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Tema para meditar
La fuerza del carácter

Todas las personas íntegras y de carácter que he conocido cuando pasan su "noche triste" sangran un poco, se levantan y luchan de nuevo. Jamás comprometen su integridad

Publicada 23 de febreo 2006 , El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

El episodio ocurrió hace varios siglos. Probablemente muchos de los detalles fueron variando con el correr del tiempo. Pero la lección que encierra en cuanto a templanza de espíritu y la fuerza del carácter ha sido siempre seductora.

La sangre anegaba el polvo y manchaba el verde de la naturaleza. Lanzas, escudos y yelmos yacían esparcidos por todas partes. Los cadáveres ofrecían una imagen dantesca. Los gritos de dolor de los moribundos desgarraban el alma de los sobrevivientes. La batalla había terminado y Hernán Cortés sufría su primera gran derrota en tierra mexicana. Aquel puñado de hombres hambrientos, ensangrentados y rotosos, con el alma en chingaste y el terror en los ojos sólo tenían en mente una cosa: Regresar.

Habían venido en busca de fama y fortuna y se toparon con la muerte en tierra extraña. Hernán Cortés, no podía creerlo. Ni cañones ni caballos ni estrategias sirvieron de nada. Había mordido el polvo de la derrota y punto. Muy lejos estaban la riqueza y la gloria. Era su “noche triste”. Cortés lloró. Pero era el llanto de un recio varón lleno de rabia y no de un pusilánime acobardado.

Luego de enjugarse las lágrimas, el conquistador tomó una determinación: la empresa continuaba. Las naves estaban literalmente quemadas (Cortés mismo las hizo quemar). Nadie podía regresar. O vencían o morían. No había vuelta de hoja. Había que marchar sin vacilación hacia la conquista del objetivo.

Por supuesto que la crueldad de la conquista y la desmedida ambición de los conquistadores no está en tela de duda. La voluntad de hierro, la determinación, la visión y la fuerza de carácter de Hernán Cortés es lo que seduce. El recuerdo de la “noche triste” me ha acompañado toda la vida y tanto en la guerra como en la paz, la determinación de Cortés me ha inspirado. Apretar los dientes, enjugarse las lágrimas y quemar las naves para no dar marcha atrás ha sido la constante de los hombres y mujeres de carácter.

Cualquiera sea la actividad a la que nos dediquemos, cualquiera que sea nuestra condición económica, es el carácter lo que hace la diferencia. Pero como todo en la vida, la fuerza de carácter necesita una especie de moderador para enrumbarlo de manera positiva: La integridad. Sin la integridad, que seguramente le faltaba a Cortés, podemos terminar siendo genios del mal, buscadores del éxito a toda costa y sucumbir a la tentación de hacer cualquier cosa para conquistar nuestras metas.

Hace poco leí una carta dirigida a aquellos que están penetrando en el mundo de las empresas (sea la conquista de México, medios de comunicación, tienditas, líneas aéreas o bienes raíces, etc.). Permítame compartirla: “Si se convierte en empresario, será desafiado como nunca antes. A lo largo del camino hacia el éxito encontrará tentaciones.

La avaricia, dañina siempre estará al acecho. La obsesión por tener éxito puede convertirse con facilidad en una excusa para comprometer la integridad. Déjeme decirle por experiencia personal que, cuando llegue el día en que no pueda pagar la planilla o cuando el banco le exija que pague el préstamo o cuando pierda su cuenta más importante (y ese día llegará con seguridad, una y otra vez), aprenderá el verdadero significado del terror y sentirá la tentación de buscar alivio comprometiendo su integridad, haciendo cosas que sabe que no son correctas. Recuerde que el terror y la tentación van de la mano. Son compañeros constantes de un empresario. Cuando se presenten en su camino, mírenlos directamente a los ojos y escúpalos”.

Todas las personas íntegras y de carácter que he conocido cuando pasan su “noche triste” sangran un poco, se levantan y luchan de nuevo. Jamás comprometen su integridad. Quizá desterrar la cultura del vivo sea harto difícil para nuestra generación. Sin embargo pensando en el futuro, estoy convencido que a nuestros hijos e hijas hay que mostrarles que no hay atajos en el camino hacia la superación personal. Hay que infundirles el amor al trabajo bien hecho, el placer de la lectura y el deprecio a la cultura de lo fácil. Para ello hay que hacer más énfasis en una educación más centrada en sus deberes que en sus derechos, más en las normas que en los valores. Sólo así podrán superar con carácter e integridad su inevitable “noche triste”.

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

 

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