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La guerra fría tiene otra vida
Moscú. El mundo se enteró de que
una comisión parlamentaria italiana concluyó que la URSS
tomó, en 1981, la iniciativa para eliminar a Juan Pablo II.
Publicada 9 de marzo de 2006, El Diario de Hoy
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| Ataque. La inteligencia soviética encargó
a apoderados búlgaros ejecutar al Pontífice. Foto
The New York Times |
The New York Times
El Diario de Hoy
internacionales@elsalvador.com
El New York Times publicó lo siguiente en uno de sus editoriales:
Las retrospectivas de traiciones en torno a una guerra fría desaparecida
han sido recurrentes en las noticias.
Apenas la semana pasada, el mundo se enteró que una comisión
parlamentaria italiana concluyó que “más allá
de cualquier duda razonable, dirigentes de la Unión Soviética
tomaron en el año 1981 la iniciativa para eliminar al papa Karol
Wojtyla”, el pontífice polaco conocido como Juan Pablo II.
Más o menos al mismo tiempo, Mikhail Gorbachov atendía a
200 invitados eminentes en un restaurante elegante en Moscú, donde
festejaba sus 75 años y vilipendiaba a su sustituto ausente, Boris
Yeltsin.
Gorbachov acusó a Yeltsin de actuar por cuenta propia, traicioneramente,
para disolver la Unión Soviética en diciembre del año
1991.
“No sólo me traicionó a mí, sino a la nación”,
se lamentó el último líder soviético. “Es
un acto de traición imperdonable”.
Si existe un hilo común que atraviese estos puntos, es el indicio
de que las épocas históricas no desaparecen de manera definitiva
en un día determinado, ni siquiera en un año determinado.
La Guerra Fría tiene otra vida. Vive en rachas reflexivas que deambulan
por años, como discusiones no acabadas y preguntas no respondidas.
La evocación de Mikhail Gorbachov sobre “la característica
básica del carácter de Yeltsin, que es la venganza”
refleja más que el rencor de un político que obtuvo apenas
uno por ciento de la votación cuando contendió por la presidencia
de Rusia en 1996.
Impopular como es en su país, Gorbachov punteó profundas
cuerdas de la psique rusa cuando vilipendió a Yeltsin por traidor.
La dificultad de adaptarse a un estatus postimperial sigue siendo una
obsesión en Rusia, un país que está perdiendo población
en proporciones alarmantes.
A pesar de las ganancias imprevistas obtenidas con los altos precios del
petróleo, los rusos ven signos contradictorios de vitalidad y decadencia
todos los días.
No pueden evitar preguntarse si Gorbachov y Yeltsin malgastaron el lugar
legítimo que el país tenía en el mundo, una pregunta
que vuelve a surgir cuando los ucranianos se rebelan contra la influencia
del Kremlin, los georgianos rechazan el dominio de Rusia, y los chechenios
siguen combatiendo para renunciar a la federación rusa.
Patrones enraizados
Mientras los rusos aún batallan con la autocracia del Kremlin y
la nostalgia imperial, el informe italiano sobre el disparo contra el
papa Juan Pablo II muestra cuan profundamente enraizados están
los patrones de la Guerra Fría en Occidente.
Verdaderos o no, los alegatos del informe sobre un complot urdido por
la inteligencia militar soviética y encargado a apoderados búlgaros
para su ejecución, los izquierdistas italianos lo toman como un
ardid político puro y los derechistas, como un recordatorio oportuno
de otra forma de traición.
En los Estados Unidos, también, se pueden sentir las réplicas
de la Guerra Fría. El espionaje telefónico ilegal contra
los estadounidenses, la simulación de que los críticos de
este gobierno son tan débiles contra el terrorismo justo de la
misma forma en que otros lo fueron contra el comunismo, el mismísimo
concepto de otra guerra prolongada que puede justificar un montón
de prácticas que de otra forma serían inaceptables: se trata
de parásitos del pasado que se alimentan del presente.

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