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La Nota del Día
Con testigos falsos usurpan lo ajeno

Las usurpaciones se hacen falsificando firmas de testigos, simulando documentos de ventas, pagando conectes en oficinas y recurriendo a cien sinvergüenzadas.

Publicada 27 de febrero 2006 , El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Con testigos pagados, jueces corruptos, patrañas legales y ocupaciones “a la fuerteza”, los pícaros están despojando a particulares y al mismo Estado de sus bienes, agravando el clima de inseguridad jurídica en el país.

La semana pasada el dueño de una propiedad en el Lago de Coatepeque descubrió, casi por casualidad, que su casa legalmente no era suya, pues una mujer presentó a dos “testigos” en un tribunal quienes dieron fe de que ella había ocupado el terreno de manera ininterrumpida desde hacía más de diez años, lo que bastó al juez para reconocerla como propietaria.

El día menos esperado y como van las cosas, nos encontraremos con que el Parque Balboa, la vía del Ferrocarril de El Salvador, balnearios públicos, Atecozol y Los Chorros, el parque nacional de Montecristo, el redondel Masferrer y los muchos lugares de esparcimiento público, han caído en manos de ladrones de levita con el truco de los “testigos” y el dueño transitorio. De allí a revender lo mal habido es un paso, pues se alega que el comprador “de buena fe” no está en la obligación de devolver lo que nunca fue del vendedor.

Las reventas que se perpetran son el equivalente, respecto a los bienes raíces, del lavado de dinero. Si un narcotraficante abre una cuenta bancaria con dineros mal habidos y procede a pasar fondos de una a otra cuenta en varios bancos, la ley no reconoce ninguna de las transacciones como válida.

En igual forma y así lo sufrió un conocido nuestro, el que un automóvil se comprara “de buena fe” al extremo de una cadena de ladrones de autos, no impide que las autoridades lo decomisen y lo devuelvan a su legítimo dueño. Pero cuando son propiedades que han pasado por dos o tres manos, los tribunales tardan años en desembrollar el asunto, al extremo de que muchos dueños de casas y fincas las pierden. Semejante situación es intolerable y se debe corregir de raíz.

Nadie puede vender lo que es del Estado

Las usurpaciones se hacen falsificando firmas de testigos, simulando documentos de ventas, pagando conectes en oficinas y recurriendo a cien sinvergüenzadas. Resulta además que los “dueños” intermedios con frecuencia desaparecen aunque en el papel hayan sido propietarios de fincas y casas valoradas en cientos de miles o millones de dólares.

Hay casos en que los llamados testigos niegan que las firmas que aparecen en los documentos sean de ellos; otros testigos tienen el buen tacto de morirse antes de que las autoridades puedan interrogarlos de nuevo. Por encima de ello, el individuo que finalmente resulta como “legítimo propietario” nunca se ocupó de averiguar con los previos ocupantes si en verdad habían vendido su propiedad, o si se trataba de un bien del Estado.

En el interior de la República, especialmente en los pequeños municipios, las usurpaciones son una plaga por la venta de títulos supletorios que hacen alcaldías corruptas. En esto las “repúblicas populares” bajo control de comunistas han rebalsado toda medida: ellos disponen a su antojo de lo que no es suyo, e inclusive otorgan títulos sobre playas y terrenos públicos, es decir, sobre lo que nadie debe vender por ser patrimonios colectivos.

La prosperidad de los países se basa en seguridad jurídica, reglas claras y libertades ciudadanas, incluidas las económicas.

 

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