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Luis Fernández
Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Pues sí. En eso estamos. Mejor dicho: en eso están. Son
muchos, muchísimos, los que se dedican a masificar a la gente,
a entontecerla, ¡y vaya si lo consiguen! Yo no. Yo voy a contracorriente.
En modesta categoría, pero me declaro socrático: tábano
puyando sobre el lomo de la adormecida sociedad, cada vez más vacuna
o aborregada, dispuesta a tragarse toda la información deformada
que afluye por muy diversos cauces.
Hay que jugar a la creciente personalización de la gente. Y no
le echemos la culpa de la creciente masificación a nuestra izquierda
marxista --esa minoría que no ha leído ni siquiera a Carlos
Marx-- porque ella más que masificar, asilvestra; listos siempre
para rugir y destrozar. No, no es de ahí. Es desde fuentes presuntamente
liberales y democráticas de donde nos llega la globalización
vacíadora de las conciencias y muchos encumbramientos inmerecidos.
Veáse, por ejemplo, la apoteosis mediática, casi universal,
del ex-presidente de Chile, Lagos, y de su sucesora la presidenta Bachelet.
¿Refleja toda la realidad de lo que allí ocurre? ¿Se
progresa allí en humanidad o en decadencia moral?
Hay que aborrecer la masificación porque no es otra cosa que deshumanización,
aunque se adorne con una profusión de adelantos tecnológicos.
Y los periodistas no podemos quejarnos porque muchos, entre nosotros,
contribuyen en gran medida a ensalzar lo superficial, lo frívolo,
lo inmoral, cuando no abiertamente lo obsceno o lo degenerado. Mucho gritar
en defensa de la libertad de información y poco en defensa de la
veracidad de información.
A nivel global, casi toda la información que nos llega viene a
difundir y exaltar los contra-valores de la post-modernidad. Todavía,
como señalé en anteriores artículos, hay quien vive
en la Ilustración del Siglo XVIII, sin saber que es un cadáver.
Pero la modernidad, antes de morir, dio a luz un engendro delicuescente
y resbaladizo, pero más eficaz: la postmodernidad. En ella estamos.
Su espíritu no condena casi nada, porque no cree en casi nada.
No mata con violencia, sólo envenena poco a poco y de manera suave.
El placer, cualquier placer, todo placer, y la comodidad son sus armas.
Odia lo absoluto. Odia la verdad, toda verdad. Odia el bien, todo verdadero
bien.
Pregunten a la gente joven. Si usted les suelta la palabra “verdad”
muchos les dirán: “No hay verdades absolutas, todas son relativas”.
Un amigo mío, entonces, les contesta: -¿Está usted
seguro? y suelen responder: -”Sí, sí, absolutamente
seguro”. Después, algunos de ellos se dan cuenta de que se
han ahorcado con su propia cuerda dialéctica. Otros, ni siquiera
eso. De hecho, la palabra “verdad” va siendo sustituida por
“correcto” y la palabra “bien” y “bueno”
por “válido”, donde cabe cualquier sentido: utilitario,
mayoritario, etc., sin fuertes compromisos.
El poeta francés Víctor Hugo definía al ser humano
como un ser vivo “con alas y raíces”. En su Siglo XIX
eso era una verdad muy vivida en la civilización que es también
la nuestra. Todavía en los comienzos del XX, todos los jóvenes
europeos tenían aún fuertes conocimientos humanísticos:
en filosofía, literatura, geografía e historia universales
--eran gran parte de las alas-- y firmes amores patrióticos alimentados
en la literatura y la historia de sus países respectivos, a los
que se unían fuertes valores familiares y religiosos --eran las
raíces.
Después vinieron las dos terribles guerras, la europea y la mundial,
que atacaron tanto a las alas como a las raíces. A muchos intelectuales
de origen muy diverso, la tragedia enorme de las muertes y sufrimientos
por millones de hombres, les llevó a la desesperación del
existencialismo (Camus, Sartre, Heidegger) o al hallazgo de Cristo y la
conversión al cristianismo, muy especialmente al catolicismo: así,
por ejemplo, Claudel, Marcel y Maritain, en Francia; Tolkien, Waugh y
Chesterton, en Inglaterra; Stein, von Hildebrand y Jünger en Alemania;
Papini, Messori y el rabino Zolli, en Italia.
En la América hispana, un país como es Chile, con un conocimiento
grande, por casi toda la población, de la propia historia, sin
deformaciones laicistas o marxistas, no es raro que haya llegado donde
está. Falta saber si el socialismo imperante será sólo
una enfermedad pasajera o el comienzo creciente de la globalización
mental. México es la contrapartida, donde sigue vigente una historia
oficial y unos padres de la patria más falsos que Judas. Cualquiera
que sean sus logros económicos, si sigue traicionando sus raíces
y sus alas, siempre estará en agonía.
En cuanto a Centro América y más propiamente a El Salvador,
espero poderles dar mi opinión próximamente.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
lfcuervo@telemovil.net

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