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Analizando
Responsabilidad ética del médico

Ahora, en la etapa de la paz, los médicos debemos asumir el papel adicional de convertirnos en agentes de cambio, para que una sociedad nueva germine abonada con el perdón y el olvido

Publicada 18 de marzo de 2006 , El Diario de Hoy

Napoleón Candray*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Fue de nuestros ideales juveniles de donde surgió la vocación por la medicina, la cual elegimos como ministerio de servicio para el resto de nuestros días. Mucho tiempo ha pasado desde entonces para aquellos que nacimos a la cintura del siglo anterior y que a caballo entre los dos siglos hemos experimentado el inefable sabor de grandes satisfacciones por los triunfos alcanzados y también por qué no, el sabor amargo de algunos sinsabores. Cualquier cosa se podría decir de este período, menos que haya sido de indiferencia.

Durante ese lapso temporal hemos asistido, no sólo como espectadores, sino también como protagonistas, al maravilloso progreso de la medicina como ciencia. Somos los mismos médicos que antes se asombraron por las revelaciones del mundo microscópico de la célula y que ahora estudiamos la genética con una curiosidad atrevida; somos aquellos a quienes deslumbra el progreso que va desde la ahora humilde radiografía hasta la soberbia y casi artística resonancia magnética que revela con claridad el interior del cuerpo humano, antaño reservado para la deducción del saber médico, para el “ojo clínico”.

Se podrían enumerar de manera indefinida los muchos, variados y asombrosos progresos de la medicina científica. Sin embargo hay algo de la ciencia, de lo que no sólo nos servimos, sino de lo cual también debemos cuidarnos: en ningún momento la ciencia debe afectar la relación profesional-afectiva que se establece entre el médico y su paciente, ni mucho menos cerrar los oídos a la palabra del hombre que sufre. La ciencia que sirve a la humanidad genera siempre la esperanza renovadora y corresponde al médico servirse de ella, para aliviar el dolor y ofrecer consuelo a quien espera curación de él.

La guerra que padecimos hizo de los médicos testigos involuntarios de la crueldad humana, confirmando lo que ya intuíamos: nada hay que justifique que un ser humano inflija dolor o muerte a otro. No quisiéramos que se repitieran en nuestra historia aquellos terribles episodios.

Ahora, en la etapa de la paz, los médicos debemos asumir el papel adicional de convertirnos en agentes de cambio, para que una sociedad nueva germine abonada con el perdón y el olvido.

Si bien es cierto que los médicos enfrentamos ahora problemas nuevos que se suman a los antiguos en circunstancias nuevas, esto nos obliga a revisar la conducta profesional, así como también las metas y los valores que la rigen. Por ejemplo, nuestra actitud ante la eutanasia, la clonación o la prolongacion artificial de la vida.

Debemos hacerlo por emergencia reflexiva de cara a una sociedad materialista, pluralista e irrespetuosa ante la vida. Tenemos que revisar los conceptos de la ética médica ancestral para evitar que la comercializacion de la medicina como técnica eleve los costos médicos, hasta poner en entredicho los planes de salud, incluso de los países desarrollados. No olvidemos que la medicina es una ciencia centrada en la persona. Aplicar nuestra atención al paciente es un acto humanitario en el que la palabra tiene a menudo un mayor impacto curativo que la más avanzada tecnología.

A veces, en el seno de la profesión, se producen rivalidades entre los médicos, por lo que muchos consideran necesario impartir seminarios o realizar conversatorios abiertos en los que los médicos puedan dialogar y uniformar los criterios éticos de la medicina, ajustados al momento que vivimos, con el fin de mejorar la calidad de vida de las personas.

“Las obligaciones que el médico tiene con sus pacientes no se derivan de la ideología, la historia o la sociología de la profesión ni deben de estar influidas por el hecho de que la retribución por su servicio sea directa o indirecta, se deriva del impacto de la enfermedad sobre la condicion humana, de la vulnerabilidad de la persona enferma, de su necesidad de ser amparada y de la naturaleza intrínseca con el medico”.

Sobre el particular son las universidades las encargadas de renovar estos principios, incorporándolos a sus planes de estudio, como la ética y la historia de la medicina, materias lamentablemente ausentes en la mayoría de las facultades de medicina del país.

Los que ejercemos ya, con un buen tiempo recorrido, confiamos en que las universidades enseñen a los nuevos profesionales a estrechar aún más la relación que debe existir entre los médicos y sus pacientes.

*Oftalmólogo.

 

 

 

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