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Esperanza

Las mujeres viviendo con VIH o Sida pueden dar a luz bebés completamente sanos


Publicada 1 de marzo 2006, El Diario de Hoy

Karina García
El Diario de Hoy
vida
@elsalvador.com

Idalia fue diagnosticada en etapa SIDA en 2000, cuando tenía 30 años.

Había escuchado hablar del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, pero nunca pensó que algún día conviviría con él. Siendo madre de dos chiquillos: una nena de 5 años y un pequeño de 3, se encerró en su vivienda luego de que le dieran los resultados de la prueba del VIH que le habían practicado en la Unidad de Salud.

“Llegaron a mi casa a buscarme, a decirme que tenía SIDA y que me iba a morir”, relata.

Los síntomas de Idalia comenzaron a finales de 1999. Empezó a padecer fiebres, diarreas, vómitos y a bajar de peso. Se sentía tan débil, que apenas podía caminar. Pasaba acostada en una colchoneta. Su hija mayor, Fernanda, la cuidaba. “Ella limpiaba, me llevaba al baño.

Se encargaba de su hermanito también. Lo bañaba, le daba de comer porque yo no podía”, prosigue. “Mi condición era prácticamente la de un cadáver cuando me llevaron a la Unidad de Salud”, sostiene.

El médico que la atendió le pidió que se realizara la prueba del VIH. Idalia, desconcertada, le preguntó porqué. El docente le contestó que era un examen de rutina. Lo que la tranquilizó. Sin embargo, cuando le notificaron los resultados, su estado de ánimo empeoró. “No me quería separar de mis hijos. No quería morir en un hospital” señala.

No contaba con el apoyo de nadie. El padre de sus hijos había emigrado a Estados Unidos luego de que la relación entre él e Idalia terminara. Pero de acuerdo a ella, no fue él quien le transmitió el VIH, sino su segunda pareja, para el tiempo en que esperaba a Daniel, su hijo menor.

Un diagnóstico de distrofia muscular a los dos años de nacido hizo que Idalia renunciara al trabajo que tenía en una maquila para dedicarse a su pequeño. “Me dijeron que iba a quedar en silla de ruedas. No tenía fortaleza en los músculos. Nadie quería cuidármelo y yo ganaba el sueldo mínimo. No podía pagarle bien a una persona para que lo hiciera, así que decidí quedarme en casa con él”, comenta.

Para sostener su hogar, Idalia comenzó a lavar ajeno, pero cuando enfermó sus ingresos monetarios cesaron. Hubo días en que no tenía qué darles a sus hijos. “Yo le decía a Dios: Señor, mis hijos tienen que comer”, indica. “Y era cuando más comían. Una semana la pasábamos con tortilla o pan con queso. A veces comían sólo ellos, pero eso era lo importante”, añade.

Fue este panorama el que llevó a la familia de Idalia a pensar que sus padecimientos eran producto de una severa depresión y no de SIDA como lo había indicado el médico.

Incrédulos, la llevaron a la Cruz Roja, donde le practicaron nuevamente la prueba del VIH. El resultado fue el mismo. De inmediato, la remitieron al Hospital Rosales. El año 2000 apenas iniciaba.

Idalia fue internada numerosas veces debido a la cantidad de infecciones que atacaron su organismo. Llegó a tal punto que varios galenos criticaban el trabajo del doctor que la atendía. “Le decían que por qué luchaba por un cadáver, si yo prácticamente estaba muerta”, explica.

Y es que a pesar de que la joven presentaba un sistema inmunológico claramente debilitado, su mente mantenía las ganas de vivir. Dos eran sus motivos: Fernanda y Daniel. Su fortaleza impresionó al personal médico. Comenzó su tratamiento con antirretrovirales. Su padre se dedicó a ella por completo. La situación en la que Idalia se encontraba hizo que ambos se acercaran luego de muchos años de lejanía.

La mejoría de su hija no se vio hasta 4 meses después. Ante el cuadro de la joven, los médicos recomendaron que se les practicara la prueba de VIH a los niños. Fernanda salió bien, pero su hermano, no. En agosto de 2000, Daniel se encontraba ya en etapa SIDA. Fue en ese período que se descubrió que en realidad no tenía distrofia muscular, sino que su padecimiento estaba asociado al virus.

Con la necesidad de un tratamiento y sin nadie que pudiera encargarse de él, el pequeño tuvo que ser entregado a un hogar con niños en la misma condición. “Yo pensé que era nada más mientras yo estaba enferma, pero después me explicaron que ya no podía optar a tenerlo conmigo a menos que una persona que no sea portadora se hiciera cargo de los dos”, relata.

“Tengo que esperar a que el niño tenga 18 años para que salga del hogar y apenas tiene 9”, prosigue con evidente tristeza. Para Idalia no fue fácil. Pero el hecho de que su hijo se recuperara fue un aliento. Lo visita cada vez que puede. Su situación económica a veces no le permite acudir tan seguido como quisiera. Pero su abuelo lo va a ver todas las semanas. Lo mejor es cuando llega Navidad. En esa época, Daniel puede pasar con su familia.

La vida sigue

A finales de 2000, el padre de Idalia la convenció de que asistiera a los grupos de apoyo que se efectuaban en el Hospital Rosales. Con recelo, accedió. Ahí conoció al que actualmente es su esposo. Al principio, se mostró renuente a iniciar una relación. Creía que al ser una persona en etapa SIDA, ya no tenía oportunidad para rehacer su vida, pero con el tiempo, entendió que sí. La pareja empezó a salir desde finales de 2001 y se casaron el año pasado. De su amor surgió una nueva ilusión: Rodrigo, quien gracias al tratamiento que recibió Idalia y al que se le otorgó a él, nació completamente sano.

Cuando salió embarazada, sintió pánico. No quería que el nuevo ser corriera la misma suerte que Daniel. Por lo que se puso en control de inmediato. El médico le explicó que debía tomar los medicamentos al pie de la letra, que de eso dependía la salud de su bebé. ldalia no puso peros. Confiesa que esa ha sido la etapa en que más fiel ha sido al tratamiento.

Cuando faltaban pocos días para dar a luz, se le realizó una cesárea electiva y cuando el niño nació le dieron AZT, pero por venir de una madre viviendo con SIDA, tuvo que tomar también otro antirretroviral. Los recibió por 6 semanas. “Llorábamos cada vez que se lo dábamos, porque el antirretroviral era muy fuerte.

Pero sabíamos que era por su bien”, sostiene. A los 8 días le tomaron la carga viral y salió bien. Posteriormente, se le practicaron nuevos exámenes. Al cumplir el año y medio, se le dio el aval: seronegativo. Actualmente, tiene dos años.

Es posible

De acuerdo al Jefe del Programa Nacional de ITS/VIH/SIDA, Rodrigo Simán, son tres las vías por las que una madre puede infectar a su hijo: a través de la lactancia, el embarazo y el parto. Según Simán, el 70% de los casos se transmite por este último. Explica que esta etapa es más riesgosa debido a la cantidad de sangre a la que está expuesta el bebé. Es por ello que los partos se realizan por cesárea. Ésta se programa antes de que la mujer empiece su labor de dar a luz, antes de presentar contracciones.

“De ahí la importancia del control prenatal. Lo ideal es que la mujer, al quedar encinta, se realice la prueba del VIH”, indica. “Entre más temprano se la practique, más probabilidad hay que el bebé nazca sano”, añade.

“Si las embarazadas viviendo con VIH o SIDA empiezan a tomar el tratamiento en la catorceava semana, tienen un parto por cesárea electiva, no dan pecho y al recién nacido se le da AZT (antirretroviral) durante 6 semanas, los bebés pueden nacer sanos”, detalla.
Según el galeno, una madre VIH sin tratamiento transmite el virus a su hijo sólo en el 40% de los casos. Sin embargo, con tratamiento, el riesgo se reduce casi al 0%.

Lo que determina que una mujer viviendo con VIH o SIDA le pase el virus a su bebé es su carga viral. “Hay un pico y de ahí baja. Si la madre se acaba de infectar, tiene una carga viral alta: muchos virus. Por un período, el organismo la mantiene baja, pero luego se debilita y el número de virus vuelve a subir”, explica. “Esos son los peores momentos para embarazarse”, recalca.

“Lo ideal es que el embarazo se planifique porque hay períodos más idóneos que otros”, sostiene la médico del Programa de Atención Integral de ITS/VIH/SIDA del Ministerio de Salud, Alma Yanira Quezada. El que una mujer viviendo con VIH o SIDA esté en control facilita el que reciba una orientación para indicarle cuándo es adecuado quedar encinta. “Hay que romper con la costumbre de ir al doctor hasta que se está embarazada”, agrega.

Para el encargado de la prevención de la transmisión vertical en el Hospital de Maternidad, Farid Iraheta, esta conducta es cultural. “Es una condición generalizada. No se le da la importancia debida al chequeo prenatal”, plantea. De acuerdo a Iraheta, la mayoría de pacientes se dan cuenta de que son VIH positivo cuando están embarazadas.

El médico señala que casi ninguna se niega a practicarse la prueba y que la mayor parte de ellas siguen el tratamiento. Sin embargo, admite que hay quienes lo abandonan. “En este sentido, la más educada debe ser la paciente”, enfatiza. De acuerdo a Iraheta, hasta el último trimestre del año pasado, había 75 embarazadas activas en el programa del Hospital de Maternidad.

En él, no sólo se les da atención ginecológica, sino que según el galeno, se les da un seguimiento psicológico, nutricional, farmacológico y también son asistidas por un trabajador social.

De acuerdo al médico, los cuidados de las embarazadas viviendo con VIH o SIDA son los mismos que las mujeres encinta seronegativas: mantener un peso adecuado, alimentarse bien, entre otros.

Ahora bien, a las primeras se les insiste en mayor medida en que no deben consumir alimentos crudos ni comidas en la calle -por los parásitos y bacterias- pues algunas tienen las defensas bajas y pueden ceder fácilmente a una infección.

Ante la escasez de recursos económicos que algunas de las pacientes del programa presentan, Iraheta sostiene que se les brinda el 30% de una canasta básica. Quezada agrega que además se les proporcionan 8 latas de leche al mes para que las madres no le den pecho a sus hijos durante el período de lactancia.

En cualquier momento

Aunque Simán establece que lo ideal es que las mujeres encinta empiecen el tratamiento en la catorceava semana de embarazo, las interesadas pueden integrarse en cualquier momento, incluso hasta en el parto.

Para practicarse la prueba del VIH de manera gratuita pueden asistir a cualquier Unidad de Salud que posea laboratorio. Para ponerse en control pueden visitar cualquiera de los doce hospitales que ofrecen el tratamiento (ver recuadro abajo) en el país. Las personas viviendo con VIH o SIDA además deben escoger un método de planificación familiar y emplear siempre condón cuando tengan relaciones sexuales. La mejor orientación la recibirán con su médico.

Medicación

De acuerdo a Iraheta, para determinar la dosis y el tratamiento que recibirá la madre, se evalúan su carga viral y sus defensas para conocer en qué etapa se encuentra: inicial, intermedia o SIDA. Simán explica que, por lo general, si la mamá sólo tiene VIH se le medica con AZT para prevenir que le transmita el virus a su hijo. La mujer viviendo con SIDA, en cambio, necesitará triple terapia.

Es decir, se le administrarán 3 antirretrovirales. Como en el caso de Rodri, los recién nacidos de madres viviendo con SIDA pueden ser tratados con AZT y otro antirretroviral durante un período de 6 semanas después del parto. Según Quezada, al bebé se le realizarán varias pruebas pronosticas para monitorear su estado.

Establece que se le practicarán 4 exámenes de carga viral: a las 48 horas de nacido, a los 7 días, a los 5 meses y al año y medio. Estas últimas son diagnósticas. Si su condición es VIH negativo, se le da el alta. De lo contrario, es remitido para control en el Hospital de Niños Benjamín Bloom.

Evitar la transmisión es posible, pero requiere información, fe y esfuerzo. Idalia lo resume de la mejor manera: “No se abandonen, ni abandonen a sus hijos porque piensan que no tienen esperanza. No se dejen llevar. Busquen apoyo. Existe una oportunidad no sólo para los bebés, sino para ustedes”.

866 son los menores viviendo con vih en el salvador. Sin embargo, la incidencia ha disminuido. De 142 casos en 2001, se pasó a 20 en 2004 y a 7 hasta noviembre de 2005, de acuerdo a datos proporcionados por el ministerio de salud pública y asistencia social.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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