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Donald Rumsfeld*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
“Más de la mitad de esta batalla se está produciendo
en el campo de batalla de los medios de comunicación (porque) estamos
en una batalla de medios de comunicación y en una carrera por ganarnos
los corazones y las mentes de (los musulmanes)”. Quien así
hablaba no era un ejecutivo de relaciones públicas, sino Ayman
Al Zawahiri, el principal lugarteniente de Osama ben Laden.
Los terroristas se han adaptado hábilmente para reñir guerras
en la actual era de los medios de comunicación, pero los Estados
Unidos y los gobiernos de otras democracias no lo han hecho en igual medida.
Téngase en cuenta que los extremistas violentos tienen sus “comités
de relaciones con los medios de comunicación”, encaminados
a manipular la opinión de las minorías selectas. Idean y
preparan ataques para conseguir titulares recurriendo a todas las clases
de medios de comunicación con vistas a intimidar y quebrar la voluntad
colectiva de los pueblos libres.
Saben que las comunicaciones transcienden las fronteras y que una sola
crónica, manejada hábilmente, puede hacer tanto daño
a nuestra causa --y ser tan útil a la suya-- como cualquier ataque
militar y tienen la capacidad para actuar con rapidez con un número
relativamente pequeño de personas y con recursos modestos en comparación
con las enormes y onerosas burocracias de los gobiernos democráticos.
En la actualidad estamos riñendo la primera guerra en la era del
correo electrónico, las bitácoras digitales, los blackberries,
los mensajes instantáneos, las cámaras digitales, Internet,
los teléfonos móviles, las tertulias radiofónicas
y los noticieros durante las veinticuatro horas del día. En Túnez,
el mayor periódico tiene una tirada de unos 50.000 ejemplares en
un país con diez millones de habitantes, pero en los barrios más
pobres se ven antenas de televisión por satélite en casi
todos los balcones o tejados.
Hace unos años, durante el régimen de Sadam Hussein, un
iraquí podía sufrir el corte de la lengua, si lo encontraban
en posesión de una antena de televisión por satélite
o si se conectaba a Internet sin la aprobación del gobierno. En
la actualidad, esas antenas están en todas partes también
en el Iraq.
Lamentablemente, muchos de los nuevos canales que se ven mediante esas
antenas son hostiles a Occidente. Con frecuencia los medios de comunicación
en muchas partes del mundo sirven para encender los ánimos y deformar
y no para explicar e informar.
Mientras que Al Qaida y los movimientos extremistas han utilizado esos
foros durante muchos años, con lo que están envenenando
aún más la opinión del público musulmán
sobre Occidente, nosotros, los occidentales, apenas si hemos comenzado
a competir al respecto.
Lo hemos visto en el caso de las falsas alegaciones de profanación
de un Corán el año pasado. Esa historia, publicada por primera
vez en un semanario de noticias, fue reproducida después en sitios
de Internet, enviada por correos electrónicos y repetida por emisoras
de televisión por satélite y de radio durante varios días,
antes de que se pudiera descubrir la realidad de lo sucedido. Esa historia
falsa incitó a la organización de sangrientos disturbios
antiamericanos en Afganistán y Pakistán.
El ejército de los Estados Unidos se tomó, lógica
y apropiadamente, el tiempo necesario para asegurarse de que disponía
de los datos exactos antes de responder que esas acusaciones eran falsas.
Entretanto, se perdieron vidas inocentes.
Pero hemos empezado a adaptarnos. En Iraq, por ejemplo, el ejército
de los Estados Unidos, en estrecha colaboración con el Gobierno
iraquí, ha recurrido a medios no tradicionales para facilitar información
exacta a la población iraquí. Y, sin embargo, esas operaciones
han sido calificadas de “compra de noticias”. La explosión
consiguiente de artículos de prensa críticos hace que se
ponga fin a todas ellas --todas las actividades, todas las iniciativas--,
lo que propicia un “efecto desmoralizador” entre quienes prestan
servicio en la esfera de los asuntos públicos del ejército,
que sacan la conclusión de que no se tolera la innovación.
Pensemos por un momento en la enorme cantidad de textos de artículos
y horas de televisión dedicados a las alegaciones de malos tratos
a los detenidos en Abu Ghraib. Compárense con el volumen de información
y condena relativas al descubrimiento de las fosas comunes de Sadam Hussein,
llenas de cadáveres de centenares de miles de iraquíes inocentes.
Los gobiernos libres deben hacer que la planificación de las comunicaciones
sea un componente fundamental de todos los aspectos de esta lucha. De
hecho, cuanto más se tarde en crear un marco estratégico
de comunicaciones, más llenará ese vacío el enemigo.
No obstante, hay señales de que se están logrando avances
modestos. Poco después del devastador terremoto en el Pakistán,
se desplegó un equipo de asuntos públicos con considerables
fuerzas militares en la zona del desastre. Trabajaron para ayudar a centrar
la atención de los medios de comunicación en el empeño
de los Estados Unidos para ayudar al pueblo pakistaní. Las encuestas
de opinión pública realizadas por grupos privados antes
y después del terremoto indican que las actitudes en el Pakistán
en relación con los EE.UU. cambiaron gracias a esa nueva concienciación.
Estamos riñendo una guerra en la que está en juego la supervivencia
de nuestra forma de vida y el centro de gravedad de esta lucha no es sólo
el campo de batalla. Es una puesta a prueba de las voluntades y se ganará
o perderá en el tribunal de la opinión pública mundial.
Mientras que el enemigo tiene habilidad para manipular los medios de comunicación
y utilizar los instrumentos de comunicación para su provecho, nosotros
también tenemos una ventaja: la verdad está de nuestra parte
y, en última instancia, la verdad gana.
Copyright: Project Syndicate. *Secretario de Defensa
de los Estados Unidos.
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