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Conflicto
Unicef e Isna difieren por atención a niños

Esfuerzo. La falta de políticas hacia los agresores es, para el organismo, la causa de que muchos infantes sacados de sus hogares se queden en los albergues.

Publicada 27 de marzo 2006, El Diario de Hoy

Yamileth Cáceres
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Acaba de cumplir tres años y desde hace dos meses vive en un albergue del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y Adolescencia (Isna). En su casa, con su madre y su padastro, lejos de recibir amor, se ganaba castigos. Casi siempre cuando ellos se peleaban.

Aunque la niña no lo explique bien, las señales en su cuerpo dan fe de sus primeros pasos por la vida. Como ella, por motivos como el maltrato y los problemas en el seno familiar, 485 han sido trasladados a distintos hogares de la institución en los dos primeros meses del año. Como ella, muchos de esos niños se despidió de sus padres y de su familia para siempre.


Según las estadísticas del Isna, casi la mitad de los menores fue internado en un hogar al no hallar un familiar que se responsabilizara de ellos. Un hogar sustituto, otro albergue institucional, con suerte una adopción, será el camino que se vislumbre para muchos de ellos.

Miriam de Figueroa, representante de la Unicef en el país, critica la falta de programas dirigidos a rehabilitar a los padres y, por lo tanto, devolver a ese pequeño a su hogar.

“La violación más grande es cuando al niño se le quita del seno de su familia y se le priva el derecho de la familia y pasa hacer un niño institucionalizado”, apuntó de Figueroa, al referirse a lo que denominó “el problema más serio que encontramos”.

La responsables de Unicef apuesta por la creación de una normativa, más allá del actual Código de la Niñez, que integre programas que atiendan los problemas que aquejan a los padres agresores.


Para Margarita de Barrios, sicóloga del Isna, la entidad se encarga de dar terapia a los padres o el familiar responsable de la vulneración de los derechos del niño. La víctima también recibe atención sicológica.


La última medida, según la doctora, es lo que llama “la institucionalización” del infante. Previo a ello buscan un familiar que ofrezca las condiciones que garanticen sus derechos.
Cada caso amerita un seguimiento máximo de seis meses, tiempo después, el expediente se cierra y el pequeño pasa a depender del Estado.

Unicef tiene claro que en un país sacudido por la violencia la labor de entes como el Isna debe ir más allá de unas simples sesiones de terapia.

María Teresa de Mejía, responsable de políticas públicas del organismo internacional, manifestó que el Isna no ofrece las condiciones necesarias para que un padre cambie de actitud y corrija sus errores.


“Las investigaciones son demasiado engorrosas, el niño se manda al hogar y ahí se deja, ya no se manda a la casa con sus padres”, añadió la especialista.


Para Mejía, la carencia de programas integrales frena la opción de rehabilitación de los padres, sea el problema que sea, y la apertura de espacios donde se desarrollen, accedan a un empleo y devuelvan la armonía al hogar.

“De eso muy poco se está haciendo, el Isna se ha concentrado en recibir y atender a los niños, hay que sanear la relación”, agregó Mejía.


Alfonso Quinteros, juez primero de familia, explicó que sólo en los casos en que el infante corre algún riesgo es separado de la familia. Un equipo de trabajadores sociales y sicólogos realizan una investigación, de dos semanas como máximo, que sirve de base al juez para que dicte la medida conveniente.


Quinteros indicó que una orden puede ser revertida si los padres demuestran un cambio de conducta. La realidad, según puntualiza el abogado, es que muy pocos dan un giro a su vida para buscar a sus hijos internados.

Para el juez primero de familia, el Estado es el responsable de garantizar los espacios para facilitar ese cambio.

Ése órgano cuenta con centros de atención sicosocial para tratar a las víctimas. De esta forma se busca cierto acercamiento con los agresores para que también acudan a las terapias.

La violencia en el hogar es variada y muchas veces está relacionada con la desintegración familiar, hogares donde falta uno o los dos miembros responsables de la educación de los hijos.


La Encuesta Nacional de Salud Familiar de 2002/2003 deja claro que la violencia ha echado raíces en los hogares: el 23.5 por ciento de las mujeres entre los 15 a 49 años reporta haber sido víctima de algún tipo de maltrato cuando era menor de 18 años. En un 55 por ciento, las féminas dijeron haber recibido algún castigo.


De enero hasta los primeros días de marzo ingresaron al Isna 807 niños, de ellos 488 se colocaron en un hogar, 195 con 30 días de investigación para determinar si son regresados con sus padres.


Desconfianza crece a la par del maltrato

A juicio de la sicóloga Margarita Mendoza Burgos, toda niña que ha recibido alguna agresión se vuelve recelosa ante los adultos.

Para el caso de la adolescente, comentó que tendrá dificultades para amar y podría volverse amargada.

Si llega a tener una familia es posible que los trate de la misma manera en que ella “fue educada”.


“Los sentimientos más comunes suelen ser depresión, revanchismo, odio hacia todo y a la vez sentimiento de infravaloración”, agregó Mendoza Burgos.

Uno de los problemas es que la adolescente tenía una vida que no le correspondía según su edad.


La profesional comentó que este caso no es aislado y obedece a la falta de responsabilidad de los padres en un país donde se carece de políticas gubernamentales hacia la niñez.

Castigo: le tiraron aceite en las manos

Tenía la responsabilidad de una madre y a penas comenzaba su adolescencia. Cada vez que su progenitora iba a trabajar, se quedaba a cargo de sus tres hermanos. Cuando no cumplía bien la tarea era maltratada.

Un día, mientras la niña cocinaba un huevo, algo no salió del agrado de su madre. La mujer perdió el control y le lanzó el aceite en las manos.

Las quemaduras afectaron la mayor parte de los miembros. La joven se curó como pudo hasta que un día, mientras compraba, unos vecinos vieron las cicatrices y denunciaron el caso.

El personal del Isna chequeó el cuerpo de la menor. Además de las marcas en las manos, tenía moretes en los pies, originados con un cable.


Al final, la niña fue remitida por el Isna a la casa de la abuela paterna, donde vive en la actualidad.

Los recuerdos imborrables

Más allá de cuándo recibieron las agresiones, el efecto es igual de perjudicial. Lo que cambia, al final, es la manera en cómo lo expresará ya que dependerá de la personalidad de cada niño.

Como explica la sicóloga Margarita de Burgos, otro de los factores que influye en el comportamiento es la severidad del castigo recibido y lo prolongado de éste.

“De alguna manera siempre se recuerdan ese tipo de hechos que experimentó”, dijo la especialista.

En muchas ocasiones, las imágenes no son claras, pero siempre le llegan a la mente aquellos malos momentos por los que atravesó.
“Se les ilumina algo en la cabeza, pero hay gente que tiene vivido el maltrato”, agregó la profesional.


Otra de las situaciones que se presenta es que las personas bloquean los recuerdos, pero el daño siempre se va a producir.

Para evitar este tipo de circunstancias, los personas deben planificar bien su familia.

“La niña no lo veía como un maltrato”

Creció en un ambiente donde los gritos y los golpes eran el pan de cada día. Quizás por su corta edad y porque no había conocido otra cosa, todo le parecía normal.


Hasta las señales en su cuerpo las veía como parte de ese hogar que, por veces, temblaba por las peleas entre su madre y su padrastro.


Nelson Menjivar, técnico jurídico del Isna, expresó que la menor tenía “moretes” en la espalda, piernas y rostro.

“La niña no lo veía como maltrato sino como un castigo”, comentó Menjivar.


Tanto su madre como el compañero de ella encontraban en la niña una forma de desahogo.


Aquel que le podría ayudar, su padre, hacía tiempo que se había ido del país con rumbo a los Estados Unidos.

Padres, los agresores por excelencia

A la hora de señalar a los responsables del maltrato en el hogar, el Isna, según la información que recibe, no se anda con rodeos: los principales agresores son los padres. Y si se profundiza un poco más, la madre aparece en primer lugar.


Según Miriam de Figueroa, representante de Unicef en El Salvador, una de las razones por las que a la progenitora se le achaca ese papel es que, en el país, el 30 por ciento de los hogares es manejado por una mujer.


De Figueroa expresó que hay varios estudios donde se demuestra que la violencia tiene su razón de ser en unos padres de familia que han sido educados de la misma forma. “La preocupación es muy seria por eso se debe trabajar con la familia, con la comunidad”, añadió.


Para Ricardo Lemus, jefe del departamento del Cuerpo Protector y Protección en Medio Abierto del Isna, la preocupación es compartida. “Los padres no los están educando como debe ser, sino que les está fallando a su hijo, en consecuencia, el niño va a ser un menor que va a manifestar rebeldía”.


La sicóloga María Ofelia Maradiaga hace énfasis en algunos factores como la inestabilidad emocional y económica, en parte derivadas de desintegración familiar, que favorecen el hecho de que la progenitora dañe a sus hijos.


“Es a la madre a la que se le deja la mayor responsabilidad y ese estrés es lo que la lleva a amar tanto a su hijo, pero a violar sus derechos”, agregó Madariaga.


Según el Isna, en 2005, de cada diez niños, cinco señalaron a su progenitora como la responsable del maltrato.

Frenan cambio de conducta “a golpes”

Los especialistas identifican dos periodos donde los derechos de la niñez tienden a violarse con más frecuencia: la edad preescolar y la adolescencia.

Para Ofelia Maradiaga, sicóloga del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y Adolescencia (Isna), el problema está ligado a los cambios de actitud del joven y a la falta de herramientas por parte de los padres para tratar esa nueva actitud.

Maradiaga explicó que la adolescencia es la etapa en la que surgen los desacuerdos más agudos con los padres de familia. En muchos casos, estos desembocan en daño verbal y físico.

En los preescolares, el problema se da porque los niños se vuelven caprichosos, con rabietas e inquietos. “En muchos casos, los padres no están preparados para atenderlos, lo que hacen es castigarlos”, comentó la especialista.


Aunado a los cambios de conducta en el joven está la realidad que envuelve a la madre o el cabeza de familia. La falta de una pareja estable y los problemas económicos empujan, según la especialista, a tratar a los infantes “de maneras que no son correctas”.


El maltrato físico y emocional es una de las razones por las cuales atienden a más jóvenes en el Isna. Sólo en 2005, 423 niños ingresaron por esta causa, más de uno por día.


Según la Encuesta Nacional de Salud Familiar (Fesal 2002/2003), en el país, entre los castigos más comunes está golpear a los infantes con el cincho, palo o lazo.

No son los únicos: hincar en maíz o con algo en la cabeza, golpes en los pies u otras lesiones forman parte del legado de aberraciones dirigidas hacia los pequeños.

Violencia forja niños inestables que viven “en un mundo hostil”

Un menor que ha sufrido algún tipo de maltrato, por lo general, tiende a ocultar sus viviencias y se hace introvertido. Responde a los golpes del exterior con un encierro interior.


Los sicólogos entrevistados coinciden en algún gestos que delatan el pasado de muchos jóvenes. Al preguntarles por su situación personal, bajan la mirada, no contienen el llanto y se quedan en completo silencio.


Para Ofelia Maradiaga, del Isna, estas reacciones acostumbran a indicar que que hubo violencia en el hogar donde residía.


Las consecuencias de esa violencia tampoco son despreciables. Desde inestabilidad emocional hasta problemas de aprendizaje, el niño maltratado suele arrastrar diversas secuelas.

Maradiga comentó también que los jóvenes tienen pesadillas y miedo a la oscuridad. “Sienten que les va a pasar algo, que los persiguen”, añadió la especialista.


Su colega Margarita Mendoza añadió que estas personas no están aferrados al mundo. “ No lo ven como algo bonito sino hostil, pueden llegar a tratar de hacerse daño”.


La ayuda sicológica es fundamental para el infante. También aconseja a los padres separarse de su pareja si observa que está agrediendo a su hijo.

“La madre no tenía control sobre ella”

n Maltratada por su madre, decidió escapar y buscar apoyo en su abuela. El destino le deparó más violencia.

La adolescente pasaba la mayor parte del día sola. Su madre y compañía trabajaba de sol a sol.


Cuando llegaba de laborar encontraba a su hija en la calle, casi siempre con unos jóvenes que no eran de su agrado.


Según el expediente de la joven, cuando su progenitora la hallaba en la calle, la entraba a empujones y le tiraba del cabello. “La niña pasaba bastante tiempo en la calle porque la madre no tenía ningún control sobre ella”, dijo Nelson Menjivar, del Cuerpo Protector de Menores.

La adolescente decidió abandonar su vivienda y se refugió con su abuela. Empezó otro tipo de violencia: la sicológica.
La joven se despertaba con expresiones como “no vales para nada”.

Investigación perfila futuro del joven

n Todas las medidas adoptadas por el Isna se realizan después de indagar la situación en la que vive el infante, expresó Margarita de Barrios, sicóloga de la institución.


La entidad actúa luego de una denuncia y cuando los casos son remitidos por la Policía Nacional Civil y Juzgados de Familia.
Cuando reciben una queja, el trabajador social realiza una visita al hogar para verificar los datos, entrevistar a los padres, los familiares y vecinos.


Sí corroboran cualquier tipo de violación de los derechos de los menores y que la vida de ellos está en riesgo, entonces optan por sacarlos del hogar.


Durante el proceso de indagación, los infantes permanecen en la base central. Según el informe final, los jóvenes son reintegrados a sus padres, con un familiar o internados.

De Barrios, sicóloga del Isna, comenta que se trata de concienzar a los padres del daño que le están haciendo al menor y que corre el riesgo de perder la autoridad parental sino demuestra un cambio de actitud.


En el instituto, las víctimas reciben atención sicológica y médica. También las envían a la escuela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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