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En los medios de comunicación
La guerra contra el terror

Estamos riñendo una guerra en la que está en juego la supervivencia de nuestra forma de vida y el centro de gravedad de esta lucha no es sólo el campo de batalla.

Publicada 1 de marzo de 2006 , El Diario de Hoy

Donald Rumsfeld*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

“Más de la mitad de esta batalla se está produciendo en el campo de batalla de los medios de comunicación (porque) estamos en una batalla de medios de comunicación y en una carrera por ganarnos los corazones y las mentes de (los musulmanes)”. Quien así hablaba no era un ejecutivo de relaciones públicas, sino Ayman Al Zawahiri, el principal lugarteniente de Osama ben Laden.

Los terroristas se han adaptado hábilmente para reñir guerras en la actual era de los medios de comunicación, pero los Estados Unidos y los gobiernos de otras democracias no lo han hecho en igual medida. Téngase en cuenta que los extremistas violentos tienen sus “comités de relaciones con los medios de comunicación”, encaminados a manipular la opinión de las minorías selectas. Idean y preparan ataques para conseguir titulares recurriendo a todas las clases de medios de comunicación con vistas a intimidar y quebrar la voluntad colectiva de los pueblos libres.

Saben que las comunicaciones transcienden las fronteras y que una sola crónica, manejada hábilmente, puede hacer tanto daño a nuestra causa --y ser tan útil a la suya-- como cualquier ataque militar y tienen la capacidad para actuar con rapidez con un número relativamente pequeño de personas y con recursos modestos en comparación con las enormes y onerosas burocracias de los gobiernos democráticos.

En la actualidad estamos riñendo la primera guerra en la era del correo electrónico, las bitácoras digitales, los blackberries, los mensajes instantáneos, las cámaras digitales, Internet, los teléfonos móviles, las tertulias radiofónicas y los noticieros durante las veinticuatro horas del día. En Túnez, el mayor periódico tiene una tirada de unos 50.000 ejemplares en un país con diez millones de habitantes, pero en los barrios más pobres se ven antenas de televisión por satélite en casi todos los balcones o tejados.

Hace unos años, durante el régimen de Sadam Hussein, un iraquí podía sufrir el corte de la lengua, si lo encontraban en posesión de una antena de televisión por satélite o si se conectaba a Internet sin la aprobación del gobierno. En la actualidad, esas antenas están en todas partes también en el Iraq.

Lamentablemente, muchos de los nuevos canales que se ven mediante esas antenas son hostiles a Occidente. Con frecuencia los medios de comunicación en muchas partes del mundo sirven para encender los ánimos y deformar y no para explicar e informar.

Mientras que Al Qaida y los movimientos extremistas han utilizado esos foros durante muchos años, con lo que están envenenando aún más la opinión del público musulmán sobre Occidente, nosotros, los occidentales, apenas si hemos comenzado a competir al respecto.

Lo hemos visto en el caso de las falsas alegaciones de profanación de un Corán el año pasado. Esa historia, publicada por primera vez en un semanario de noticias, fue reproducida después en sitios de Internet, enviada por correos electrónicos y repetida por emisoras de televisión por satélite y de radio durante varios días, antes de que se pudiera descubrir la realidad de lo sucedido. Esa historia falsa incitó a la organización de sangrientos disturbios antiamericanos en Afganistán y Pakistán.

El ejército de los Estados Unidos se tomó, lógica y apropiadamente, el tiempo necesario para asegurarse de que disponía de los datos exactos antes de responder que esas acusaciones eran falsas. Entretanto, se perdieron vidas inocentes.

Pero hemos empezado a adaptarnos. En Iraq, por ejemplo, el ejército de los Estados Unidos, en estrecha colaboración con el Gobierno iraquí, ha recurrido a medios no tradicionales para facilitar información exacta a la población iraquí. Y, sin embargo, esas operaciones han sido calificadas de “compra de noticias”. La explosión consiguiente de artículos de prensa críticos hace que se ponga fin a todas ellas --todas las actividades, todas las iniciativas--, lo que propicia un “efecto desmoralizador” entre quienes prestan servicio en la esfera de los asuntos públicos del ejército, que sacan la conclusión de que no se tolera la innovación.

Pensemos por un momento en la enorme cantidad de textos de artículos y horas de televisión dedicados a las alegaciones de malos tratos a los detenidos en Abu Ghraib. Compárense con el volumen de información y condena relativas al descubrimiento de las fosas comunes de Sadam Hussein, llenas de cadáveres de centenares de miles de iraquíes inocentes.

Los gobiernos libres deben hacer que la planificación de las comunicaciones sea un componente fundamental de todos los aspectos de esta lucha. De hecho, cuanto más se tarde en crear un marco estratégico de comunicaciones, más llenará ese vacío el enemigo.

No obstante, hay señales de que se están logrando avances modestos. Poco después del devastador terremoto en el Pakistán, se desplegó un equipo de asuntos públicos con considerables fuerzas militares en la zona del desastre. Trabajaron para ayudar a centrar la atención de los medios de comunicación en el empeño de los Estados Unidos para ayudar al pueblo pakistaní. Las encuestas de opinión pública realizadas por grupos privados antes y después del terremoto indican que las actitudes en el Pakistán en relación con los EE.UU. cambiaron gracias a esa nueva concienciación.

Estamos riñendo una guerra en la que está en juego la supervivencia de nuestra forma de vida y el centro de gravedad de esta lucha no es sólo el campo de batalla. Es una puesta a prueba de las voluntades y se ganará o perderá en el tribunal de la opinión pública mundial. Mientras que el enemigo tiene habilidad para manipular los medios de comunicación y utilizar los instrumentos de comunicación para su provecho, nosotros también tenemos una ventaja: la verdad está de nuestra parte y, en última instancia, la verdad gana.

Copyright: Project Syndicate. *Secretario de Defensa de los Estados Unidos.

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