvo la casa número
31 del Pasaje Molina (nombrado así en honor de José Molina).
Pero resulta que el temperamento de Dina Isabel la llevó a liarse
en continuas discusiones con otras mujeres de la vecindad.
Fue después de una riña que José Molina la expulsó
de su vivienda bajo pretexto de que Dina era una vecina problemática.
La mujer con su marido y sus tres hijos se instalaron entonces en una
champa de lámina en un rincón de la comunidad.
Dina echaba tortillas para sobrevivir y un día que se fue a hacer
masa, dejó a sus tres niños bajo llave. Afuera dejó
un fuego encendido en la cocina. Eran las tres de la tarde, recuerda.
La inquietud de un niño lo llevó a salirse de la casa por
un hueco para encender una vela, luego volvió a la casa y la puso
cerca de un montón de ropa.
En un descuido del niño, la ropa tomó fuego y la champa
se incendió. El niño travieso logró salirse, no así
Michael, que debido a su parálisis no pudo moverse.
Aunque las llamas no lo abrasaron, el calor de las láminas le provocó
graves quemaduras en el 90% de su cuerpo. A consecuencia de eso perdió
la voz y sufrió por varios años las curaciones a que es
sometido un quemado.
Luego de ese accidente y por mediación de muchos vecinos, José
Molina le dijo a Dina que “le daría otra oportunidad”.
Pero como la casa de donde Dina fue expulsada, Molina se la dio a otra
persona, la mujer y su marido tuvieron que trabajar por otros años
más para granjearse otra.
“Si Chepe Molina no me hubiera sacado de la casa, mi niño
no se hubiera quemado. Pero como se creía el mandamás del
proyecto había que hacer lo que él decía”,
comenta Dina, agregando que la casa que le quitaron se la dieron a una
residente en Estados Unidos.
“Me sacaron sólo por odios”
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| Recuerdo. Juan Francisco García
señala el sitio donde estaba la casa donde vivía hasta
que fue demolida por rencillas personales. Foto
EDH |
Aquel Domingo de Ramos del 2004, Juan Francisco García estaba
dentro de su casa cuando escuchó golpes de almádanas en
las paredes de su casa.
Cuando salió a ver, era José Molina, una mujer de nombre
Leonila Martínez y un puñado de cipotes pagados por el primero
que derribaban la casa para expulsarlo.
“Mire, sólo porque Dios es grande no me metí en un
problema más grande. Yo estaba a dos pasos de agarrar el machete
y darle a Chepe Molina”, relata el hombre que ahora vive de posada
un cantón de Chalatenango.
Juan no lo dice, sino todos los que conocen su historia en la comunidad.
El fue uno de los primeros que trabajó con tesón en la construcción
del proyecto.
Pero los odios contra Juan comenzaron cuando éste fue viendo que
las cosas no iban bien. Allí notó un cambio en Chepe Molina
y Leonila Martínez hacia él, porque vieron que se puso de
lado del resto de la comunidad.
“Luego vinieron los problemas y que la comunidad ya no quería
a Chepe Molina como presidente”, refiere Juan.
Aquel domingo, aún con mucha paciencia, le pidió a Molina
que le diera una casa de esquina que estaba deshabitada. Pero Molina le
dijo que no podía.
Juan cuenta que un tal Gerardo Quintanilla, ajeno a la comunidad, le dio
posada al ver la desgracia.
“No se abata, maishtro, yo le voy a dar donde viva para mientras”.
Fue en el mismo pick up de Quintanilla que Juan cargo sus escasos cachivaches
y se marchó.
Atrás quedaban varios años de trabajo que aquel hombre había
prodigado en comunidad con la esperanza de que también lograría
una casita para vivir. El sitio donde Juan vivió por unos días,
aún está sin construir. “Con una champita de láminas
me conformaría”, sostiene.

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